Arte autismo y el valor de la diversidad cognitiva

Por Mariona López Corominas
Estudiante de Historia del Arte, Universitat de Barcelona; activista TEA e historiadora del arte, colaboradora del MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya)
Universitat de Barcelona — mlopezcorominas@gmail.com

A partir de su experiencia vivida como historiadora del arte, artista y activista dentro del espectro autista, esta contribución reflexiona sobre la relación entre el arte, el autismo y la inclusión social. Argumenta que el arte funciona como un lenguaje no exclusivo, arraigado en la emoción y la percepción más que en el conocimiento experto compartido, capaz de legitimar múltiples formas de conocer y sentir, igualmente válidas. La discusión sitúa la neuro divergencia dentro de una comprensión más amplia de la diversidad cognitiva, examinando la relación histórica entre creatividad y vulnerabilidad psicológica en la obra de artistas como Vincent van Gogh, Edvard Munch y Joaquim Mir. A continuación, conecta esta reflexión con la producción académica de los estudios museísticos sobre inclusión social, discapacidad, acceso multimodal y codiseño. Pasando del principio a la práctica, la contribución presenta tres registros de accesibilidad museística para públicos autistas y neurodivergentes —institucional, profesional y experiencial— ilustrados respectivamente a través de la colaboración de la autora con el MNAC, el modelo de plantilla inclusiva de personas neurodivergentes de Casa Batlló, y su propia experiencia como beneficiaria del programa Apropa Cultura. Ejemplos concretos de preparación sensorial, mediación flexible y respuesta del personal muestran cómo estos principios pueden trasladarse a la práctica
museística cotidiana. El artículo concluye vinculando la diversidad cognitiva con la formación profesional del personal de los museos, el rediseño de la experiencia del visitante y la transformación más amplia de las instituciones culturales como agentes de inclusión social.
Palabras clave: autismo; neurodiversidad; diversidad cognitiva; accesibilidad museística; mediación inclusiva; patrimonio cultural.


El arte posee una capacidad singular para comunicar más allá de las fronteras de edad, cultura, educación y origen social. Es uno de los pocos lenguajes humanos que no requiere un vocabulario compartido para ser entendido: arraigado en la emoción, la percepción y el significado, ofrece un espacio en el que los individuos pueden conectar más allá de los marcos normativos del conocimiento o la pericia. Desde esta perspectiva, defiendo —como historiadora del arte, artista y activista dentro del espectro autista— una reflexión sostenida sobre la relación entre el arte, el autismo y la inclusión social, fundamentada en la experiencia
vivida y en la práctica profesional.


A lo largo de varios años de compromiso social, he trabajado activamente para promover la inclusión de las personas con autismo, guiada por la convicción de que la diferencia debe entenderse no como un déficit, sino como una fuente de enriquecimiento colectivo. En el centro de mi posición está la creencia de que el arte pertenece a todo el mundo, con independencia del perfil neurológico, la formación educativa o el capital cultural. En mi opinión, la accesibilidad del arte reside precisamente en su apertura: una persona puede experimentar una respuesta emocional profunda ante un cuadro de Velázquez sin formación académica, sin referentes culturales compartidos ni adhesión a nociones convencionales de inteligencia. Esta capacidad de implicación directa y afectiva hace que el arte sea plural, auténtico y profundamente humano.
Esta comprensión sustenta mi estrecha relación con las humanidades e informa mi trayectoria profesional. Sostengo que el arte se resiste a una interpretación única y, en cambio, invita a múltiples lecturas, ninguna de las cuales puede considerarse intrínsecamente correcta o incorrecta. Cada encuentro con una obra de arte está condicionado por la sensibilidad, las experiencias y los modos de percepción individuales de quien la observa, lo que afirma la legitimidad de formas diversas de conocer y sentir.


