La soledad, la tristeza y el miedo a pedir ayuda revelan una realidad preocupante entre los adolescentes. Los datos de UNICEF señalan que muchos jóvenes atraviesan dificultades emocionales sin compartirlas con nadie.
Redacción Barcelona por El Periódico de la Psicología
Hay sufrimientos que no hacen ruido. Un adolescente puede levantarse cada mañana, acudir al instituto, hablar con sus amigos e incluso sonreír en casa mientras libra una batalla interior que nadie conoce. A veces, ni siquiera encuentra las palabras para explicar qué le sucede. Otras veces las encuentra, pero teme que no le crean, que le resten importancia o que le respondan que lo que necesita es madurar.
La salud mental de niños y adolescentes se ha convertido en una de las grandes preocupaciones sociales de nuestro tiempo. Sin embargo, la pregunta que deberíamos hacernos no es únicamente cuántos menores sufren, sino cuántos continúan sufriendo en silencio porque no encuentran a un adulto dispuesto a escucharles de verdad.
¿Estamos ocultando la salud mental de nuestros menores? No existen pruebas que permitan afirmar que haya una ocultación generalizada y deliberada. Pero sí hay datos que muestran que una parte importante del malestar adolescente permanece sin comunicar y que pedir ayuda sigue siendo una dificultad para muchos jóvenes.
Las cifras que nos obligan a escuchar. Un informe de UNICEF España y la Universidad de Sevilla, publicado en octubre de 2024, reveló que el 41 % de los adolescentes encuestados afirmaba haber tenido, o creía haber tenido, algún problema de salud mental durante el año anterior.
El dato más inquietante no era únicamente la frecuencia de esas dificultades. Entre quienes reconocían haberlas experimentado, más de uno de cada tres no había hablado con nadie sobre ellas y más de la mitad no había pedido ayuda.
En octubre de 2026, UNICEF España ha vuelto a poner el foco sobre esta realidad. Su nuevo barómetro señala que, entre 2018 y 2022, el porcentaje de adolescentes de 12 a 16 años que declaraban sentirse solos pasó del 7 % al 13,6 %. La proporción de quienes manifestaban sentirse tristes aumentó del 11,9 % al 19,5 %.
Son datos que merecen atención y prudencia. Describen la evolución del bienestar declarado por los adolescentes en los periodos estudiados; no demuestran, por sí solos, que todos los trastornos mentales hayan aumentado en la misma proporción. Pero sí nos advierten de que el sufrimiento emocional no puede tratarse como un asunto secundario.
Cuando un menor sufre, no siempre sabe pedir ayuda. Los adultos solemos esperar que los niños y adolescentes expresen con claridad lo que sienten. Sin embargo, reconocer una emoción, comprender su origen y atreverse a compartirla son capacidades que se desarrollan con el tiempo.
Un niño puede expresar su malestar mediante irritabilidad, aislamiento, dificultades para dormir, dolores de cabeza o una caída repentina del rendimiento escolar. Un adolescente puede encerrarse en su habitación, abandonar actividades que antes le gustaban o mostrarse indiferente cuando, en realidad, está desbordado.
Ninguna de estas señales demuestra por sí sola la existencia de un trastorno psicológico. También pueden responder a circunstancias pasajeras, problemas físicos u otras dificultades. Lo importante es observar los cambios persistentes, preguntar sin juzgar y buscar ayuda profesional cuando sea necesario.
A veces, el menor no necesita que le expliquemos inmediatamente cómo solucionar su vida. Necesita comprobar que puede hablar sin ser ridiculizado, castigado por sus sentimientos o comparado con otros niños.
Escuchar no significa aceptar cualquier conducta ni renunciar a los límites. Significa separar lo que un menor hace de lo que puede estar sintiendo y ayudarle a comprender ambas cosas.
¿Por qué se oculta el sufrimiento emocional? El silencio puede tener muchas causas. El miedo a parecer débil, la vergüenza, la preocupación por decepcionar a la familia, el temor a las burlas de los compañeros o la sensación de que nadie entenderá lo que ocurre pueden dificultar que un adolescente pida ayuda.
También influye la respuesta del entorno. Cuando un adulto contesta «no es para tanto», «tienes todo lo que necesitas» o «a tu edad yo no tenía esos problemas», puede cerrar una puerta sin ser consciente de ello.
La intención quizá sea tranquilizar, pero el efecto puede ser el contrario: el menor aprende que hablar no sirve de nada.
A ello se añaden situaciones que pueden agravar el malestar, como el acoso escolar, la violencia, los conflictos familiares, la discriminación, la presión académica, la soledad o determinadas experiencias digitales. No todos los adolescentes viven estas circunstancias del mismo modo, y no existe una única explicación para los problemas de salud mental.
