El medio ambiente también influye en nuestra salud mental: una comisión internacional pide actuar

Una nueva iniciativa científica reclama que el bienestar psicológico se tenga en cuenta en las políticas climáticas, ambientales y urbanísticas. La contaminación, el calor extremo, el ruido y la desigualdad pueden afectar a nuestra salud emocional.

Redacción Barcelona EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA | 14 de octubre de 2026

La salud mental no depende únicamente de lo que ocurre dentro de nosotros. Durante mucho tiempo hemos hablado de la salud mental como si dependiera exclusivamente de nuestra historia personal, de nuestros pensamientos o de nuestra capacidad para afrontar las dificultades. Sin embargo, la ciencia nos recuerda que también importa el mundo en el que vivimos.

La contaminación atmosférica, el ruido constante, las temperaturas extremas, la pérdida de espacios naturales y las desigualdades sociales pueden influir en nuestro bienestar psicológico. No todas las personas están expuestas a estos factores de la misma manera ni disponen de los mismos recursos para afrontarlos.

Una comisión internacional formada por más de veinte especialistas acaba de reclamar que la salud del cerebro y el bienestar mental ocupen un lugar central en las decisiones sobre el medio ambiente, el clima y el desarrollo de las ciudades.

Sus conclusiones se han publicado en la revista científica Nature Mental Health el 12 de octubre de 2026, y han sido difundidas por el Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL).

Cuando el entorno también nos hace sufrir. El informe, elaborado por la Earth–Brain–Health Commission, examina cómo los cambios ambientales pueden repercutir en la salud cerebral y psicológica a lo largo de la vida.

Los especialistas señalan asociaciones entre diferentes exposiciones ambientales y un mayor riesgo de problemas como ansiedad, depresión, trastornos relacionados con experiencias traumáticas y deterioro cognitivo.

Entre los factores estudiados figuran el calor extremo, la contaminación del aire y acústica, los fenómenos meteorológicos graves, el estrés asociado a determinados entornos urbanos y la pérdida de biodiversidad.

Pero es importante interpretar estos resultados con rigor. Encontrar una asociación no significa demostrar que un factor ambiental sea, por sí solo, la causa directa de un trastorno mental. La salud psicológica es compleja y depende de la interacción entre factores biológicos, personales, familiares y sociales.

Lo que plantea esta comisión es que no podemos seguir ignorando el entorno cuando hablamos de prevención y salud mental.

Las ciudades también pueden cuidar —o perjudicar— nuestro bienestar. Pensemos en una persona que vive en una vivienda mal aislada, soporta noches de calor, escucha continuamente el tráfico y apenas dispone de espacios tranquilos donde descansar. Si, además, atraviesa dificultades económicas o carece de apoyo social, su capacidad para recuperarse del estrés puede verse comprometida.

No significa que necesariamente vaya a desarrollar un problema psicológico. Significa que las condiciones en las que vive pueden añadir dificultades a una situación que ya resulta exigente.

Por el contrario, disponer de espacios verdes accesibles, viviendas seguras, calles menos ruidosas, aire más limpio y lugares donde relacionarse puede contribuir a crear entornos más favorables para el bienestar.

La comisión propone evaluar las intervenciones urbanísticas no solo por sus resultados económicos o ambientales, sino también por sus posibles efectos sobre la salud mental, la soledad y el sentimiento de pertenencia a una comunidad.

Los más vulnerables necesitan mayor protección. Los efectos de los cambios ambientales no se distribuyen de manera equitativa. La infancia, las personas mayores, quienes viven con discapacidad, las poblaciones desplazadas y las comunidades con menos recursos pueden encontrarse entre los grupos más expuestos.

La desigualdad importa porque no todo el mundo puede protegerse del calor de la misma manera, cambiar de vivienda, acceder a espacios naturales o recibir atención psicológica cuando la necesita.

Desde una perspectiva humanista, esta realidad nos obliga a ampliar nuestra mirada: proteger la salud mental también implica mejorar las condiciones materiales y sociales que permiten vivir con dignidad.

La prevención no puede descansar únicamente sobre los hombros de cada individuo. También requiere políticas públicas, servicios sanitarios preparados y comunidades capaces de cuidar a quienes más lo necesitan.

Ocho compromisos para cambiar la manera de actuar

La Earth–Brain–Health Commission plantea ocho líneas de actuación para la próxima década. Entre sus principales propuestas destacan:

Incorporar indicadores de salud mental a los planes climáticos, ambientales y urbanísticos.

Relacionar las alertas por calor extremo y contaminación con medidas de protección de la salud psicológica.

Mejorar la calidad del aire, reducir el ruido y favorecer espacios verdes y azules accesibles.

Prestar especial atención a las poblaciones más expuestas y con menos recursos.

Reforzar la investigación sobre los mecanismos que conectan el ambiente, el cerebro y las emociones.

Mejorar la coordinación entre los sistemas sanitarios, las políticas ambientales y la planificación urbana.

Se trata de recomendaciones científicas y políticas, no de medidas que ya se hayan implantado de forma generalizada. Su eficacia deberá evaluarse mediante investigaciones y resultados concretos.

Una nueva forma de entender la prevención. Este planteamiento invita a superar una visión demasiado estrecha de la salud mental. No basta con pedir a las personas que aprendan a gestionar su estrés si, al mismo tiempo, permanecen expuestas a condiciones de vida que dificultan su descanso, su seguridad y sus relaciones sociales.

La psicología puede ayudar a desarrollar recursos personales, mejorar la regulación emocional y fortalecer los vínculos. Pero esas herramientas son más eficaces cuando se acompañan de entornos que facilitan una vida saludable.

Cuidar el planeta no sustituye a la atención psicológica ni resuelve por sí solo los trastornos mentales. Sin embargo, proteger las condiciones ambientales y sociales que favorecen el bienestar constituye una oportunidad para prevenir sufrimiento y reducir desigualdades.

Una sociedad más saludable empieza por escuchar a las personas. El mensaje de fondo es sencillo: la salud mental no puede separarse de la vida cotidiana ni de las condiciones en las que las personas crecen, trabajan, descansan y envejecen.

Una ciudad saludable no es únicamente aquella que dispone de hospitales modernos o infraestructuras eficientes. También es aquella donde sus habitantes pueden respirar aire limpio, descansar sin ruido excesivo, encontrar lugares para relacionarse y sentirse parte de una comunidad.

Quizá haya llegado el momento de preguntarnos no solo qué podemos hacer para que las personas se adapten mejor a un mundo cada vez más exigente, sino también qué podemos cambiar en ese mundo para que vivir resulte menos dañino.

Porque cuidar el cerebro, las emociones y las relaciones humanas también significa cuidar el entorno que compartimos.

La salud mental también se construye fuera de la consulta: en nuestras viviendas, nuestros barrios, nuestras relaciones y la sociedad que decidimos crear.


Fuentes científicas y documentales

  1. Earth–Brain–Health Commission. Nature Mental Health, 12 de octubre de 2026. Consultar el informe científico.
  2. Schumann, G. y colaboradores. Protecting mental wellbeing and brain health in a changing environment. Nature Mental Health, 12 de octubre de 2026. Consultar el documento de políticas científicas.
  3. European Molecular Biology Laboratory (EMBL). How a changing environment is reshaping mental health, 13 de octubre de 2026. Leer la información institucional.

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