Diagnosticada con síndrome de Asperger a los diecinueve años, desarrollé posteriormente un fuerte interés por los estudios sobre el autismo y la neurodiversidad. Entre mis referentes más influyentes se encuentra Temple Grandin, cuyo trabajo ha desempeñado un papel decisivo en la transformación de la comprensión pública del autismo. La conocida afirmación de Grandin de que «necesitamos todo tipo de mentes» constituye un principio fundacional de mi activismo (Grandin, 2010).

Las personas neurodivergentes, en mi opinión, no son deficientes, sino que están configuradas de manera diferente, y estas diferencias son esenciales para la innovación, la creatividad y el desarrollo social. El principal obstáculo para la inclusión, por tanto, no radica en la neurodiversidad en sí misma, sino en unas estructuras sociales e institucionales inflexibles que marginan los estilos cognitivos alternativos.
Yendo más allá, me gustaría señalar que las etiquetas diagnósticas y el estigma social nunca deberían limitar el potencial de una persona. Muchas de las barreras a las que se enfrentan las personas autistas provienen de entornos que no logran acomodar la diversidad, y no de ninguna limitación inherente. Este argumento se extiende a la salud mental en un sentido más amplio.


A partir de investigaciones que indican la extendida prevalencia de episodios depresivos en la población general (Lim et al., 2018), quiero subrayar que la vulnerabilidad psicológica no es excepcional, sino una condición humana compartida.
Dentro de la historia del arte, debe destacarse la relación, largamente reconocida, entre creatividad y salud mental (Blumer, 2002; Carota et al., 2005). Vincent van Gogh, Edvard Munch, Amedeo Modigliani, Jackson Pollock y Joaquim Mir experimentaron todos ellos un importante sufrimiento psicológico a lo largo de sus vidas, y cada uno lo transformó en una obra de intensidad excepcional. Quiero cuestionar los relatos reduccionistas que enmarcan a estos artistas como meramente «enfermos»: El grito muestra cómo el sufrimiento privado puede convertirse en un lenguaje emocional compartido, y los paisajes cromáticamente
vibrantes de Mir no pueden desligarse de la condición bipolar que moldeó su sensibilidad. La producción artística, en estos casos, no surge a pesar de la vulnerabilidad, sino a través de ella.


A nivel profesional, participo en iniciativas destinadas a mejorar la accesibilidad museística para las personas diagnosticadas con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Sostengo que losmuseos deben evolucionar hacia entornos inclusivos en los que todos los visitantes se sientan bienvenidos, representados y respetados. Dentro de los estudios museísticos, esta posición se alinea con un cambio más amplio: pasar de entender el acceso principalmente como la eliminación de barreras físicas, a concebir la inclusión como una cuestión de responsabilidad social, representación, participación y agencia (Dodd & Sandell, 2001; Sandell, Dodd y Garland-Thomson, 2010). Trabajos más recientes sostienen igualmente que la accesibilidad debería integrarse en la interpretación, la educación, los servicios al visitante y la cultura organizativa, en lugar de tratarse como una adaptación puntual (Eardley et al., 2016; Edelstein, 2022). Para los públicos neurodivergentes, esta comprensión ampliada resulta especialmente relevante porque las barreras pueden ser sensoriales, cognitivas, comunicativas y sociales, y por tanto menos visibles de forma inmediata. Los museos, como agentes culturales públicos, tienen la responsabilidad de reflejar la diversidad social y de defender el acceso al arte como un derecho universal. Esta convicción se vuelve tangible en el momento en que pasa del principio a la práctica, en tres niveles que, en mi experiencia, rara vez aparecen juntos, pero deberían: el institucional, el profesional y el experiencial.


A nivel institucional, la accesibilidad para los visitantes autistas exige algo más que una adaptación física: requiere repensar los entornos sensoriales, los formatos de comunicación y las estrategias de mediación. Iniciativas como los horarios de visita con estímulos reducidos, la señalización basada en pictogramas, las historias sociales preparadas con antelación a la visita y la formación del personal en conciencia sobre la neurodiversidad han demostrado ser eficaces para reducir la ansiedad a menudo asociada a espacios desconocidos o sobreestimulantes (Kyprianos & Koniari, 2026; Tyszka et al., 2024).

