La paradoja de la holgura: que significa realmente el «Yutori» japonés para nuestra mente

Juan R Miret, editor

Hace unos años, durante una estancia en Tokio, una profesora de secundaria me dijo algo que todavía resuena en mi cabeza: «Mis estudiantes tienen menos horas de clase que yo a su edad, pero parecen más agotados». No hablaba de deberes ni de exámenes. Hablaba de esa sensación invisible que llama a la puerta cuando intentas tomarte un respiro y alguien, o algo, te susurra que no te lo mereces.

Ese algo tiene nombre en Japón: yutori. Y aunque suene a palabra tranquilizadora —holgura, margen, espacio—, su aplicación práctica ha resultado ser todo menos relajante.

A finales de los noventa, el Ministerio de Educación japonés puso en marcha las reformas yutori kyōiku (educación con holgura). Menos horas de clase, menos contenidos, más tiempo para el pensamiento propio y la creatividad. La idea era brillante: frenar el agotamiento infantil, reducir el estrés por los exámenes y formar personas completas, no máquinas de memorizar.

Pero ocurrió algo inesperado. Al reducir la presión académica oficial, muchas familias contrataron más horas de juku (academias privadas). Los niños salían antes del colegio, pero llegaban tarde a casa. La holgura se llenó de clases particulares. El descanso se convirtió en otra tarea.

¿Qué falló? Desde la psicología social, una pieza clave es la norma de esfuerzo interiorizada. En Japón, como en muchas culturas de alta exigencia, la identidad personal se enreda con el rendimiento. Si te dan tiempo libre pero tu entorno sigue valorando el sacrificio, ese tiempo no lo vives como libertad; lo vives como un agujero que debes tapar con algo productivo. El yutori oficial chocó de frente con el ganbaru (esforzarse al máximo) no escrito.

Y aquí viene lo que me parece más interesante para cualquier lector occidental. Porque nos pasa igual. Las empresas hablan de mindfulness y de jornadas flexibles, pero el que se desconecta el viernes a las tres mira el móvil el domingo con el estómago encogido. La holgura regalada institucionalmente no funciona si no va acompañada de una revisión profunda de lo que consideramos «estar a la altura».

Un estudio de la Universidad de Kobe (2021) siguió a adolescentes de la generación yutori —los nacidos entre 1987 y 2004— y descubrió que, de adultos, presentaban niveles de ansiedad similares a los de generaciones anteriores que sufrieron mucha más presión escolar. La conclusión de los investigadores: cuando el sistema reduce la carga externa pero el mensaje cultural sigue siendo «eres lo que produces», la holgura no libera; confunde.

En consulta, cada vez veo más pacientes de treinta y pocos con ese síndrome que podríamos llamar «ocio culpable». Personas capaces de organizar una mudanza, un cambio de trabajo y una mudanza en la misma semana, pero incapaces de tumbarse una tarde sin planificar la siguiente. El yutori japonés nos da una lección incómoda: el espacio vacío no es neutro. Si no aprendemos a habitarlo sin justificarlo, lo llenamos con ruido.

No hace falta volverse zen ni mudarse a Kioto. Quizá baste con reconocer que la verdadera holgura empieza antes que cualquier política educativa o laboral. Empieza en el permiso que no nos damos, en el ratito sin objetivo, en la hora que no llevamos a ningún lado.

Como aquella profesora de Tokio que, al despedirme, añadió: «Al final, lo más difícil no es cambiar el horario. Es cambiar la voz que llevamos dentro. Esa que dice: “¿y ahora qué hago?”».

Esa voz, claro, no se reforma con un decreto. Pero puede aprenderse a silenciarla, cinco minutos cada día. Sin más propósito que respirar. Eso sí es yutori. El otro es solo una cáscara vacía.

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