Temple Grandin cuando una mente diferente nos enseña a mirar de otra manera

La historia de una mujer que convirtió una forma diferente de percibir el mundo en conocimiento, ciencia y una profunda defensa de la dignidad

Por Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info

Hay historias que no deberían contarse únicamente como historias de éxito.

La de Temple Grandin es una de ellas.

Porque reducir su vida a la frase “una mujer con autismo que consiguió triunfar” sería, en cierto modo, volver a cometer el mismo error que durante tantos años ha cometido nuestra sociedad: mirar primero aquello que una persona no puede hacer y solamente después descubrir aquello que sí puede aportar.

Temple Grandin nos obliga a cambiar el orden de la mirada.

Nació en Boston en 1947 y durante sus primeros años tuvo grandes dificultades para comunicarse. No comenzó a hablar hasta aproximadamente los tres años y medio. Recibió intervención temprana y encontró también personas que supieron reconocer algo que no siempre resulta evidente en un niño: que detrás de una dificultad para comunicarse puede existir un mundo interior extraordinariamente rico.

Con el tiempo, aquella niña que encontraba enormes dificultades para desenvolverse en un mundo construido alrededor de las palabras se convertiría en científica, profesora universitaria, autora y una de las voces más conocidas internacionalmente en el ámbito del autismo y el bienestar animal.

Pero quizá lo más importante de su historia no sea todo aquello que consiguió.

Quizá sea la manera diferente en que aprendió a mirar.

Una mente que piensa en imágenes. Grandin ha explicado en numerosas ocasiones que su pensamiento es fundamentalmente visual. Cuando piensa en un concepto, no necesariamente lo hace a través de una definición verbal. Las imágenes, los detalles y las experiencias concretas tienen un papel fundamental en su manera de comprender la realidad. Ella misma ha descrito cómo puede visualizar mentalmente determinados objetos o construcciones antes de que sean realizadas.

Esto tiene una consecuencia que va mucho más allá del autismo.

Nos recuerda que no existe una única manera humana de pensar. Durante demasiado tiempo hemos construido sistemas educativos que premian determinadas formas de inteligencia: memorizar, hablar bien, escribir rápidamente, resolver determinados problemas abstractos o adaptarse a una determinada dinámica social.

Pero ¿qué ocurre con quien piensa mejor mediante imágenes?

¿Con quien comprende haciendo?

¿Con quien necesita tocar, construir, observar o experimentar?

¿Con quien tarda más en encontrar las palabras, pero puede percibir detalles que otros pasan por alto?

La inteligencia humana es mucho más amplia que aquello que tradicionalmente hemos aprendido a medir.

Y aquí aparece una de las grandes aportaciones de Grandin.

No mirar solamente el déficit. Hablar de autismo exige sensibilidad. No todas las personas autistas son iguales. El espectro es extraordinariamente diverso y las necesidades de apoyo pueden ser muy diferentes.

Por eso tampoco deberíamos convertir la historia de Grandin en un nuevo estereotipo.

No todas las personas autistas tienen pensamiento visual. No todas poseen capacidades excepcionales. No todas alcanzarán una trayectoria académica o profesional como la suya.

La enseñanza es otra.

Cada persona necesita ser comprendida en su singularidad. Grandin ha defendido durante años la importancia de identificar las fortalezas individuales y utilizarlas como punto de partida para el aprendizaje. En sus trabajos ha descrito diferentes estilos de pensamiento y ha insistido en que la educación puede ser más eficaz cuando encuentra la vía de acceso que mejor se adapta a cada niño.

Es una idea aparentemente sencilla.

Pero tiene profundas consecuencias humanas.

Porque cuando un niño fracasa repetidamente en un sistema educativo, nuestra primera pregunta suele ser:

“¿Qué le pasa?”

Quizá deberíamos preguntar alguna vez:

“¿Qué estamos haciendo nosotros para que pueda aprender?”

El profesor que vio una posibilidad. En la vida de Grandin hubo personas importantes. Entre ellas, sus profesores y mentores. Su interés por la ciencia fue alimentado por adultos que supieron conectar aquello que le apasionaba con el aprendizaje. La propia Grandin ha señalado la importancia que tuvo un profesor de ciencias, William Carlock, quien estimuló su interés científico.

Esto debería hacernos pensar en algo que a veces olvidamos cuando hablamos de educación.

Un buen profesor no es solamente quien transmite conocimientos. A veces es quien descubre una posibilidad en un alumno antes de que ese alumno sea capaz de verla en sí mismo.

Puede ser la diferencia entre una vida marcada por el fracaso y una vida en la que alguien encuentra un lugar desde el que participar en el mundo.

Por eso la educación no debería limitarse a corregir dificultades.

También debería descubrir talentos.

De los animales aprendió algo sobre los seres humanos. La trayectoria profesional de Grandin resulta sorprendente. Se convirtió en profesora de Ciencia Animal en Colorado State University y desarrolló una importante carrera vinculada al comportamiento animal, al diseño de instalaciones ganaderas y al bienestar de los animales. Su capacidad para observar cómo reaccionaba el ganado ante determinados estímulos le permitió desarrollar diseños destinados a reducir el miedo y facilitar su manejo.

Hay una paradoja hermosa en todo esto. Una mujer que durante su infancia fue considerada diferente terminó dedicando una parte esencial de su vida a comprender cómo perciben el mundo otros seres vivos. Observó sombras. Ruidos. Reflejos. Movimientos. Espacios. Situaciones que podían provocar miedo.

