Acoso la herida que no sangra

La herida que no sangra: cuando el acoso cabe en una pantalla

Por Ana M. Serrano
Colaboradora de El Periódico de la Psicología


Hay algo profundamente desconcertante en la forma en que el dolor ha aprendido a viajar en la era digital. Antes, el acoso escolar tenía un horario, un lugar físico, un patio, un pasillo, un recreo. Terminaba cuando sonaba el timbre y el niño cruzaba la puerta de su casa. Ahora, el acoso cabe en una pantalla, y la pantalla cabe en el bolsillo, en la mesilla de noche, en el pupitre, en cualquier rincón donde haya un mínimo de silencio y una conexión a internet. Y no tiene hora de cierre.

Los datos que maneja Naciones Unidas son, sencillamente, escalofriantes: dos de cada tres niños y adolescentes en el mundo han sufrido ciberacoso. Y la mitad de ellos, según reconoce el propio organismo, no sabe a quién pedir ayuda. No es que no quieran, es que no saben. Esa es la primera y más cruel de las paradojas de este nuevo rostro de la violencia: el agresor es invisible, el daño es intangible, pero la huella en la psique del niño es más real y duradera que un golpe en la cara.

He tenido la oportunidad de hablar con psicólogos escolares y con adolescentes que han atravesado este infierno silencioso. Lo que cuentan no es solo miedo, es una forma de desintegración. El acosado deja de confiar en el mundo, pero también deja de confiar en sí mismo. Cada notificación es una amenaza, cada like ausente una confirmación de su nulidad como persona. El psicólogo clínico Javier Costa me lo decía hace unos días con una mezcla de rabia y ternura: «Les estamos diciendo a estos chicos que no se tomen las cosas tan a pecho, cuando el problema no es que ellos lo sientan demasiado, sino que el agresor ha traspasado todas las fronteras de lo humano».

El informe de la OCDE que se ha difundido recientemente añade una capa más de complejidad. Señala que, tras un breve respiro durante los confinamientos, el acoso ha vuelto con más fuerza en los países desarrollados. Y apunta un dato que invita a la reflexión: las víctimas suelen ser, con frecuencia, chicos, de origen inmigrante o de entornos con mayor poder adquisitivo. ¿Por qué los más ricos? Quizá porque tienen más dispositivos, más exposición, más terreno abonado para el escarnio. Pero también, y esto es importante, porque quizá son los que tienen más herramientas para denunciar. Esto nos habla de un sesgo en las estadísticas que debería llevarnos a pensar en todos aquellos que no denuncian, que no hablan, que se lo tragan en silencio porque no tienen a nadie que les escuche.

Lo que realmente me preocupa, y no soy la única, es el papel que está jugando la inteligencia artificial en esta escalada. Los conocidos como deepfakes, esos vídeos o audios manipulados con tecnología punta, están empezando a utilizarse como arma arrojadiza entre adolescentes. Ya no se trata de un insulto escrito, sino de una humillación con la cara de la víctima, de una amenaza que parece real. ¿Cómo se defiende un niño de algo que parece una evidencia, aunque sea una mentira tecnológica? Esa es la pregunta que debería llevarnos a todos, padres, educadores y psicólogos, a un debate urgente sobre la alfabetización digital, pero no desde lo técnico, sino desde lo humano.

Porque, al final, el ciberacoso no es un problema de algoritmos, es un problema de vínculos. Es la expresión más cruda de una sociedad que ha olvidado que detrás de cada perfil hay una persona de carne y hueso, con sus miedos, sus inseguridades y su deseo, tan primario, de ser aceptada. Los psicólogos llevamos años insistiendo en que el acoso es un síntoma de un malestar más profundo en el grupo, una disfunción en la forma de relacionarse. Y el mundo digital, lejos de atenuarlo, lo ha magnificado, lo ha hecho líquido y omnipresente.

No hay recetas mágicas. Pero sí hay principios. Escuchar, no juzgar, creer en lo que el niño cuenta, no restarle importancia. La mitad de los jóvenes que sufren ciberacoso no pide ayuda porque teme que le quiten el móvil o que le digan que eso no es para tanto. Esa es una respuesta que debemos cambiar desde la raíz. El primer paso no es tecnológico, es humano: hacerle saber al niño que su dolor es válido, que su angustia importa, que no está solo en este laberinto de pantallas.

Como sociedad, estamos a tiempo de construir un entorno digital más habitable. Pero eso requiere un esfuerzo colectivo que va más allá de las leyes o los protocolos. Requiere, sobre todo, recuperar la empatía perdida. Porque la tecnología avanza rápido, pero el alma humana, por suerte, todavía necesita tiempo para sanar. Y ese tiempo no se negocia.

EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Telefono +34 625958660 info@elperiodicodelapsicologia.info

Deja un comentario