Recuerdo la primera vez que vi a Marta moverse. Llevaba seis meses sin salir de casa después de un diagnóstico de depresión grave, y su terapeuta le había sugerido algo inusual: un grupo de danza-terapia. Llegó encogida, con los hombros hacia dentro como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible. Y entonces sonó la música. Al principio solo movía los dedos. Después los brazos. Una hora más tarde, mientras el resto del grupo improvisaba, Marta empezó a girar. Y a reír. No era una bailarina. Era una mujer que, por fin, volvía a habitar su propio cuerpo.
Esa escena la presenció en un pequeño centro comunitario de Barcelona, pero podría haber ocurrido en cualquier sala de terapia, escuela o centro de mayores. Porque la danza, esa expresión tan antigua como la propia humanidad, está redescubriéndose en las últimas décadas como una herramienta terapéutica de una potencia difícil de igualar.
Más que mover el esqueleto: mover lo que nos habita
Cuando bailamos no solo ejercitamos músculos. Activamos circuitos neuronales vinculados al placer, la memoria y la regulación emocional. La neurociencia lo ha documentado: el baile incrementa los niveles de serotonina y dopamina, reduce el cortisol y estimula la neuroplasticidad. Pero reducir la danza a neurotransmisores sería como describir un abrazo solo en términos de presión cutánea.
La danza nos permite expresar aquello para lo que a veces no encontramos palabras. Una persona con ansiedad crónica puede «decir» con su pecho contraído lo que su boca no sabe articular. Alguien con un trauma puede, con un movimiento brusco y cortado, representar un dolor que el lenguaje verbal aún no ha podido contener. Los terapeutas corporales lo saben bien: el cuerpo guarda la memoria de lo que la mente prefiere olvidar.
El ritmo como encuentro
Uno de los aspectos menos mencionados pero más poderosos de la danza terapéutica es su capacidad integradora. En grupos de danza inclusiva he visto bailar juntos a personas con movilidad reducida y a otras sin limitaciones físicas, a jóvenes y a octogenarios, a personas con trastornos del espectro autista y a quienes no los tienen. El ritmo actúa como un lenguaje común. No hay «bailar bien o mal», hay sincronía, respiración compartida, miradas cómplices.
La investigadora en psicología social del movimiento, la Dra. Elena Huguet, comenta en sus estudios cómo el baile en grupo favorece la liberación de oxitocina, la llamada «hormona del vínculo». No es casualidad que en todas las culturas la danza colectiva haya acompañado rituales de sanación, duelo o celebración. Bailar juntos nos recuerda algo que la sociedad individualista tiende a hacernos olvidar: que la curación también puede ser un acto compartido.
Aplicaciones que van del hospital al parque
La danza-terapia no es una moda new age. Está implementada en unidades de salud mental, programas de rehabilitación de trastornos de la conducta alimentaria, acompañamiento a pacientes oncológicos y terapias para el Parkinson o el Alzheimer. En cada uno de estos contextos los resultados hablan por sí solos: mejora del estado de ánimo, reducción de la rigidez motora y emocional, aumento de la autoestima y reconstrucción de lazos sociales deteriorados por el aislamiento o la enfermedad.
Pero quizá lo más hermoso es que no hace falta un diagnóstico clínico para beneficiarse. Esa sensación de soltar el peso del día en una clase de baile, de dejarse llevar por una canción en la cocina o de cerrar los ojos y balancearse al ritmo de la respiración ya es un acto terapéutico.
Cuando el cuerpo habla, la herida escucha
Volvamos a Marta. Hoy, dos años después de aquel primer giro vacilante, coordina un grupo de danza inclusiva en su barrio. Sigue tomando su medicación y acudiendo a su psicóloga. Pero ha encontrado en el movimiento un canal de expresión que nunca supo que tenía. «Cuando bailo —me dice— no me siento rota. Me siento entera, aunque sea por un rato.»
Y esa sensación de integridad, esa pausa en la fragmentación que tanto mal causa, es quizá el mayor regalo de la danza. Un regalo que no exige técnica, ni edad, ni condición física. Solo un cuerpo dispuesto a recordar que, antes de caminar, ya sabíamos balancearnos.
Ana Torres es psicóloga y facilitadora de danza-terapia, autora del blog ‘Cuerpos que cuentan’.
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