Por: Assumpta Donato. Terapeuta, Homeópata, Naturópata y Profesora de Yoga
Hay días en los que el pecho se encoge sin motivo aparente. La mente se dispara hacia el futuro, hacia el «qué pasará si…», y el cuerpo responde con un zumbido eléctrico que no cesa. La ansiedad, esa compañera incómoda que tantos conocemos, no entiende de agendas ni de horas de descanso.
Desde mi consulta, lo veo a diario: personas que llegan con la mano en el estómago, confesando que han probado de todo. Y sí, la terapia es el pilar fundamental (conviene decirlo alto y claro), pero a veces, en los días más revueltos, un remedio de andar por casa, de esos que usaban nuestras abuelas, puede ser ese pequeño respiro que necesitamos.
Hoy no quiero hablar de fármacos ni de grandes diagnósticos. Quiero sentarme con ustedes, como quien toma un té en la cocina, y repasar algunas plantas medicinales que la ciencia empieza a mirar con respeto, y que la sabiduría popular nunca dejó de lado.
La valeriana, esa vieja conocida ¿Quién no ha oído hablar de la raíz de valeriana? Huele a tierra mojada y a libro antiguo. No es la más agradable al olfato, pero su secreto está en el ácido valerénico, una sustancia que modula el GABA, el mismo neurotransmisor que calman las benzodiazepinas, pero sin la misma fuerza ni el riesgo de dependencia. La valeriana no funciona como un ansiolítico inmediato. Es más sutil. Se toma durante semanas, y lo que hace es bajar el volumen de fondo de esa alarma interna que no deja de sonar. Ideal para quienes se despiertan a las tres de la madrugada con el corazón acelerado y una lista de preocupaciones imposibles.
La pasiflora, la flor de la pasión (y del sosiego) Su nombre evoca algo exótico, pero esta enredadera silvestre es un tesoro para las mentes inquietas. La pasiflora aumenta los niveles de ácido gamma-aminobutírico en el cerebro. Varios ensayos clínicos la han comparado con el oxazepam, un ansiolítico común, y los resultados han sido sorprendentemente parejos, eso sí, sin la somnolencia pesada que dejan las pastillas. La tomo como infusión antes de una situación que me genera nervios: una reunión importante, una cita médica, o simplemente al llegar a casa después de un día de esos que parecen tres. No da sueño, solo aplaca esa agitación interior.
La lavanda, la más agradable de todas. Esta es la que menos parece un remedio. Su olor nos transporta a un campo en primavera, a una sábana recién lavada. Y precisamente por eso funciona. Se ha demostrado que inhalar linalol y acetato de linalilo, los componentes estrella de la lavanda, reduce la frecuencia cardíaca y modula la respuesta al estrés. La lavanda es maravillosa para la ansiedad generalizada, esa que no tiene un detonante claro, sino que te acompaña como una niebla. Existen cápsulas de aceite esencial de lavanda (con el nombre comercial de Silexan en algunos países) que han mostrado en estudios tanta eficacia como el lorazepam, pero sin los efectos de sedación intensa ni los problemas de memoria. Una pequeña revolución silenciosa.
La melisa, la hierba de la alegría. Los monjes carmelitas ya la usaban en el siglo XVII para calmar los «nervios del corazón». La melisa, con ese suave aroma a limón, es perfecta para la ansiedad digestiva. Porque quien tiene ansiedad, a menudo también tiene el estómago revuelto, digestiones pesadas o ese nudo que impide tragar bien. La melisa actúa como un espasmolítico suave y a la vez como un ansiolítico leve. Su infusión después de comer es un gesto sencillo que une lo físico y lo emocional. Y en niños y adolescentes con ansiedad leve, combinada con valeriana, ha dado muy buenos resultados en varios estudios observacionales.
Un aviso necesario (porque la responsabilidad es parte de la cura)
No todo vale. No todas las plantas son seguras para todos. La hierba de San Juan, por ejemplo, es fantástica para la depresión leve, pero interacciona con anticonceptivos, anticoagulantes y antirretrovirales. La kava, tan popular en el Pacífico, ha dado problemas hepáticos. Así que lo primero: consultad siempre con vuestro médico o psiquiatra si ya tomáis otros medicamentos.
Y no caigamos en el espejismo de que «natural» es sinónimo de «sin riesgos». El aceite esencial de lavanda no se traga directamente (puede ser tóxico), se usa en cápsulas específicas o por vía inhalada. Las infusiones tienen concentraciones bajas, pero incluso así, conviene no abusar.
Lo que no sustituye a nada
Por último, y esto es importante: las plantas no arreglan la causa de la ansiedad. Son un apoyo, un colchón, un compañero de viaje. La raíz de la ansiedad suele estar en patrones de pensamiento aprendidos, en heridas emocionales, en entornos tóxicos o en desequilibrios de vida que no podemos seguir ignorando.
Por eso, si notas que cada día necesitas tu infusión de valeriana para funcionar, si la lavanda se convierte en una muleta imprescindible, para y pregunta: ¿qué me está pasando? Ahí es donde entra el psicólogo, para ayudarte a desmontar esos engranajes que chirrían.
La receta final (la que no viene en ningún herbario)
Un puñado de pasiflora en la taza, sí. Pero también un paseo sin móvil. Diez minutos de respirar hondo mirando las nubes. Aprender a decir «no» sin dar tantas explicaciones. Dormir antes de las doce. Menos café. Un abrazo de esos que duran más de veinte segundos.
Las plantas nos ayudan, no nos engañemos. Pero la verdadera medicina contra la ansiedad no está solo en la raíz o en la flor: está en aprender a habitar nuestro propio cuerpo sin miedo, en soltar el control, en aceptar que a veces no podemos con todo.
Y eso, queridos lectores, no se compra en ninguna herboristería. Se construye, día a día, con paciencia de artesano.
Si te ha resonado este artículo, coméntalo con tu terapeuta. Y si todavía no tienes uno, quizá sea el momento de dar ese paso. Las plantas acompañan, pero los profesionales guían.
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