Por eso resulta peligroso buscar un solo culpable. Ni las familias, ni los centros educativos, ni las redes sociales, ni el sistema sanitario explican por sí solos una realidad tan compleja.
La responsabilidad debe ser compartida, pero también concreta: necesitamos adultos preparados para detectar señales de alarma, centros educativos capaces de prevenir y actuar, servicios sanitarios accesibles y políticas públicas que no dejen la atención a la infancia dependiendo del lugar donde se nace o de los recursos económicos de la familia.
La falta de atención también puede convertirse en un problema. Pedir ayuda es un primer paso, pero no siempre garantiza recibirla a tiempo.
En España, el acceso a profesionales especializados, los tiempos de espera y la coordinación entre familias, centros educativos y servicios sanitarios siguen siendo cuestiones esenciales para mejorar la atención a la infancia y la adolescencia.
No basta con recomendar a los jóvenes que hablen de sus emociones si, cuando lo hacen, no encuentran una respuesta adecuada. Tampoco basta con organizar jornadas de sensibilización si después no existen recursos suficientes para atender los problemas detectados.
La prevención debe empezar antes de que el sufrimiento se convierta en una crisis. Los servicios de atención primaria, los equipos de orientación educativa, los profesionales de salud mental infantojuvenil y los servicios de protección a la infancia necesitan trabajar de manera coordinada.
Y hay una cuestión que no deberíamos olvidar: la salud mental no puede convertirse en un privilegio reservado a quienes pueden pagar una consulta privada.
La familia y la escuela: dos lugares donde el silencio puede romperse. La familia no necesita convertirse en una consulta psicológica. Su papel es ofrecer seguridad, afecto, límites razonables y disponibilidad emocional.
Preguntar «¿cómo te ha ido hoy?» es positivo, pero a veces conviene ir más allá: «Últimamente te noto diferente, ¿hay algo que te preocupe?». Después viene la parte más difícil: escuchar la respuesta sin apresurarse a corregirla.
Si el menor comparte algo doloroso, es importante agradecerle la confianza, evitar culpabilizarle y explicarle que buscar ayuda no significa que haya fracasado.
La escuela, por su parte, debe ser un entorno seguro en el que las dificultades emocionales puedan detectarse sin estigmatizar a quienes las experimentan. El acoso, la exclusión y la humillación no deben normalizarse como simples cosas de niños.
Los profesionales educativos no sustituyen a los especialistas sanitarios, pero pueden desempeñar un papel decisivo en la detección temprana y la derivación cuando observan cambios preocupantes.
Escuchar también significa tomar en serio lo que no entendemos. Hay una idea profundamente humana que debería orientar nuestra relación con la infancia: un menor no necesita demostrar que sufre lo suficiente para merecer atención.
Quizá su problema nos parezca pequeño. Quizá pensemos que se le pasará. Quizá no comprendamos por qué una experiencia que para nosotros sería insignificante le produce tanto dolor.
Pero nuestra percepción adulta no puede convertirse en la medida absoluta de su sufrimiento.
Esto tampoco significa interpretar cada tristeza como una enfermedad. La infancia y la adolescencia incluyen conflictos, frustraciones y momentos difíciles que forman parte del desarrollo. La tarea consiste en distinguir las dificultades esperables de aquellas que son intensas, persistentes o interfieren significativamente en la vida cotidiana.
Para ello hacen falta sensibilidad, conocimiento y profesionales cualificados. Ni alarmismo ni indiferencia.
Una sociedad se mide también por cómo cuida a sus menores. Los datos publicados por UNICEF España nos plantean una pregunta incómoda: ¿qué sentido tiene hablar de bienestar infantil si tantos adolescentes no encuentran a quién contarle lo que les pasa?
No podemos asegurar que la sociedad esté ocultando intencionadamente sus problemas de salud mental. Sí podemos afirmar que el silencio, el estigma y las dificultades para acceder a ayuda constituyen obstáculos que debemos afrontar.
La respuesta no puede limitarse a pedir a los jóvenes que sean más fuertes, que controlen sus emociones o que aprendan a gestionar mejor la presión. También debemos revisar los entornos en los que crecen, las relaciones que establecemos con ellos y los recursos que ponemos a su disposición.
Tal vez el primer cambio consista en algo sencillo, aunque no siempre fácil: dejar de preguntar a los menores únicamente si se portan bien, si estudian o si cumplen sus obligaciones, y empezar a interesarnos por cómo están viviendo su propia vida.
Porque detrás de una mala nota puede haber muchas cosas. Detrás de un silencio puede haber miedo. Y detrás de una sonrisa puede existir una tristeza que todavía no ha encontrado palabras.
La salud mental de nuestros menores no necesita más silencio, sino más escucha, más prevención y una atención accesible. Ningún niño debería sentirse obligado a sufrir a solas para no preocupar a los demás.
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