Ciberpsicología: el alma humana en tiempos de pantallas

Por redacción Barcelona www.elperiodicodelapsicologia.info

Hay una escena que se repite cada noche en millones de hogares y que nadie ha sabido todavía nombrar del todo. Una persona está sentada frente a una pantalla. La luz azul le ilumina el rostro. Escribe, borra, vuelve a escribir. Al otro lado, alguien espera. No sabemos si ese alguien existe, si es quien dice ser, si está cerca o a diez mil kilómetros. Y sin embargo, algo en esa persona que escribe se conmueve, se angustia, se ilusiona, se rompe o se recompone. La ciberpsicología nació, quizá sin saberlo, para ocuparse de esa escena. No de la tecnología, sino de lo que le ocurre al alma humana cuando habita un cuerpo que ya no basta: cuando habita, también, una pantalla.

Un territorio que no aparece en los manualesLa psicología tradicional aprendió a estudiar al ser humano en la consulta, en la calle, en la familia, en el trabajo. Construyó teorías sobre la mirada, sobre el silencio, sobre el gesto, sobre la voz que tiembla. Pero cuando la vida empezó a transcurrir también en espacios que no tienen olor ni temperatura, que no se pueden recorrer a pie, que se pueden abandonar con un clic, los viejos mapas dejaron de servir del todo. La ciberpsicología surge de esa carencia. No es una moda, no es un apéndice técnico de la psicología clínica. Es el reconocimiento humilde de que el ser humano ha empezado a ser humano también en otro sitio.

Y en ese otro sitio le pasan cosas. Le pasan cosas que no se pueden medir con escalas, ni cuantificar con cuestionarios, ni demostrar en un laboratorio. Le pasa que se enamora de una voz que nunca ha tocado. Le pasa que se siente más él mismo bajo un nombre inventado que bajo el suyo. Le pasa que llora por alguien que ha muerto y cuya ausencia solo existe en un perfil que ya nunca se actualizará. Le pasa que se enfada con un desconocido y descubre, con vergüenza, que es capaz de una crueldad que no sabía que llevaba dentro. Nada de esto se puede comprobar. Todo esto es, sin embargo, profundamente real.

Lo que no se puede verificar y sin embargo nos constituye. Hay una tentación muy propia de nuestro tiempo: creer que solo existe lo que se puede demostrar. La ciberpsicología, si quiere ser fiel al ser humano, debe resistirse a esa tentación. Porque gran parte de lo que nos constituye no se puede verificar. El amor no se verifica. La culpa no se verifica. La sensación de estar solo en una habitación llena de gente no se verifica. La vergüenza de haber dicho algo en un chat y haber recibido silencio no se verifica. Y sin embargo, todo eso nos transforma, nos duele, nos enseña, nos cambia la manera de mirar a los demás y de mirarnos a nosotros mismos.

El humanismo, en psicología, nunca ha consistido en renunciar a la ciencia, sino en recordar que la ciencia es una herramienta y no una religión. La ciberpsicología humanista no pretende demostrar que internet nos hace más felices o más tristes. Pretende algo más modesto y más profundo: escuchar a la persona que está al otro lado de la pantalla, creerle, acompañarla, ayudarla a entenderse en un mundo que le ofrece mil espejos y ninguno del todo cierto. No se trata de medir, se trata de comprender. No se trata de probar, se trata de estar.

La soledad acompañada. Hay una forma de soledad que solo existe en la era digital y que la ciberpsicología debería nombrar con cuidado: la soledad acompañada. Es la que se siente cuando hay trescientos amigos en una lista y ninguno al que llamar a las tres de la mañana. Es la que se siente cuando alguien publica una foto sonriendo y, justo después, apaga el móvil y se queda mirando el techo. Es la que se siente cuando se habla mucho y se dice poco, cuando se comparte todo y se entrega nada, cuando se está siempre disponible y nunca del todo presente.

Esta soledad no se puede comprobar. No aparece en los análisis de sangre, no se ve en una resonancia, no se mide con un test. Pero existe, y quien la ha sentido lo sabe. La ciberpsicología humanista no viene a decirnos que internet es malo ni que es bueno. Viene a recordarnos que detrás de cada perfil hay una persona que, como todas, necesita ser vista, ser escuchada, ser tomada en serio. Y que a veces, paradójicamente, esa persona solo encuentra ese reconocimiento en un espacio que no tiene cuerpo.

El terapeuta frente a lo intangible ¿Qué hace un psicólogo cuando su paciente le habla de alguien que conoció en un videojuego y a quien nunca verá? ¿Qué hace cuando le cuenta que se siente más él mismo en un foro anónimo que en su propia casa? ¿Qué hace cuando le dice que ha llorado por la muerte de un desconocido al que solo leía? La respuesta humanista es sencilla y difícil a la vez: le cree. No le pide pruebas. No le dice que eso no es real. No le reduce su dolor a una categoría diagnóstica. Le escucha. Y al escucharle, le devuelve algo que el mundo digital a veces le quitó: la certeza de que lo que siente importa, aunque no se pueda demostrar.

Porque el ser humano no es solo un conjunto de conductas observables. Es también un conjunto de significados, de símbolos, de historias que se cuenta a sí mismo para poder vivir. Y muchas de esas historias hoy se escriben en pantallas. La ciberpsicología humanista no viene a corregirlas, viene a acompañarlas. No viene a juzgarlas, viene a comprenderlas. No viene a demostrar que son verdaderas o falsas, viene a ayudar a quien las vive a encontrar en ellas un sentido, un refugio, una forma de seguir adelante.

Una psicología que no pide pruebas. Quizá el mayor desafío de la ciberpsicología sea este: aceptar que su objeto de estudio, en gran medida, no se puede comprobar. Y hacerlo sin renunciar al rigor, sin caer en el misticismo, sin abandonar la responsabilidad ética. Se puede ser riguroso sin ser reduccionista. Se puede ser científico sin ser frío. Se puede ser humanista sin ser ingenuo. La ciberpsicología que necesitamos no es la que mide cuántos minutos pasamos conectados, sino la que se pregunta qué nos pasa mientras estamos conectados. No es la que estudia las plataformas, sino la que estudia a las personas que las habitan. No es la que busca certezas, sino la que sostiene preguntas.

Y esas preguntas, muchas veces, no tienen respuesta. ¿Por qué nos duele más un mensaje sin responder que una palabra dicha al oído? ¿Por qué nos atrevemos a decir en un chat lo que nunca diríamos cara a cara? ¿Por qué sentimos que un desconocido nos entiende mejor que quienes nos conocen desde niños? No lo sabemos. No se puede demostrar. Pero seguir preguntándolo, seguir escuchando a quien lo vive, seguir acompañando sin exigir pruebas, eso es hacer ciberpsicología con alma. Y eso, aunque no se pueda verificar, es profundamente humano.


Este artículo no pretende demostrar nada. Sólo pretende recordar que, entre tantas pantallas, sigue habiendo alguien. Y que ese alguien, aunque no se pueda comprobar, merece toda nuestra atención.

EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado ISSN 2696-0850

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