El silencio que queda: cuando la tragedia nos recuerda lo frágiles que somos

Hay tardes que empiezan como cualquier otra. Un andén, una maleta a medio cerrar, el café que se enfría mientras miramos el móvil. Nadie que sube a un tren piensa que está despidiéndose. Y sin embargo, a veces lo está. La reciente tragedia ferroviaria ocurrida en la zona de Uceda, en la provincia de Toledo, nos ha devuelto a esa verdad incómoda que solemos apartar con el ruido del día a día: la vida no avisa.

Por Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info

Cuando ocurre algo así, lo primero que aparece es la cifra. Los medios cuentan heridos, cuentan fallecidos, cuentan kilómetros de vía y minutos de retraso. Pero detrás de cada número hay una habitación que ya no volverá a oler igual, una silla vacía en una cena de domingo, un mensaje de voz que nadie se atreve a borrar. La psicología lo sabe bien: el trauma no se mide en estadísticas, se mide en el temblor de una mano que sostiene un teléfono a las tres de la mañana esperando una noticia que nunca querría recibir.

Conviene detenerse en algo que a menudo olvidamos. El impacto psicológico de una tragedia no termina cuando se apagan las cámaras. Empieza justo ahí. Las primeras semanas traen la conmoción, la incredulidad, esa sensación irreal de que todo es un mal sueño. Después llega el silencio. Y en el silencio, el duelo. Un duelo que, cuando la muerte es súbita, violenta o colectiva, adquiere formas particulares: la culpa del superviviente, la rabia ante la impotencia, el miedo repentino a subir a un tren, a cruzar un puente, a dejar que un hijo tome el autobús escolar.

No hace falta haber estado allí para sentirse tocado. La proximidad emocional cuenta tanto como la geográfica. Quien vive cerca de las vías, quien ha viajado mil veces por ese mismo trayecto, quien tiene un familiar que cada mañana coge el cercanías, siente una punzada que no sabe nombrar. Es la empatía, sí, pero también es el reconocimiento de nuestra propia vulnerabilidad. De pronto, lo cotidiano se vuelve amenazante. Y eso, aunque no llegue a ser un trastorno, deja huella.

Quienes trabajan en emergencias lo saben. Bomberos, sanitarios, policías, personal de Renfe, maquinistas que un día se convierten en testigos de algo que jamás debieron ver. El llamado trauma vicario o secundario es una realidad silenciada con demasiada frecuencia. Cuidar a quienes cuidan debería ser una prioridad, no un gesto de buena voluntad que llega tarde y mal.

Y luego están las familias. Las que esperan en un pabellón habilitado, con una manta sobre los hombros y el corazón en la garganta. Las que reciben la peor de las noticias de la peor de las maneras posibles. La psicología de emergencias ha aprendido mucho sobre cómo acompañar esos primeros momentos: la importancia de la información clara, del contacto humano, de no prometer lo que no se puede cumplir, de respetar el silencio de quien no quiere hablar. Pero también ha aprendido que ninguna técnica sustituye a la presencia. A veces, acompañar es solo quedarse.

Hay algo profundamente humano en la manera en que respondemos a estas tragedias. Nos abrazamos más, llamamos a nuestros padres, revisamos con insistencia el móvil de quien llega tarde a casa. Es nuestra forma de decirle a la muerte que todavía estamos aquí. Y es también, aunque no lo sepamos, una forma de elaborar el duelo colectivo. Porque las tragedias que afectan a una comunidad no se procesan en soledad: se procesan en los rituales, en las conversaciones de bar, en el minuto de silencio, en las flores que alguien deja junto a una estación.

No quisiera caer en el lugar común de decir que el tiempo lo cura todo. No lo hace. El tiempo, a veces, solo enseña a convivir con la herida. Lo que sí cura es el acompañamiento, la palabra dicha a tiempo, el profesional que escucha sin prisa, la red social que sostiene cuando las piernas flaquean. La salud mental no debería ser un lujo al que se accede solo cuando ya no queda otra. Debería estar ahí desde el primer día, en el primer aviso, en la primera lágrima.

Esta reflexión no pretende explicar lo inexplicable ni ponerle palabras bonitas al dolor. Solo quiere recordarnos algo sencillo y radical: que detrás de cada tragedia hay personas. Personas que amaban, que tenían planes, que discutían por tonterías y se reconciliaban con un mensaje. Personas que, como cualquiera de nosotros, se subieron a un tren creyendo que volverían.

Ojalá sepamos sostener a quienes hoy no encuentran consuelo. Ojalá la psicología siga siendo, más que una disciplina, una forma de estar en el mundo con los ojos abiertos y el corazón disponible. Y ojalá, cuando pase el ruido y llegue el silencio, no nos olvidemos de que el silencio también se acompaña.


El Periódico de la Psicología. Este artículo refleja una reflexión sobre el impacto emocional de las tragedias colectivas. www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado

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