Vivimos en una época fascinante. Nunca antes la ciencia había comprendido tanto sobre el cerebro humano y, sin embargo, pocas veces lo hemos expuesto a tantas amenazas silenciosas. El estrés permanente, el sedentarismo, la mala alimentación, la falta de descanso o el aislamiento social se han convertido en compañeros habituales de nuestra vida cotidiana.
Por Joan Ramón Miret www.elperiodicodelapsicologia.info
Durante años pensamos que un ictus era una desgracia inevitable, una cuestión de edad o de mala suerte. Hoy sabemos que esa idea ya no se sostiene. La neurología nos ofrece un mensaje esperanzador: una gran parte de los ictus puede prevenirse.
Y esa afirmación cambia completamente nuestra manera de entender la salud.
El cerebro nos acompaña toda la vida. Respiramos sin pensar, caminamos sin ser conscientes del complejo milagro que ocurre bajo nuestro cráneo y damos por sentado que mañana podremos hablar, recordar el nombre de nuestros hijos o abrazar a quienes amamos.
Hasta que un día algo sucede. Un ictus aparece de forma brusca, interrumpe el riego sanguíneo del cerebro y, en cuestión de minutos, puede alterar capacidades que tardamos décadas en desarrollar. La memoria, el lenguaje, el movimiento, las emociones o incluso la personalidad pueden verse profundamente afectados.
Por eso la verdadera revolución no consiste únicamente en tratar el ictus cuando aparece, sino en impedir que llegue a producirse.
La prevención empieza mucho antes del hospital. La medicina moderna insiste en una idea sencilla: la mayor parte del cuidado del cerebro ocurre fuera de las consultas médicas.
Cada decisión cotidiana deja una huella.
Cuando elegimos caminar en lugar de permanecer sentados durante horas, estamos protegiendo nuestras arterias.
Cuando controlamos la hipertensión, reducimos uno de los principales factores de riesgo.
Cuando dejamos el tabaco, moderamos el alcohol, mantenemos un peso saludable o cuidamos la diabetes, no solo estamos protegiendo el corazón; también estamos defendiendo el órgano que sostiene nuestra identidad.
El cerebro recuerda nuestros hábitos durante toda la vida.
Dormir también es cuidar el cerebro. Mientras dormimos profundamente ocurre algo extraordinario.. El cerebro activa mecanismos naturales de limpieza que ayudan a eliminar sustancias potencialmente tóxicas acumuladas durante el día. La investigación actual relaciona un descanso insuficiente con un mayor riesgo de enfermedades neurológicas y con un deterioro progresivo de las funciones cognitivas.
Dormir no es perder el tiempo.. Es permitir que el cerebro repare aquello que el esfuerzo diario ha desgastado.
El enemigo silencioso llamado estrés. Vivimos acelerados.. Contestamos mensajes mientras comemos, trabajamos pensando en lo que haremos después y descansamos con la mente todavía ocupada.
El cerebro, sin embargo, no fue diseñado para permanecer durante años en estado de alerta permanente.. El estrés crónico favorece procesos inflamatorios, altera el equilibrio hormonal, dificulta el sueño y termina afectando al sistema cardiovascular, aumentando indirectamente el riesgo de sufrir un ictus.
No se trata únicamente de aprender técnicas de relajación. Se trata de recuperar una forma más humana de vivir.
La salud cerebral también necesita vínculos. Existe un medicamento que no se vende en las farmacias. Se llama conversación.
Compartir una comida con amigos, mantener relaciones afectivas de calidad, aprender algo nuevo, leer, tocar un instrumento, reír o sentirse útil fortalecen las conexiones neuronales y ayudan a construir una auténtica reserva cognitiva.
El cerebro necesita oxígeno, pero también necesita significado.
Las personas no enfermamos únicamente por lo que ocurre dentro de nuestro organismo. También enfermamos cuando desaparecen la ilusión, el propósito o el sentimiento de pertenencia.
Una responsabilidad compartida. Hablar de prevención no significa culpabilizar a quien ha sufrido un ictus.
Existen factores que no podemos modificar, como la edad, la genética o determinadas enfermedades.
Pero reconocer que muchos riesgos son modificables nos invita a asumir una responsabilidad compartida entre ciudadanos, profesionales sanitarios e instituciones.
Necesitamos ciudades que favorezcan caminar, políticas que reduzcan la contaminación, espacios laborales que respeten el descanso, escuelas que enseñen hábitos saludables desde la infancia y sistemas sanitarios que apuesten por la prevención tanto como por el tratamiento.
Humanizar también significa prevenir. La salud no consiste únicamente en curar enfermedades. Consiste en crear las condiciones para que las personas puedan vivir con dignidad, autonomía y bienestar durante el mayor tiempo posible.
Quizá la mejor noticia que nos ofrece hoy la neurología no sea que disponemos de mejores tratamientos.
La mejor noticia es que millones de personas tienen en sus manos la posibilidad de proteger su cerebro antes de que aparezca la enfermedad.
Cada paseo.
Cada noche de descanso.
Cada comida equilibrada.
Cada conversación sincera.
Cada momento de calma.
Son pequeñas decisiones que, sumadas durante años, pueden convertirse en la mayor medicina preventiva que conocemos.
Porque cuidar el cerebro no es solo proteger un órgano. Es proteger nuestra memoria, nuestras palabras, nuestros afectos y todo aquello que nos hace profundamente humanos.
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