Cuando el plato se convierte en enemigo: el silencioso repunte de los TCA que nadie quiere ver

Aumentan los casos de los Trastornos de las conductas alimentarias.

Por el equipo de redacción
Publicado en El Periódico de la Psicología

Las campanas del supermercado suenan igual para todos. Pero no todos escuchan el mismo ruido. Para Laura, de 32 años, cada pitido al pasar un producto por el escáner es un veredicto. “Eso no lo como”“eso engorda”“eso es azúcar puro”. Lleva tres años así, aunque ella dice que “toda la vida”. Antes lo llamaban régimen. Ahora su nutricionista le ha puesto nombre: trastorno de la conducta alimentaria no especificado (TCANE). Y Laura no está sola.

Los datos son tozudos, pero la realidad siempre va por delante. Los últimos informes del Sistema Nacional de Salud reflejan un incremento del 35% en las consultas relacionadas con TCA en menores de 18 años entre 2020 y 2023. Y si miramos las listas de espera en unidades de trastornos alimentarios de hospitales como el Bellvitge o el Gregorio Marañón, la subida roza el 50% en la franja de 25 a 40 años. ¿Una pandemia detrás de otra? No exactamente. Es más complejo.

La tormenta perfecta: pantallas, soledad y post pandemia

Quedamos con Ana Belén Navarro, psicóloga especializada en TCA con 20 años de experiencia. Lleva la agenda en papel, no el móvil. “Cuando empecé, la anoréxica típica era una adolescente de familia acomodada que hacía mucho deporte. Ese perfil existe, pero ya no es el único”, dice mientras remueve un té que no llega a probar. “Ahora veo chicos de 14 años obsesionados con el volumen muscular que atiborran su mochila de batidos de proteínas y lloran a escondidas porque no tienen el abdomen marcado. Veo mujeres de 45 años, separadas, que vuelven al ‘control alimentario’ como un ancla emocional tras el nido vacío. Y veo adolescentes normopeso convencidas de que su cuerpo es un error de Photoshop.”

¿Qué ha cambiado? La respuesta está en tres frentes, según Navarro. El primero es el más obvio: las redes sociales. Pero no por la razón que todos creen. No es solo la exposición a cuerpos idealizados. Es la cuantificación obsesiva de la vida. “Cada comida se fotografía, se califica, se compara. Las aplicaciones de conteo de calorías se disfrazan de ‘saludables’. Y los filtros de belleza han creado una dismorfia colectiva: nadie se reconoce en el espejo porque el espejo no tiene filtro.”

El segundo frente es silencioso pero demoledor: la soledad post-confinamiento. Los jóvenes perdieron dos años de aprendizaje social. Y muchos recuperaron el contacto con el mundo sintiendo que no encajaban. “El TCA es un grito mudo. Es una forma de decir ‘aquí estoy’ cuando no sabes cómo decir ‘me duele estar aquí’. El control sobre la comida aparece cuando el control sobre el resto de la vida se desmorona.”

El tercer frente es económico. Parece contradictorio, pero con la inflación, los alimentos frescos y saludables son más caros que los ultraprocesados. Y en ese contexto, para una persona vulnerable, comer mal no es un placer, es otra fuente de culpa. “La culpa es el combustible de los TCA”, sentencia Navarro.

El perfil ya no es uno, son miles

Hacemos un ejercicio de memoria. ¿Recuerdan los cánones de los 90? La ‘heroína chic’ de Kate Moss, las modelos que parecían dibujadas con una línea. Aquello era explícito. Ahora la trampa es más sutil: se llama “healthy” o “fitness”. Los mensajes ya no dicen “adelgaza”, dicen “optimiza tu bienestar”. Y el resultado es el mismo, pero con más ruido de fondo.

