Y no sabe que está muerto y enterrado

Tengo horror a los hospitales, a los fríos corredores, a las salas de espera que parecen antesalas de la muerte o, mejor aún, cementerios donde las flores pierden lozanía. No hay flor hermosa en un camposanto. Tengo, con todo, un cementerio mío, personal. Yo lo construí y lo inauguré hace algunos años, cuando la vida hizo madurar mis sentimientos. En él entierro a aquellos a quienes maté, es decir aquellos que para mí han dejado de existir, a aquellos que murieron: los que un día tuvieron mi estima y la han perdido.

Por Jorge Amado

Cuando alguien rebasa todo límite y me ofende, no me enfado ya con él, no me enojo ni me pongo furioso, no me peleo, no corto mi relación, no le niego el saludo. Lo entierro en la fosa común de mi cementerio -en él no existen panteones familiares, tumbas individuales, los muertos yacen en la fosa común, en la promiscuidad de la vileza, de la maldad. Para mí, aquél fulano se ha muerto, ha sido enterrado, haga lo que haga ya no puede molestarme más.

Son raros estos entierros -¡menos mal! -. Sólo a veces un pérfido, un perjuro, un desleal, alguien que ha faltado a la amistad, que ha traicionado al amor, alguien que fue excesivamente interesado, falso, hipócrita, soberbio – la impostura y la presunción me ofenden fácilmente-. En el pequeño y deslucido cementerio, sin flores, sin lágrimas, sin sombra de añoranza, se pudren unos cuantos sujetos, unas pocas mujeres. A unos y a otras los he barrido de la memoria, les he retirado la vida.

Encuentro en la calle a uno de esos fantasmas, me paro a conversar, escucho, correspondo a las frases, a los saludos, a los elogios, acepto el abrazo, el beso fraternal de Judas. Sigo adelante. Él piensa que me ha engañado una vez más, y no sabe que está muerto y enterrado. 

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