Las investigaciones sobre acceso multimodal subrayan igualmente el valor de presentar la información en distintosformatos y de permitir a los visitantes más de una vía de entrada a la experiencia museística (Eardley et al., 2016). De manera crucial, investigaciones recientes en codiseño muestran quelas personas autistas deberían participar en la configuración de estos entornos a lo largo de todo el proceso de diseño, y no ser simplemente consultadas una vez que las decisiones ya se ha tomado (Watchorn et al., 2026). En términos prácticos, un museo podría hacer que una visitafuera más predecible antes de la llegada publicando un itinerario visual que identifique entradas, zonas concurridas, cambios de luz o sonido, áreas tranquilas, baños y lugares donde el visitante pueda hacer una pausa o abandonar el recorrido. Dentro del museo, esta misma información puede reforzarse mediante señalización clara, mapas sensoriales y la posibilidad de moverse entre espacios más tranquilos y más estimulantes sin ninguna penalización. A través de mi colaboración con el MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya), he podido presenciar personalmente este cambio en la práctica: el museo obtuvo la acreditación «Autism Friendly» del consorcio europeo Points of Connection (Erasmus+), lo que constituye un ejemplo concreto de cómo la transformación institucional hacia la accesibilidad cognitiva puede lograrse y replicarse en instituciones culturales de escala comparable.


A nivel profesional, la inclusión también puede transformar quién trabaja dentro de un museo, y no solo quién lo visita. Casa Batlló, en Barcelona, se convirtió en una de las primeras instituciones culturales en integrar un equipo de trabajadores neurodivergentes mediante una alianza con la empresa social Specialisterne, un recordatorio de que la accesibilidad, tomada en serio, se proyecta hacia dentro, hacia la propia plantilla de la institución, tanto como hacia fuera, hacia su público. Al mismo tiempo, la formación de los profesionales de museos resulta decisiva. Los estudios sobre accesibilidad museística identifican de manera reiterada el conocimiento y la confianza limitados del personal como barreras para la inclusión, al tiempo que muestran una fuerte disposición entre los profesionales a recibir más formación (Cerdan Chiscano & Jiménez-Zarco, 2021; Kyprianos & Koniari, 2026; Edelstein, 2022). Dicha formación no debería reducirse a aprender etiquetas diagnósticas; debería ayudar al personal a reconocer la sobrecarga sensorial, las diferencias comunicativas y las diversas formas de autorregulación, y a responder con flexibilidad en lugar de juicio. Un ejemplo sencillo sería el de un trabajador de atención al público que ve a un visitante taparse los oídos, caminar de un
lado a otro o alejarse de un grupo. En lugar de interpretar ese comportamiento como disruptivo, el trabajador puede ofrecer una ruta más tranquila, información por escrito, un lugar donde sentarse o más tiempo. En esa pequeña interacción, la accesibilidad se convierte en una práctica profesional de elección, dignidad y respeto.


A nivel experiencial, por último, la accesibilidad se entiende mejor desde dentro. Mi propiaexperiencia como beneficiaria del programa Apropa Cultura, a la que accedí a través de una fundación colaboradora, me ha permitido asistir a conciertos en el Palau de la Música Catalana y a representaciones en el Teatre Grec por un precio simbólico de tres euros. Esta experiencia me ha enseñado que el valor de estas iniciativas va mucho más allá del acceso económico. Lo que más importa es el vínculo social que se genera entre los participantes: compartir una
experiencia cultural en condiciones de igualdad con otras personas que conviven con diagnósticos y con recursos económicos limitados fomenta el reconocimiento mutuo, un sentido de pertenencia y relaciones empáticas dentro del propio grupo, animando a los participantes a sentirse escuchados y acompañados por iguales que comparten experiencias comparables. La mediación inclusiva puede profundizar este sentido de pertenencia al permitir
más de una forma de participar. En una visita comentada, por ejemplo, un educador puede combinar preguntas orales con estímulos visuales u opciones escritas, permitir la observación silenciosa antes de responder, permitir el movimiento en lugar de exigir la quietud, y hacer que la participación sea voluntaria en lugar de depender del contacto visual o de una interacción verbal rápida. Esta flexibilidad es coherente con los enfoques multimodales y antivalidistas del aprendizaje museístico, que buscan ampliar, en lugar de estandarizar, las formas en que los visitantes construyen significado (Eardley et al., 2016; Kon & Zankowicz, 2022). Tomados en conjunto, estos tres registros —una acreditación, una plantilla, una tarde compartida en una sala de conciertos— sugieren que la inclusión no es una política que se adopta, sino una cultura que se habita en cada nivel de la vida de una institución.


