Cuando cuidarse se convierte en una condena: el psiquiatra Enrique Rojas advierte sobre la trampa del «salutismo»

Equipo de redacción www.elperiodicodelapsicologia.info

Caminar diez mil pasos, beber ocho vasos de agua, evitar los ultraprocesados, analizar etiquetas como si fueran fórmulas químicas o medir la calidad del aire que respiramos en casa. En apariencia, todos estos hábitos son sinónimo de salud. Pero, ¿qué ocurre cuando el autocuidado se convierte en una obsesión?

El psiquiatra y catedrático Enrique Rojas, una de las figuras más influyentes de la psiquiatría española contemporánea, ha lanzado una advertencia que debería hacernos detener: la línea entre cuidarse y caer en una trampa es más fina de lo que creemos. El nombre de esa trampa es salutismo, una preocupación excesiva por llevar un estilo de vida «perfectamente» saludable que, lejos de mejorar la calidad de vida, puede afectarla seriamente.

El momento en que el bienestar se convierte en mandamiento.Rojas, que participó en la VI Jornada de Neurociencia y Educación organizada por la Fundación Querer, describe con claridad cómo esta supuesta búsqueda del bienestar se ha convertido, en muchos casos, en una fuente de culpa, rigidez y trastornos mentales.

«Se ha popularizado en los últimos tiempos en el mundo occidental una preocupación excesiva y enfermiza por comer sano y por tener unas constantes biológicas perfectas», señala el experto. Y explica la diferencia con una imagen que todos podemos entender: «Una cosa es saber tener una dieta correcta y armónica de hidratos de carbono, grasas, proteínas, oligoelementos y vitaminas, pero dentro de un orden; y otra una obsesión cercana a la patología».

El problema, según Rojas, es que caminar, dormir bien, comer limpio y ejercitarse dejan de ser recomendaciones para convertirse en mandamientos. No cumplirlos genera ansiedad, frustración y una constante sensación de estar fallando. La salud deja de ser un aliado para convertirse en un juez implacable.

El lado oscuro del autocuidado: cuando la obsesión tiene nombre. Rojas advierte que el salutismo está directamente relacionado con varios trastornos psicológicos que han proliferado en los últimos años:

Ortorexia: una fijación patológica por comer «sano» que lleva a una relación distorsionada con la comida.

Vigorexia: la obsesión con el ejercicio físico y la musculatura, que se prolonga en una percepción deformada de zonas concretas del cuerpo.

Hipocondría: la tendencia a estar pendiente de cualquier sensación corporal y pensar en negativo, interpretando cada pequeña molestia como señal de enfermedad.

«Lleva a una falta de naturalidad frente a alimentos, bebidas, frutas, vegetales, que son miradas al microscopio electrónico», afirma el psiquiatra. Ya no comemos, sino que analizamos. Ya no vivimos, sino que medimos.

El escaparate irreal que amplifica la presión. Las redes sociales, advierte Rojas, juegan un papel determinante en esta tendencia. Tanto en TikTok como en Instagram y Facebook, «todas las personas que aparecen son delgadas, guapas y están contentas, son el origen de buena parte del salutismo».

Hoy día vivimos enganchados a los relojes inteligentes que miden hasta la calidad del sueño y la respiración; tenemos aplicaciones que escanean los códigos de los alimentos del supermercado; y nuestra lista de favoritos en redes sociales son vídeos divulgativos sobre lo mal que comemos. Detrás de esta hiperconciencia del cuerpo y la alimentación se esconde un fenómeno cada vez más común: convertir la salud en una obligación.

Una mirada empática: la salud no es una utopía. Lo que Rojas nos invita a reflexionar es que la verdadera salud no es exclusivamente física; es el equilibrio entre lo físico, lo mental y lo emocional. La promesa de una felicidad permanente y de un cuerpo perfecto es, en palabras del psiquiatra, una utopía que genera más culpa que bienestar.

La diferencia entre cuidarse y caer en el salutismo es, según Rojas, como la distancia entre ser ordenado y ser maniático del orden: en el primer caso, la conducta nos facilita la vida; en el segundo, nos la complica hasta el extremo.

Quizá el verdadero acto de autocuidado no sea medir cada paso, cada bocado, cada hora de sueño. Quizá sea, como sugiere Rojas, aprender a conjugar cuatro grandes elementos: amor, trabajo, amistad y cultura. Y aceptar que el sufrimiento forma parte de la vida, sin dejar que se cronifique.

Porque al final, como el propio Rojas recuerda, «la felicidad consiste en tener buena salud y muy mala memoria». No para olvidar lo importante, sino para no recordar con angustia cada pequeño desvío del camino perfecto que, en realidad, nunca existió.

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