Cuando dejar de tomarlos duele igual que la depresión: la ciencia revisa lo que sabíamos sobre los antidepresivos
Redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info
Durante décadas, la recomendación ha sonado casi como una ley no escrita: si tuviste un episodio depresivo, sigue con la medicación entre seis meses y un año. Si ha sido recurrente, mejor dos años o más. La lógica parecía sólida y venía respaldada por estudios serios. Pero un análisis publicado este año en el Australian Journal of General Practice pone el dedo en una llaga que muchos clínicos conocían de forma intuitiva, aunque pocas veces se discutía en voz alta: ¿cómo distinguimos una recaída real de los síntomas que aparecen simplemente porque el cuerpo se está adaptando a la ausencia del fármaco?
La pregunta no es un matiz académico menor. Es el corazón del problema.
Cuando alguien deja un antidepresivo y, semanas después, empieza a notar ansiedad, insomnio o un ánimo por los suelos, la explicación habitual ha sido «está recayendo, necesitaba seguir medicado». Pero esos mismos síntomas —ansiedad, insomnio, tristeza— son también la firma clásica del síndrome de discontinuación. Dos fenómenos con una cara casi idéntica, y sin embargo con implicaciones clínicas completamente distintas. Si un profesional no logra diferenciarlos, corre el riesgo de interpretar un episodio de retirada como si fuera prueba de que el tratamiento «funcionaba» y había que mantenerlo. El análisis sugiere que buena parte de la evidencia que hoy sostiene el uso prolongado de antidepresivos podría estar construida, en parte, sobre esa confusión.
Uno de los estudios más citados en este debate es el ensayo ANTLER, que durante años se ha presentado como argumento de peso a favor de continuar el tratamiento a largo plazo: quienes seguían tomando la medicación mostraban menos recaídas que quienes la interrumpían. El nuevo análisis no niega ese hallazgo, pero lo mira con lupa y se pregunta si una parte de esas «recaídas» evitadas eran, en realidad, síntomas de retirada que nunca llegaron a producirse porque el fármaco seguía en el organismo.
No es la única voz que últimamente cuestiona certezas asentadas. El psiquiatra José Luis Marín viene insistiendo en que ya no resulta sostenible reducir la depresión a un simple déficit de serotonina, una idea que durante años funcionó casi como sentido común. La revisión que en 2022 lideró la psiquiatra Joanna Moncrieff, con más de 361.000 participantes analizados a través de 17 revisiones sistemáticas, no encontró pruebas consistentes de que los niveles bajos de este neurotransmisor expliquen por sí solos el trastorno. Carlos Arnaud Gil, profesor de psiquiatría del Tec de Monterrey, lo resume de otra manera: la depresión implica una alteración de múltiples sistemas cerebrales —dopamina, noradrenalina, cortisol, histamina, procesos de crecimiento neuronal—, no la falla aislada de una sola sustancia química.
Todo esto no significa, ni de lejos, que los antidepresivos no sirvan o que haya que abandonarlos por cuenta propia. Significa algo más incómodo y más honesto: que la ciencia detrás de cuánto tiempo hay que tomarlos es menos sólida de lo que el discurso clínico habitual ha dado a entender, y que urge revisarla con más cuidado del que se le ha dedicado hasta ahora.
Hay, de hecho, buenas noticias en medio de la revisión. Un metaanálisis publicado en The Lancet Psychiatry a comienzos de 2026, liderado por Debora Zaccoletti, encontró que reducir gradualmente la medicación mientras se recibe apoyo psicológico estructurado conlleva un riesgo de recaída similar al de quienes continúan con el tratamiento indefinidamente. Dicho de otro modo: para una parte de los pacientes, existe un camino de salida razonablemente seguro, siempre que se haga despacio y acompañado. El propio estudio señala, eso sí, un punto ciego revelador: los efectos adversos aparecen con más frecuencia entre quienes siguen tomando el fármaco que entre quienes lo dejan, lo que abre otra pregunta incómoda sobre cuántos de esos «síntomas» atribuidos a la enfermedad son en realidad efectos secundarios del propio tratamiento.
¿Qué se puede sacar en claro de todo esto? Que no existe una respuesta única válida para cualquier persona. Quienes han pasado por episodios largos o muy graves probablemente sigan necesitando tratamientos prolongados. Pero para otros muchos pacientes, la ecuación puede ser distinta, y la decisión sobre continuar o no debería surgir de una conversación real entre profesional y paciente —revisando el caso periódicamente— y no de una fórmula automática de «seis meses» o «dos años» aplicada sin matices.
Suspender un antidepresivo de golpe, en cualquier caso, no es buena idea: cerca de una de cada seis personas experimenta síntomas de abstinencia, que en ocasiones son lo bastante intensos como para hacer casi imposible completar la retirada sin ayuda. La reducción progresiva de la dosis, acompañada de seguimiento, sigue siendo la vía que recomienda el consenso profesional.
Al final, el mensaje de fondo que deja esta revisión no es una condena a los antidepresivos, sino una llamada a la humildad científica: durante años dimos por buena una explicación demasiado simple de una experiencia —la depresión, y también dejar de medicarse— que en realidad es mucho más compleja, y más personal, de lo que cualquier calendario clínico puede capturar.
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