Allí donde otras personas podían ver simplemente “un animal que no quiere avanzar”, ella se preguntaba qué estaba viendo el animal.

Y esa pregunta cambió su trabajo.

Tal vez también contiene una enseñanza para nosotros.

El comportamiento tiene una historia.

Detrás de una conducta siempre puede existir una experiencia que todavía no hemos comprendido.

¿Y si aplicáramos esa mirada a las personas? Pensemos por un momento en un niño que se tapa los oídos.

Podemos decir:

“Es problemático.”

O podemos preguntarnos:

“¿Qué está escuchando?”

Un adolescente que evita determinadas situaciones sociales puede parecer distante.

Pero quizá deberíamos preguntarnos:

“¿Qué experimenta cuando está allí?”

Una persona que necesita rutinas puede ser juzgada como rígida.

O podemos intentar comprender qué seguridad encuentra en esas rutinas.

Una persona que habla poco puede ser considerada poco sociable.

Pero el silencio no significa ausencia de pensamiento.

Y una persona que no aprende mediante los métodos tradicionales puede no tener un problema de inteligencia.

Puede tener, sencillamente, otra puerta de entrada al conocimiento.

Esta es, quizá, una de las grandes lecciones humanistas que podemos extraer de la vida de Temple Grandin.

La diferencia no debería convertirse en una condena. Nuestra sociedad ha avanzado mucho en la comprensión del autismo, pero todavía existe una enorme distancia entre conocer una condición y comprender realmente a una persona.

Con frecuencia seguimos utilizando etiquetas antes de conocer historias.

Y una etiqueta puede ser útil para comprender necesidades clínicas, educativas o de apoyo, pero nunca debería convertirse en la identidad completa de un ser humano.

Antes que un diagnóstico hay una persona.

Antes que una dificultad hay una historia.

Antes que una conducta hay una experiencia.

Y antes que cualquier etiqueta debería existir algo mucho más sencillo:

la voluntad de conocer al otro.

No necesitamos que todos sean iguales. Quizá uno de los mayores errores de nuestra cultura consiste en confundir integración con uniformidad. Integrar no significa conseguir que todos se comporten de la misma manera. Integrar significa construir espacios donde las diferencias puedan existir sin convertirse automáticamente en desventajas.

Una escuela verdaderamente inclusiva no debería preguntarse únicamente cómo conseguir que un niño diferente se adapte a ella.

También debería preguntarse:. ¿Cómo puede transformarse la escuela para que ese niño pueda desarrollar su potencial?

Lo mismo ocurre en el trabajo.

Y en la familia.

Y en la sociedad.

La neurodiversidad nos plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cuántas capacidades humanas permanecen invisibles porque nuestros sistemas solamente saben reconocer unas pocas formas de inteligencia?

Temple Grandin no necesita ser convertida en un mito

Hay otra cuestión importante.

No necesitamos convertir a Grandin en una especie de “superheroína del autismo”.

Eso también sería injusto.

Su historia contiene dificultades, soledad, incomprensión y esfuerzo. Pero también contiene educación, oportunidades, personas que confiaron en ella y una enorme capacidad de trabajo.

No todo puede explicarse por la voluntad individual.

Cuando hablamos de personas neurodivergentes debemos evitar otro peligro: utilizar las historias extraordinarias de algunas personas para insinuar que cualquiera puede conseguir lo mismo si se esfuerza suficientemente.

La vida no funciona así.

Las oportunidades importan.

La familia importa.

La escuela importa.

Los apoyos profesionales importan.

La situación económica importa.

La aceptación social importa.

Y, sobre todo, importa que una persona tenga la posibilidad de desarrollar sus capacidades sin tener que pasar toda su vida intentando demostrar que merece un lugar.

Quizá la pregunta correcta sea otra. Durante décadas hemos preguntado cómo conseguir que las personas diferentes encajen en nuestro mundo.

Temple Grandin nos invita, directa o indirectamente, a formular una pregunta distinta:

¿Qué podemos aprender nosotros de las personas que perciben el mundo de otra manera?

No para idealizarlas.

No para romantizar el autismo.

No para negar las dificultades que puede producir.

Sino para ampliar nuestra propia idea de lo que significa ser humano.

Porque una sociedad madura no es aquella que consigue que todos sean iguales.

Es aquella que consigue que nadie tenga que dejar de ser quien es para poder participar en ella.

Temple Grandin ha dedicado buena parte de su vida a la ciencia, al bienestar animal, a la educación y a la comprensión del autismo. Ha escrito sobre su propia experiencia y continúa divulgando sobre diferentes formas de pensamiento y aprendizaje.

Pero quizá su legado más profundo no esté solamente en sus libros, sus investigaciones o sus diseños.

Está en una idea mucho más sencilla.

A veces, aquello que desde fuera parece una limitación puede ser también una forma distinta de mirar.

Y cuando una sociedad aprende a mirar de más de una manera, se vuelve más inteligente.

Pero, sobre todo, se vuelve más humana.

Una última reflexión.Quizá algún día dejemos de preguntar a un niño:

“¿Qué problema tienes?”. Y empecemos a preguntarle:

¿Cómo funciona tu mundo? ¿Qué necesitas para poder mostrarnos todo lo que llevas dentro?”

Ese cambio de pregunta puede parecer pequeño.

Pero para muchas personas puede cambiar una vida.

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