Redacción www.elperiodicodelapsicologia.info
La primera vez que Laura, una madre de 42 años, se sentó en el despacho de la psicóloga, no pudo terminar ni una frase. Rompió a llorar antes de empezar. Llevaba tres años sosteniendo a su familia, a su trabajo, a sus hijos, a su madre enferma. Había dejado de dormir, de comer bien, de reírse de verdad. Un día, simplemente, ya no pudo más. Laura no es una estadística. Pero las estadísticas, hoy, están hechas de millones de Lauras, de Pablos, de Martas.
Mil millones de personas en el planeta viven con un trastorno de salud mental. Así lo ha advertido con claridad la Organización Mundial de la Salud en sus últimos informes, La salud mental mundial hoy y el Atlas de salud mental 2024. Es decir, una de cada siete personas en el mundo. Y la cifra no se detiene ahí. Un estudio publicado en la revista The Lancet en mayo de 2026 eleva la estimación a casi 1.200 millones de personas —el 14% de la humanidad—, y confirma que los trastornos mentales son ya la principal causa de discapacidad en el mundo, por encima de las enfermedades cardiovasculares, el cáncer y las afecciones musculoesqueléticas.
Casi el doble que hace una generación. Entre 1990 y 2023, el número de personas afectadas por un trastorno mental se ha duplicado. Y no es solo cuestión de que diagnosticuemos mejor: la prevalencia estandarizada por edad —es decir, descontando el envejecimiento de la población— ha aumentado un 24% en tres décadas. Los trastornos que más han crecido son la ansiedad (un 65% más) y la depresión (un 41% más). Detrás de cada punto porcentual hay una historia de insomnio, de nudo en el estómago, de días que pesan más de lo que se puede soportar.
Los más jóvenes, los más heridos. Si hay un grupo que concentra el dolor con especial virulencia, son los adolescentes. El estudio de The Lancet revela que la carga de los trastornos mentales alcanza su punto máximo entre los 15 y los 19 años, una etapa crítica que puede condicionar la educación, el empleo y las relaciones para el resto de la vida. No es casualidad: es la edad en la que se decide quiénes seremos, y también la edad en la que más se sufre en silencio.
Las mujeres, las más golpeadas. El género, además, marca un destino desigual. En 2023, 620 millones de mujeres de todas las edades padecían un trastorno mental, frente a 552 millones de hombres. Los investigadores apuntan a la violencia doméstica, el abuso sexual, el aumento de las responsabilidades de cuidado y la discriminación de género como factores que explican esta desproporción. La sociedad carga a las mujeres con un peso emocional y económico que termina por quebrarlas.
La brecha del tratamiento: un privilegio para quien pueda pagarlo. Y luego está la respuesta. O, más bien, la ausencia de ella. Solo el 9% de las personas que padecen depresión o ansiedad reciben una atención mínimamente adecuada. En 90 países de renta baja, ese porcentaje es inferior al 5%. El promedio del gasto público en salud mental sigue siendo apenas el 2% del presupuesto total en salud, un porcentaje que no ha variado desde 2017. Mientras que los países de ingresos altos gastan 65 dólares por persona en salud mental, los de ingresos bajos dedican apenas 0,04 dólares. La salud mental, en definitiva, se ha convertido en un lujo que millones no pueden permitirse.
El coste de no cuidar: un billón de dólares. Pero esta crisis no es solo una tragedia humana; también es un lastre económico insostenible. La depresión y la ansiedad provocan la pérdida de 12 mil millones de días de trabajo al año, lo que se traduce en pérdidas de productividad de un billón de dólares anuales. Es el precio de ignorar una epidemia que ya no es silenciosa.
Un cambio de mirada. Frente a esta realidad, las palabras de los investigadores resuenan con claridad: «Abordar este creciente desafío requerirá una inversión sostenida en los sistemas de salud mental, un mayor acceso a la atención y una acción global coordinada para brindar un mejor apoyo a las poblaciones más vulnerables», advierte Damian Santomauro, autor del estudio de The Lancet.
Pero para que ese derecho se haga realidad, hace falta algo más que dinero. Hace falta un cambio de mirada. Dejar de ver las cifras como fríos números y empezar a ver en ellas a los millones de personas que cada día libran una batalla invisible. Hace falta construir sistemas de apoyo comunitarios, reforzar los lazos sociales que la modernidad ha deshilachado y, sobre todo, normalizar el sufrimiento psíquico como parte de la condición humana, no como un estigma que ocultar.
La crisis de salud mental global no es un asunto menor ni un problema de débiles. Es la gran pandemia de nuestro tiempo. Y como tal, exige una respuesta a la altura: valiente, compasiva y urgente. Porque detrás de cada porcentaje, de cada mil millones, hay una vida que merece ser vivida, no solo soportada.
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