Cuando dudar de ti mismo no significa que seas un fraude: comprendiendo el síndrome del impostor

Por El Periódico de la Psicología. Barcelona 26.08.2025
❝No soy tan bueno como creen. Solo tuve suerte. En algún momento se darán cuenta de que no valgo tanto.❞

Estas frases no son meras expresiones de humildad. Son el eco silencioso del llamado síndrome del impostor, una experiencia psicológica común pero poco visibilizada que afecta a miles de personas brillantes que, paradójicamente, no se sienten merecedoras de su éxito.

¿Qué es el síndrome del impostor?
El síndrome del impostor no es una enfermedad ni un trastorno mental en sí mismo. Es más bien un fenómeno psicológico que se manifiesta como la sensación persistente de que no mereces tus logros, de que estás engañando a los demás, y de que tarde o temprano serás «descubierto».

Fue descrito por primera vez en 1978 por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, al observar que muchas mujeres profesionales de alto rendimiento atribuían sus logros a factores externos como la suerte, el esfuerzo o la ayuda de otros, en lugar de reconocer su verdadera capacidad.

¿A quién afecta?
Aunque se pensó inicialmente que afectaba más a las mujeres, hoy se sabe que el síndrome del impostor puede impactar a cualquier persona, independientemente de su género, nivel educativo o éxito profesional. Se ha identificado en:
Estudiantes sobresalientes que creen no merecer estar donde están.
Profesionales en puestos de liderazgo que temen no estar a la altura.
Artistas, científicos, terapeutas, docentes… personas que brillan hacia afuera pero dudan por dentro.

También es común en personas que pertenecen a minorías o grupos históricamente subrepresentados, lo que puede intensificar la presión de demostrar constantemente su valía.

¿Cómo se manifiesta?
Los síntomas o manifestaciones más comunes incluyen:
Dificultad para aceptar elogios o reconocimientos.
Necesidad constante de perfección.
Miedo intenso a cometer errores.
Atribuir los éxitos a la suerte o al trabajo excesivo.
Pensamientos recurrentes como: “Estoy engañando a todos”, “No soy tan competente como piensan”.

Estas creencias generan ansiedad, culpa, baja autoestima y a menudo conducen a la autoexigencia crónica, el desgaste emocional o el bloqueo creativo.

Ejemplos cotidianos:
Una terapeuta con años de experiencia que duda de su eficacia después de una sesión difícil.
Un autor que ha publicado con éxito, pero siente que su próxima obra revelará que no tiene talento.
Un joven recién contratado en una empresa prestigiosa que cree que lo eligieron por error.

¿Por qué aparece?
El síndrome del impostor no aparece de la nada. Sus raíces pueden estar en:
Estilos de crianza basados en la crítica, el rendimiento o la sobreprotección.
Experiencias escolares o laborales que reforzaron la idea de que hay que demostrar constantemente valor.
Cultura del perfeccionismo: que celebra logros externos pero no el bienestar emocional.
Comparación constante: intensificada hoy por redes sociales y entornos competitivos.

¿Se puede superar?
Sí. Aunque no desaparece de la noche a la mañana, es posible transformar la relación con uno mismo y construir una identidad más amable y segura. Aquí algunas vías terapéuticas y prácticas:
Reconocerlo y nombrarlo.
Solo al ponerle nombre podemos empezar a desarmarlo. No estás solo/a: muchas personas lo experimentan.

Hablarlo
Compartirlo en terapia o con personas de confianza puede generar alivio. La vergüenza crece en silencio.

Desafiar las creencias
¿De verdad fue suerte? ¿O también hubo esfuerzo, aprendizaje, talento? La terapia cognitivo-conductual es muy eficaz en este proceso.

Escribir tus logros
Llevar un “diario de merecimientos” o una “carta a tu yo que duda” ayuda a construir una narrativa más realista de quién eres.
Practicar la autocompasión

No se trata de inflar el ego, sino de aprender a ser amable contigo mismo cuando fallas o dudas.
La compasión cura más que la exigencia.

Ejercicio terapéutico: Escribe al impostor que vive en ti
Te invitamos a realizar este ejercicio:
Escribe una carta desde tu yo actual al “impostor” que aparece en ti cuando logras algo importante.
Cuéntale quién eres realmente, qué has aprendido, por qué mereces estar donde estás.
No busques convencerlo con soberbia, sino con sinceridad. Sé compasivo. Sé real.

“Querido impostor: durante años te creí. Pensé que solo sobrevivía gracias a la suerte. Pero hoy sé que he caminado con miedo, sí, pero también con coraje. Y eso no lo logran los impostores.”

Sentirte impostor no te hace impostor. Te hace humano. Te hace alguien que, a pesar de la inseguridad, sigue adelante. En un mundo que muchas veces premia la apariencia y castiga la duda, atreverte a aceptar tu luz, tu esfuerzo y tu verdad interna es un acto radical de salud emocional.
No estás solo. Y no eres un fraude. Eres alguien en proceso de reconocerse y sanar. Y eso es profundamente auténtico.

¿Has sentido alguna vez el síndrome del impostor? ¿Cómo lo has manejado? Comparte tu experiencia o tus reflexiones con nuestra comunidad de El Periódico de la Psicología. Tu voz puede ayudar a otros a sentirse menos solos.

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