Educar no consiste en conseguir que un niño obedezca siempre, sino en ayudarle a comprender sus emociones, aprender a poner límites a sus impulsos y descubrir, poco a poco, cómo convivir con los demás.
Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info
Hay una escena que se repite en muchos hogares: un niño que llora porque no consigue lo que quiere, una madre agotada que intenta explicárselo y un padre que, después de varios intentos, acaba levantando la voz. Los adultos quieren hacerlo bien, pero el cansancio, las prisas y la preocupación pueden convertir un momento educativo en una lucha de poder.
En esas situaciones conviene recordar algo fundamental: un niño no nace sabiendo controlar sus emociones. Aprende a hacerlo, poco a poco, con la ayuda de los adultos que le acompañan.
Esta idea conecta con el legado del pediatra estadounidense T. Berry Brazelton (1918-2018), una de las figuras más influyentes de la pediatría del desarrollo. Su trabajo contribuyó a cambiar la manera de comprender a los bebés y a los niños, prestando atención a sus capacidades, sus diferencias individuales y la importancia de la relación con sus familias.
El niño no es un adulto en miniatura. A veces pedimos a los niños una serenidad que ni siquiera nosotros conseguimos mantener en determinadas circunstancias. Queremos que esperen, que compartan, que acepten una negativa y que expresen correctamente su frustración. Sin embargo, esas capacidades se desarrollan con la maduración y la experiencia.
Cuando un niño pequeño tiene una rabieta, no siempre está intentando desafiar a sus padres. Puede sentirse frustrado, cansado, asustado o incapaz de expresar con palabras lo que le sucede.
Comprenderlo no significa permitir cualquier comportamiento. Significa distinguir entre la emoción, que necesita ser reconocida, y la conducta, que puede requerir un límite.
Un niño puede estar enfadado, pero no puede pegar a su hermano. Puede sentirse decepcionado, pero eso no significa que sus padres deban concederle todo lo que pide.
La tarea educativa consiste en sostener ambas realidades: reconocer lo que siente y enseñarle cómo actuar.
De la obediencia al autocontrol. Controlar a un niño y enseñarle autocontrol son dos cosas diferentes.
El control impuesto desde fuera puede conseguir obediencia inmediata. Sin embargo, el aprendizaje más profundo consiste en ayudar al menor a desarrollar progresivamente recursos propios para afrontar la frustración, esperar, tomar decisiones y reparar sus errores.
Para ello necesita adultos capaces de combinar afecto, coherencia y límites.
Cuando un niño pierde el control, un adulto puede decirle: «Veo que estás muy enfadado. Entiendo que querías seguir jugando, pero ahora tenemos que irnos. Estoy aquí para ayudarte».
No siempre funcionará a la primera. Quizá el niño siga llorando. Quizá necesite tiempo para tranquilizarse. Educar no es disponer de una frase mágica que resuelva cada conflicto, sino construir una relación en la que las normas sean comprensibles y el afecto no dependa de que el pequeño se comporte perfectamente.
El autocontrol no se aprende únicamente escuchando explicaciones. También se aprende viviendo experiencias en las que alguien nos ayuda a recuperar la calma.
La importancia de los límites sin humillación. En ocasiones se confunde la educación respetuosa con la ausencia de normas. Es un error. Los niños necesitan límites claros, previsibles y adecuados a su edad porque les ayudan a comprender el mundo y a sentirse acompañados.
La diferencia está en cómo se establecen.
No es lo mismo decir «eres insoportable» que afirmar «no voy a permitir que pegues». La primera expresión convierte una conducta en una etiqueta personal; la segunda señala lo que debe cambiar sin atacar la dignidad del niño.
Tampoco es necesario recurrir constantemente a amenazas, comparaciones o castigos humillantes para enseñar responsabilidad. Los adultos pueden explicar las consecuencias de una conducta, mantener una negativa y ayudar al menor a reparar el daño cuando sea necesario.
Un límite afectuoso no es un límite débil. Es una norma que se mantiene sin convertir al niño en un enemigo.
¿Qué nos enseñó T. Berry Brazelton? Brazelton dedicó buena parte de su vida profesional a estudiar el desarrollo infantil y la relación entre los niños y sus cuidadores. Su enfoque, conocido como Touchpoints, presta atención a los periodos de cambio del desarrollo y a las dificultades que pueden aparecer en la vida familiar durante esas etapas.
Una de sus aportaciones más importantes fue ayudar a que padres y profesionales mirasen al niño desde sus capacidades y necesidades, en lugar de centrarse exclusivamente en sus problemas de conducta.
Desde esta perspectiva, una dificultad también puede ser una oportunidad para comprender mejor qué está ocurriendo y qué apoyo necesita la familia.
Esto no significa que todas las rabietas tengan una explicación sencilla ni que cualquier problema se resuelva con paciencia. Significa que observar, escuchar y conocer el desarrollo infantil permite responder de una manera más ajustada a las necesidades de cada niño.
