Ocurre a veces que los grandes pensadores se parecen mucho a lo que predican. Edgar Morin, que nos dejó el pasado 30 de mayo a los 104 años, no fue un sabio encerrado en una torre de marfil. Fue resistente contra los nazis, comunista expulsado por criticar a Stalin, cineasta, periodista y, ante todo, un hombre que nunca dejó de hacerse preguntas. Quizá por eso, cuando le preguntaban el secreto de su longevidad, respondía: «Conservo la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, las responsabilidades del adulto y trato de nutrirme de la experiencia de todas las edades».
Esa mezcla de edades resume su gran legado: una forma de entender la realidad que llamó pensamiento complejo, y que a los psicólogos nos importa más de lo que creemos.
El sujeto como un nudo, no como un punto de partida
Se puede entender su revolución contrastándolo con Sartre, otro gigante francés. Para Sartre, el sujeto lo era todo: el individuo existía, se definía a sí mismo, y ese era el punto de partida absoluto. Para Morin, en cambio, la persona es apenas un nudo dentro de una red infinita de bucles biológicos, sociales e históricos. No somos átomos aislados, sino el resultado de una trama que nos antecede y nos trasciende.
Morin, que prefería llamarse a sí mismo «humanólogo», detestaba la fragmentación del conocimiento. Y tenía razón. ¿Cuántas veces en nuestra práctica cotidiana vemos al paciente como un «trastorno» antes que como una persona que es, al mismo tiempo, biología, memoria familiar, contexto social y cultura? Morin diagnosticó este problema con una claridad que duele: «Cuanto más conocemos al ser humano, menos lo comprendemos. Las disociaciones entre disciplinas lo fragmentan, lo despojan de vida, de carne, de complejidad».
Tres principios que son tres espejos para la psicología
Morin condensó su pensamiento en tres principios que nos sirven hoy para reflexionar sobre nuestra propia disciplina:
El principio dialógico: sostiene que hay realidades que solo se pueden pensar si se aceptan a la vez términos antagonistas y complementarios. El orden y el desorden, la autonomía y la dependencia, el individuo y la sociedad. En la clínica vivimos esta tensión a diario: el paciente necesita sentirse autónomo, pero su autonomía solo puede construirse desde el vínculo. La persona sufre en soledad, pero su sufrimiento es eminentemente social. No hay que elegir entre una u otra cosa; hay que aprender a sostener las dos.
El principio de recursividad organizacional: afirma que los efectos actúan sobre sus propias causas y las rehacen. Es la espiral que tanto conocemos: la ansiedad genera pensamientos que alimentan la ansiedad, la desconfianza produce comportamientos que confirman la desconfianza. Morin nos invita a dejar de pensar en línea recta para empezar a pensar en círculo.
El principio hologramático: sostiene que, en ciertos sistemas, el todo está presente en cada parte. Como el ADN que contiene el mapa del organismo, o la cultura que habita en cada individuo que la compone. Esto tiene una consecuencia fascinante para la psicología: cada persona que se sienta en nuestro consultorio es, en cierto sentido, una versión en miniatura de la familia que la crió, la comunidad que la moldeó y la época que le tocó vivir.
Contra el simplismo, el valor de la incomodidad
Morin no fue un optimista ingenuo. En una de sus últimas entrevistas, concedida a los 104 años, advirtió: «Lo inhumano se extiende, lo humano se descompone, triunfa el simplismo, la complejidad retrocede». Dicho de otro modo: vivimos en la era de la respuesta fácil, del diagnóstico rápido, de la explicación que todo lo aclara y nada interroga. La inteligencia artificial no le quitaba el sueño; lo que de verdad le aterraba era «la inteligencia humana superficial».
Es una advertencia que debería resonar en las aulas y los consultorios. La complejidad, en Morin, no es una ideología ni un lujo teórico. Es, sencillamente, la única actitud honesta ante un mundo que se empeña en ser más enredado de lo que nuestras categorías están dispuestas a admitir.
Una nota de esperanza
Pero Morín también nos dejó algo parecido a una instrucción. Decía que para tener esperanza no hace falta creer que todo va a salir bien, sino asumir que es posible un cambio de rumbo y empezar a trabajar por él.
Para quienes nos dedicamos al estudio de la mente y el sufrimiento humano, esa enseñanza es doble. La primera, que el pensamiento complejo no es un manual de técnicas, sino una postura ética ante la fragilidad ajena. La segunda, que los psicólogos necesitamos menos fronteras entre nosotros y más disposición a mirar lo que pasa en las aulas, en los barrios, en la política, en la cultura.
Morin murió como vivió: con la curiosidad intacta, la mirada puesta en el futuro y la convicción de que la humanidad aún estaba a tiempo de escoger otro destino. Ese es, acaso, el mayor regalo que un pensador puede dejar a quienes trabajamos con lo más humano que existe: la capacidad de seguir preguntando.
Artículo elaborado por La Redacción del Periódico de la Psicología www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista info@elperiodicodelapsicologia.info telefono +34 675763503