Compasión

Por Maria Miret Donato, editora

Hace unos meses adopté a JARKO de 12 años que llevaba 8 viviendo entre barrotes.
Ocho años viendo cómo todos elegían cachorros mientras él se quedaba atrás, en silencio, esperando a alguien que nunca llegaba.

Cuando lo vi, tenía la mirada cansada… de esas que parecen haber perdido la esperanza.
Y aun así, cuando abrí la puerta de casa, empezó a seguirme despacito, como si en el fondo todavía quisiera creer en el amor.

No sabe hablar, pero cada vez que apoya su cabeza sobre mí siento que me dice “gracias por no dejarme allí”.
Y la realidad es que soy yo quien debería darle las gracias.

Porque llegó en un momento complicado y, sin hacer ruido, me enseñó lo que significa querer de verdad.
Ahora entiendo que algunos perros no necesitan una segunda oportunidad… necesitan que alguien los mire como si fueran la primera. 🐾❤️

Humanistas por el Bien Común

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