Esta misma convicción se extiende más allá de los muros del museo hacia la vida pública en un sentido más amplio. En el centro de mi discurso se encuentra una ética de la empatía. Al poner en primer plano la vulnerabilidad compartida y la complejidad emocional, defiendo una comprensión más humana de la diferencia, que reconozca la dignidad, la autenticidad y la honestidad emocional como valores sociales fundamentales. Mi propio papel como
protagonista del documental Peixos d’aigua dolça (en aigua salada) (dir. Marc Serena y Biel Mauri, 2018), emitido en prime time en la televisión pública catalana (TV3) y visto por 379.000 espectadores (14,9% de cuota de pantalla), ilustra cómo un relato personal puede alcanzar audiencias mucho más allá de los círculos especializados o activistas, llevando la experiencia vivida del autismo al discurso público mayoritario. Mi posición es inequívoca: ningún diagnóstico define el valor de una persona.


La conclusión que extraigo de estas experiencias es que el arte debe situarse como una de las pocas prácticas humanas que se resiste a la simplificación o a la instrumentalización. El arte invita a la reflexión, fomenta la empatía y crea espacios para una conexión genuina. Por esta razón, sostengo que un compromiso sostenido con el arte y las humanidades resulta indispensable para la construcción de una sociedad más inclusiva y compasiva. Mi presencia en foros académicos y culturales constituye, a mi juicio, una evidencia tangible de que el cambio estructural es posible. Al abrazar la neurodiversidad, priorizar la salud mental y repensar la accesibilidad —en particular dentro de las instituciones culturales—, la sociedad puede avanzar hacia futuros más equitativos e inclusivos.
Estas experiencias apuntan a una conclusión más amplia: la diversidad cognitiva no puede seguir siendo una cuestión periférica abordada mediante iniciativas aisladas. Debe integrarse en la formación profesional de comisarios, educadores, mediadores, equipos de atención al público y responsables de gestión, que necesitan las herramientas para reconocer y acomodar estilos perceptivos y cognitivos diversos como algo habitual y no como una excepción. Esta formación resulta más sólida cuando las personas neurodivergentes participan como expertas y codiseñadoras, y no únicamente como receptoras de servicios (Kon & Zankowicz, 2022;Watchorn et al., 2026). Repensar la experiencia del visitante en esta dirección no reduce la oferta del museo, sino que la amplía, abriendo el patrimonio cultural a formas de relación previamente excluidas por normas institucionales rígidas. El éxito, por tanto, debería evaluarse no solo a través de las cifras de asistencia, sino también a través de la autonomía, la comodidad, la participación y el sentido de pertenencia de los visitantes. Cuando estos criterios comienzan a dar forma al diseño expositivo, la mediación, la contratación, el desarrollo del personal, el presupuesto y la evaluación institucional, la neurodiversidad se convierte en algo más que una medida de accesibilidad: se convierte en un motor de transformación institucional, que invita a los museos a replantearse qué significan realmente la inclusión, la participación y la pertenencia cultural.


El arte demuestra que la inclusión no solo es posible, sino necesaria. En definitiva, el arte es para todo el mundo.
Mariona López Corominas
Activista TEA e historiadora del arte
Colaboradora del MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya)


Referencias
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