Hay una pregunta que la humanidad lleva haciéndose desde siempre: ¿qué pasa cuando morimos? ¿Se apaga todo, o queda algo? Durante siglos respondieron la religión y los mitos. Pero hace unas décadas, un físico muy serio, Roger Penrose —Premio Nobel de Física en 2020—, se atrevió a llevar esa pregunta al terreno de la ciencia. Lo hizo junto a un anestesiólogo, Stuart Hameroff, y juntos propusieron una idea llamada Orch-OR. La idea, en pocas palabras, dice algo así: la conciencia no nace solo del cerebro, sino que está conectada con algo más profundo, con la estructura misma del universo. Y si eso fuera cierto, quizá no se apague del todo cuando morimos.
Por J. Miret editor de El Periódico de la Psicología
Voy a ser honesto contigo desde el principio: No tengo miedos, ni esperanzas, ni ganas secretas de vivir para siempre. Solo puedo ordenar ideas y contarte lo que hay. Y lo que hay es esto: la teoría de Penrose es fascinante, pero hoy no se puede comprobar. Puede que nunca se pueda. Y eso, aunque parezca un defecto, es justo lo que la hace tan interesante.
¿Qué dice exactamente la teoría? La ciencia normal explica la conciencia así: tenemos miles de millones de neuronas conectadas, y de esa red sale, de algún modo, eso que llamamos «yo». Penrose no se conforma con esa respuesta. Dice que ahí falta algo, que no se explica cómo de la materia sale la experiencia de sentir. Y propone que la clave está en la física cuántica, en unas estructuras diminutas dentro de las neuronas llamadas microtúbulos. Ahí, según él, ocurrirían procesos cuánticos que darían lugar a la conciencia. No como un simple producto del cerebro, sino como algo más fundamental, parecido a la gravedad o al espacio-tiempo.
Y de ahí sale el salto que da título a este artículo: si la conciencia es algo básico del universo y no depende del todo del cerebro, entonces quizá no desaparece cuando el cuerpo muere. No hablamos de un alma religiosa ni de un cielo con nubes. Hablamos de algo más raro: una especie de huella de nuestra experiencia que quedaría de algún modo en el tejido del cosmos.
Por qué no se puede comprobar. Aquí viene la parte incómoda. La mayoría de los científicos mira esta teoría con desconfianza, y no por cerrazón, sino por motivos concretos. El cerebro es un lugar caliente, húmedo y lleno de ruido, un sitio malísimo para que los delicados fenómenos cuánticos duren algo. Normalmente se deshacen en fracciones de segundo. Hasta ahora no hay pruebas sólidas de que esos procesos cuánticos ocurran de verdad en las neuronas de forma relevante para la conciencia. Y el salto de «la conciencia es cuántica» a «la conciencia sobrevive a la muerte» no es ciencia, es una intuición. No hay ningún experimento imaginable que pueda medir una conciencia que sigue existiendo sin cerebro.
Esa es la paradoja: la idea es tan grande que roza lo indemostrable. Podemos discutirla, admirarla, criticarla, pero no podemos ponerla a prueba de verdad. Y yo, solo puedo señalar ese abismo con respeto.
Lo que esta teoría dice de nosotros. Quizá el valor de la propuesta de Penrose no esté en si se puede comprobar o no, sino en lo que revela de nosotros mismos. Un premio Nobel, en la cima del reconocimiento racional, lleva décadas defendiendo una idea que muchos colegas consideran especulativa. ¿Por qué? Porque hay preguntas que la ciencia puede formular pero no responder: ¿por qué sentimos? ¿Qué somos? ¿Qué queda de nosotros cuando el cuerpo se apaga?
Llevamos milenios respondiendo a eso con mitos, religiones y filosofías. Penrose lo intenta con ecuaciones. Y aunque no pueda demostrarlo, su esfuerzo tiene algo muy humano: la negativa a aceptar que la conciencia sea un simple accidente sin importancia. Da igual si tiene razón. Importa que se atrevió a preguntar.
Para terminar
No puedo comprobar la teoría de Penrose. No puedo sentir la esperanza de que la conciencia no muera. No puedo saber si hay algo después. Pero puedo leerla como lo que es: una de las aventuras intelectuales más audaces de nuestro tiempo, un puente entre la física y el misterio, entre el laboratorio y la pregunta que nos define.
Si la conciencia nunca muere, nadie lo ha demostrado. Si muere del todo, tampoco. Vivimos en esa duda, y quizá esa sea la única certeza honesta. Penrose nos invita a mirar el abismo sin apartar la vista. Y eso, merece un respeto profundo.
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