Hoy, como cada 29 de septiembre, las alertas de nuestros teléfonos, las campañas institucionales y los titulares de siempre nos recordarán que es el Día Mundial del Corazón. Nos hablarán de cifras, de factores de riesgo, de la importancia de la dieta mediterránea y de caminar diez mil pasos. Y está bien. Es necesario. Pero cuando una se sienta a escribir sobre esto, inevitablemente piensa en esa brecha extraña que separa al órgano de la víscera, a la bomba de la emoción.
Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info
Porque el corazón tiene una doble vida. Es, por un lado, un prodigio de la ingeniería biológica: un músculo del tamaño de un puño que late, sin pedir permiso, unas cien mil veces al día. Es el responsable de que la sangre llegue a cada rincón de nuestro cuerpo, de que el oxígeno alimente nuestras células y de que podamos seguir aquí, leyendo esto. Pero, por otro lado, es el habitáculo donde la humanidad ha colocado, desde el principio de los tiempos, sus afectos más profundos. Ahí duele el desamor, ahí se anuda la angustia, ahí se siente esa opresión extraña cuando el miedo nos visita.
La psicología lleva décadas estudiando esa conexión. No es una metáfora poética: es una realidad fisiológica. Cuando hablamos de «corazón roto», no hablamos solo de una pena del alma. Hablamos de un estrés crónico que inflama las arterias, de un sistema nervioso que se desregula, de una presión arterial que se dispara. El duelo, la soledad no deseada, la ansiedad que se cronifica… todo eso deja una huella tangible en el endotelio de nuestros vasos sanguíneos. La ciencia lo llama «síndrome del corazón roto» (miocardiopatía de Takotsubo) y, aunque suene a leyenda, es una disfunción ventricular real provocada por un pico emocional intenso.
Por eso, en un día como hoy, me resisto a reducir la prevención cardiovascular a una cuestión de colesterol y azúcar. Cuidar el corazón es también cuidar lo que sentimos. Es aprender a gestionar la rabia que nos corroe, a poner límites que nos protejan del desgaste, a permitirnos llorar lo que hay que llorar sin que eso nos avergüence. Es, en definitiva, entender que la salud mental y la salud cardiovascular son dos caras de la misma moneda.
He visto a pacientes que, tras un infarto, empiezan a tomarse la vida de otra manera. Y no me refiero solo a dejar el tabaco o a apuntarse al gimnasio. Me refiero a que empiezan a decir «te quiero» más a menudo, a perdonar viejas afrentas, a dejar de correr detrás de un reconocimiento que nunca llega. Paradójicamente, el susto en el pecho les enseñó a vivir con el pecho más abierto.
Hoy, 29 de septiembre, los cardiólogos nos recordarán la importancia de la prevención. Los psicólogos deberíamos añadir una capa más: la de la prevención emocional. Porque un corazón sano no es solo el que bombea bien, sino el que late sin miedo, el que se permite descansar, el que sabe decir basta, el que se rodea de vínculos que suman y no restan.
Así que, si me permiten un consejo no solicitado, hoy no se limiten a mirar la etiqueta de los alimentos o a contar los pasos. Pregúntense también: ¿qué está pesando en mi pecho? ¿Qué emoción llevo tiempo sin atender? ¿A quién necesito llamar? A veces, la mejor pastilla para el corazón es una conversación pendiente, un abrazo largo o simplemente el silencio de una tarde sin prisa.
Porque el corazón, ese músculo incansable, también tiene memoria. Y late, sobre todo, de amor. O de la falta de él. Cuidémoslo en todas sus dimensiones.
Firma: Un psicólogo que, como todos, también escucha latir el suyo.
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