Miguel, de 24 años, empezó en el gimnasio con un entrenador personal que le diseñó una dieta estricta. “Era mi primera vez en un gimnasio. Me dijo que si quería resultados, tenía que cumplir. Cumplí tanto que dejé de quedar con amigos para no salirme del plan. Un día desayuné dos galletas sin su permiso y me encerré en el baño llorando. Ahí supe que aquello no era salud.” Miguel tiene ortorexia, una obsesión por la comida “limpia” que no aparece en los manuales antiguos pero que cada vez llena más consultas.

¿Y la familia? Entre el pánico y la negación

Uno de los grandes problemas es la detección. Los TCA se normalizan. Perder peso está socialmente premiado. “Lo que más miedo me da es cuando una madre me dice orgullosa que su hija de 15 años ha dejado los hidratos y hace ayuno intermitente”, confiesa Miriam Costa, enfermera de un centro de salud de atención primaria. “No saben que el ayuno intermitente en un cerebro en desarrollo puede desencadenar un trastorno en tres meses. Pero como lo dice un ‘influencer’ con abdominales, parece que tiene aval científico.”

Por eso, los profesionales reclaman formación obligatoria para profesores y pediatras. Saber distinguir entre un adolescente que come mal por prisas y uno que está construyendo un ritual peligroso alrededor de la comida. Saber escuchar frases como “no tengo hambre” repetida hasta la extenuación, o el cambio de hábitos sociales abrupto: dejar de ir a cumpleaños, escapar de las comidas familiares, pasar horas viendo vídeos de “what I eat in a day”.

No hay pastilla mágica, pero hay esperanza

En la última planta de un hospital de día, un grupo de siete chicas y dos chicos dibujan su plato ideal sin calorías, sin culpa, sin filtros. Es un ejercicio de terapia ocupacional. La terapeuta les pide que pongan los alimentos que les gustan sin pensar en si “se puede” o no. Al principio lloran. Luego, alguien dibuja una pizza. Se ríen. La pizza es un triunfo.

El tratamiento de los TCA es largo, caro y difícil. No basta con “comer más” o “comer menos”. Hay que desmontar años de mensajes, recomponer la relación con el propio cuerpo, con la comida, con el espejo. “La recuperación no es lineal”, advierte Navarro. “Un día la paciente llega feliz porque ha comido un bocadillo con pan blanco, y al siguiente se pesa tres veces y no quiere salir de la cama. Lo importante es que siga viniendo.”

Lo que puedes hacer hoy (sin ser psicólogo)

Desde el periódico de la psicología no queremos dejar al lector sin herramientas. Si sospechas que alguien cercano —o tú mismo— está en ese bucle peligroso, aquí van tres claves sencillas pero poderosas:

No hables del peso. Nunca. Pregunta por el estado de ánimo, por el sueño, por el estrés. Separar el malestar del número de la báscula es el primer paso.

Haz que la comida sea un acto social y sin juicios. Invita a cocinar juntos, evita comentarios sobre lo que cada uno come o deja de comer.

Desconfía de los discursos radicales. Cualquier mensaje que demonice un alimento o eleve otro a categoría de “veneno” o “salvación” es una bandera roja.

Y, sobre todo, buscar ayuda profesional. El psicólogo clínico o el psiquiatra especializado en TCA son tan necesarios como un cardiólogo para un infarto. Porque un trastorno de la conducta alimentaria es, en el fondo, un infarto del alma que tarda años en hacer ruido.

Laura, la del supermercado, lleva ya cuatro sesiones con su psicóloga. La semana pasada compró una bolsa de patatas fritas. No para comérselas todas. Solo para tenerlas en la despensa. “Es mi pequeño desafío”, dice con una sonrisa temblorosa. “Poder mirarlas y saber que no me van a controlar.”

Y eso, en este mundo que empuja a controlarlo todo, quizá sea el acto más rebelde y más humano.


Si necesitas ayuda: Llama al teléfono de información sobre TCA de tu comunidad autónoma (en España, el 024 es para atención a la conducta suicida, pero puede derivar a recursos de TCA). También puedes contactar con la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB) en su web. No estás solo, aunque el plato te mire con otros ojos.

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