Cinco maneras de enseñar autocontrol en casa. Ayúdale a poner nombre a lo que siente.. «Estás triste porque tu amigo se ha ido» o «te has enfadado porque no te he comprado ese juguete». Identificar las emociones puede ayudarle a comprenderlas y expresarlas sin recurrir siempre al llanto o a la agresividad.
Mantén los límites con serenidad.. Si ha llegado la hora de apagar la pantalla, mantén la norma. Puedes escuchar sus protestas sin cambiar necesariamente la decisión. La firmeza no exige gritar.
Enséñale a esperar de forma gradual. Esperar no es una habilidad que aparezca de repente. Practicad pequeños turnos en los juegos, anticipad las transiciones y reconoce sus esfuerzos cuando consigue tolerar una espera.
Sé un modelo de regulación emocional. Si pierdes la paciencia, puedes reconocerlo: «He levantado la voz y no ha estado bien. Estaba enfadado, pero debería haberte hablado de otra manera». Reparar un error no debilita la autoridad; muestra cómo asumir responsabilidades.
Reconoce el esfuerzo, no solo el resultado. Cuando intenta calmarse, pide ayuda en lugar de pegar o acepta una pequeña frustración, hazle saber que has observado ese esfuerzo. El objetivo no es exigirle que nunca se equivoque, sino ayudarle a aprender de sus experiencias.
Estas estrategias deben adaptarse a la edad, el temperamento y las necesidades de cada menor. Cuando las explosiones emocionales son muy intensas, persistentes o interfieren significativamente en la vida familiar y escolar, puede ser conveniente consultar con un profesional de la psicología infantil o la pediatría.
La paciencia de los adultos también necesita cuidados. Hay algo de lo que hablamos menos: la capacidad de los padres para acompañar las emociones infantiles depende también de sus propias circunstancias.
Una familia que vive bajo presión económica, con jornadas laborales interminables, falta de sueño o escaso apoyo social puede tener más dificultades para responder con calma. No se trata de justificar cualquier comportamiento adulto, sino de comprender que educar requiere recursos emocionales y condiciones de vida que no todas las familias tienen.
Por eso, ayudar a los niños también significa cuidar a quienes los cuidan. Ofrecer orientación a los padres, facilitar la conciliación y garantizar el acceso a servicios de salud mental infantil son formas de prevención que benefician a toda la sociedad.
No podemos pedir serenidad permanente a quienes están desbordados sin proporcionarles apoyo.
Educar para la libertad y la responsabilidad. El propósito de la educación no debería ser formar niños que obedezcan por miedo a las consecuencias, sino personas que, con el paso de los años, puedan tomar decisiones, reconocer sus emociones, respetar a los demás y responsabilizarse de sus actos.
Ese aprendizaje requiere tiempo. Habrá días en los que el niño avance y otros en los que parezca volver atrás. Habrá momentos de ternura y momentos de agotamiento. La crianza real está muy lejos de la perfección que algunas imágenes de las redes sociales parecen exigir a las familias.
Quizá una de las mayores muestras de amor sea aceptar que nuestros hijos están aprendiendo, del mismo modo que nosotros seguimos aprendiendo a ser padres.
No se trata de renunciar a la autoridad, sino de ejercerla con humanidad. No se trata de evitar todas las frustraciones, sino de acompañar al niño para que pueda atravesarlas sin sentirse solo. Y no se trata de conseguir que siempre haga lo que queremos, sino de ayudarle a comprender por qué algunas cosas son necesarias y cómo puede convivir con los demás.
La verdadera educación deja una huella que va más allá de la obediencia inmediata. Contribuye a construir una voz interior capaz de decir: «Estoy enfadado, pero puedo detenerme. No he conseguido lo que quería, pero puedo intentarlo de otra manera. Me he equivocado, pero puedo reparar el daño».
Ese es el camino del autocontrol: aprender a gobernarse sin miedo y sin perder la capacidad de comprender a los demás.
Porque educar a un niño no consiste en dominar su voluntad. Consiste en acompañarle hasta que pueda ejercerla con responsabilidad, libertad y respeto.
Descubre cómo enseñar autocontrol a los niños sin recurrir al miedo ni a los gritos, inspirándonos en el legado del pediatra T. Berry Brazelton y la crianza respetuosa.
Fuentes de referencia
- Brazelton Touchpoints Center. Our Founder: T. Berry Brazelton. https://www.brazeltontouchpoints.org/about/our-founder/
- Brazelton Touchpoints Center. Brazelton Touchpoints. https://www.brazeltontouchpoints.org/about/brazelton-touchpoints/
- Brazelton, T. B. (1994). Touchpoints: Opportunities for preventing problems in the parent-child relationship. Acta Paediatrica, 83(s394), 35–39. https://doi.org/10.1111/j.1651-2227.1994.tb13212.x
El Periódico de la Psicología. Psicología, infancia y educación desde una mirada humana y científica.
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