Autocontrol el arte de cultivarlo: la visión Humanista de T. Berry Brazelton

Por Joan R. Miret editor www.elperiodicodelapsicologia.info

En un mundo que a menudo busca atajos y soluciones rápidas, la figura del pediatra T. Berry Brazelton emerge como un faro de sabiduría humanista. Su enfoque, revolucionario para su época y profundamente vigente hoy, nos invita a reconsiderar nuestras prioridades en la crianza: no se trata de controlar al niño, sino de enseñarle, desde el respeto y la conexión, el arte del autocontrol.

Brazelton, a quien un artículo de El País ya definía en 1988 como un «pediatra humanista», construyó su carrera sobre una premisa fundamental: el bebé es un ser social y competente desde el momento mismo de su nacimiento. Esta visión chocaba con las corrientes psicológicas de mediados del siglo XX que consideraban al recién nacido como un ser pasivo. Brazelton, en cambio, nos mostró que el niño llega al mundo con una asombrosa capacidad para relacionarse, para ver, oír y reconocer la voz de sus padres, y es en esa relación primigenia donde se forja la base de su futura autorregulación.

Más allá del control: El desarrollo como un baile de avances y retrocesos. La propuesta de Brazelton no es la de un adiestrador, sino la de un guía que comprende que el desarrollo infantil no es una línea recta, sino un proceso fascinante y a veces caótico. Su concepto de los «Touchpoints» o puntos de contacto es clave para entenderlo. Estos son momentos predecibles, en los primeros años de vida, en los que el niño experimenta un «estirón» en su desarrollo (cognitivo, motor o emocional). Sin embargo, antes de alcanzar una nueva habilidad, suelen producirse periodos de «desorganización fisiológica».

¿Qué significa esto en la práctica? Que el niño que ya dormía toda la noche, de repente, a los 8 meses, se despierta llorando. O que el pequeño que comía todo, a los 2 años, se vuelve extremadamente selectivo con la comida. Para un ojo inexperto, estas son conductas que deben ser «controladas» o corregidas. Brazelton, con su mirada humanista, nos enseña a verlas como señales de que un nuevo aprendizaje está a punto de germinar. Al igual que la oruga se deshace para convertirse en mariposa, el niño parece retroceder para, inmediatamente después, dar un gran salto hacia adelante. Intentar controlar ese proceso desde fuera sería como querer detener una metamorfosis; el verdadero apoyo consiste en contener, comprender y esperar.

El autocontrol nace de la comprensión, no de la imposición. Esta filosofía se aplica directamente a cómo abordamos las emociones y los comportamientos difíciles. En su obra «Mastering anger and aggression the Brazelton way», escrita junto a Joshua D. Sparrow, el pediatra no ofrece un recetario para suprimir la ira o la agresividad. Al contrario, parte de la base de que estas son partes naturales y humanas del desarrollo. Desde la autoafirmación del bebé hasta las rabietas del niño de dos años, cada etapa presenta sus propios desafíos para el autocontrol.

Para Brazelton, la clave no está en castigar o controlar al niño para que se comporte, sino en ayudarle a entender y dominar sus propios sentimientos de enfado. Esto implica:

Nombrar y validar la emoción: Ayudar al niño a identificar lo que siente («Estás enfadado porque no te dejo el juguete») es el primer paso para que pueda gestionarlo.

Entender el temperamento: Cada niño es único. Lo que funciona para uno, puede no servir para otro. Brazelton nos anima a observar y respetar las diferencias individuales, entendiendo que la «dificultad» de un niño puede ser simplemente su manera de ser.

Ver el comportamiento como comunicación: Una rabieta, un mordisco o una pelea no son solo «mala conducta», sino señales de que el niño está sobrepasado y necesita ayuda para encontrar una salida más sana a su frustración.

La disciplina, desde esta perspectiva, no es un acto de control parental, sino una oportunidad de aprendizaje. Se trata de establecer límites con empatía, ofreciendo al niño un andamiaje para que, poco a poco, construya su propio juicio y su capacidad de autorregulación.

La fuerza de la relación: El verdadero motor del cambio. El legado de Brazelton nos recuerda que la base de todo aprendizaje emocional y social es la relación. Su enfoque, hoy difundido por el Brazelton Touchpoints Center, se centra en formar alianzas sólidas con las familias, entendiendo que los padres y cuidadores son los expertos en sus hijos. Para ayudar a un niño a desarrollar el autocontrol, primero debemos conectar con él y con su familia. No hay control que valga sin un vínculo de confianza y respeto.

En definitiva, la invitación de Brazelton es a soltar la idea de controlar a los niños para, en su lugar, acompañarlos en su viaje de autodescubrimiento. Un viaje donde el autocontrol no es una obediencia ciega, sino una conquista personal que nace de la comprensión, el apoyo y, sobre todo, del amor incondicional de quienes les rodean.

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