Cuando el abrazo no llega: qué sucede dentro de un bebé separado de su madre durante demasiado tiempo

Redacción del Periódico de la Psicología

Hay una imagen que debería mirarnos fijamente desde todas las consultas de pediatría y psicología infantil: la de un bebé de apenas unos meses, con la mirada perdida, quieto en su cuna, que ya no llora cuando alguien entra por la puerta. Esa calma no es paz. Es un síntoma.

Llevamos décadas sabiendo que los seres humanos no nacemos con un botón de “autonomía” instalado de fábrica. Venimos al mundo profundamente inmaduros, dependientes, y esa dependencia no es un fallo de diseño: es nuestra primera y más poderosa estrategia de supervivencia. El otro —y durante los primeros tiempos, casi siempre la madre o la figura de cuidado principal— es nuestro termostato emocional, nuestro regulador del miedo, nuestra piel externa.

¿Qué ocurre entonces cuando ese otro desaparece durante semanas, meses, incluso años? No estamos hablando de una tarde en casa de los abuelos, ni de una semana por motivos de salud. Hablamos de separaciones prolongadas por hospitalizaciones, migraciones forzadas, encarcelamientos de la madre, abandonos, o ciertas decisiones institucionales que aún hoy, en pleno siglo XXI, separan a bebés de sus madres por periodos que la ciencia del apego considera críticos.

Primero, el bebé protesta. Luego, desespera. Al final, se desconecta.

En los años cuarenta, el psicoanalista y etólogo John Bowlby observó a niños separados de sus familias durante la Segunda Guerra Mundial. Describió tres fases que hoy siguen siendo un espejo doloroso: la protesta (el bebé llora sin cesar, busca activamente, rechaza a otros cuidadores), la desesperación (el llanto se vuelve intermitente, gemido, el bebé se muestra apático, pierde peso, su mirada se vacía) y el desapego (aparenta haberse “adaptado”, no llora al ver a la madre si regresa, pero algo dentro se ha roto).

Y ojo: esa “adaptación” es el mayor riesgo. Muchos adultos malinterpretan el silencio del bebé como una buena señal. “Mira, ya no llora, se ha acostumbrado”. No. Se ha rendido. Sus niveles de cortisol —la hormona del estrés— se han mantenido tan altos durante tanto tiempo que el sistema ha empezado a funcionar mal. Es como si el cerebro dijera: “No sirve de nada pedir ayuda. Nadie viene.”

Lo que la ciencia ve hoy dentro del cerebro.

Gracias a la neuroimagen, hoy podemos ver lo que antes solo sospechábamos. La separación prolongada afecta de forma directa a la arquitectura cerebral del bebé. La amígdala, centro de alerta ante el peligro, se activa de forma crónica. El cuerpo calloso y las conexiones entre el hemisferio emocional y el racional se desarrollan peor. Y la corteza prefrontal, la que años después nos permitirá planificar, controlar impulsos y empatizar, recibe menos irrigación y menos estímulos de calidad.

No es destino, pero es un camino de hierba que crece torcido. Muchos de estos niños desarrollarán más tarde problemas de regulación emocional: rabietas desproporcionadas, dificultad para calmarse, comportamientos pegajosos o, por el contrario, una frialdad que asusta. En la escuela, algunos parecen estar en las nubes; otros reaccionan con agresividad ante el menor cambio. En la adolescencia, el riesgo de ansiedad, depresión o trastornos de la conducta alimentaria es significativamente mayor.

Pero hay algo peor que el miedo: la pérdida de confianza básica.

El psicólogo infantil Donald Winnicott decía que no existe un bebé solo. Siempre hay alguien con él. Cuando ese alguien desaparece demasiado tiempo, lo que se quiebra no es solo un vínculo: es la certeza de que el mundo responde. El bebé aprende, sin palabras, que sus necesidades afectivas no importan. Y esa es una herida que no sangra pero que duele toda la vida.

Una madre que regresa después de seis meses de ausencia involuntaria puede encontrarse con un niño que se aparta, que no busca el contacto, que parece no reconocerla. No es que no la recuerde —los bebés sí almacenan olores y voces—, es que ha aprendido a no confiar en que el cuidado sea estable. El reencuentro exige entonces una segunda crianza, lenta, paciente, con mucho cuerpo y pocas prisas.

¿Y si la separación es necesaria? ¿Hay esperanza?

Claro que la hay. El cerebro de un bebé, aunque vulnerable, también es plástico. Si la separación no puede evitarse —pensemos en madres ingresadas, tratamientos médicos largos o situaciones extremas—, la clave no es solo la duración, sino lo que ocurre durante y después. Que haya un cuidador alternativo estable, cariñoso y predecible mitiga gran parte del daño. No es lo mismo un bebé internado en una cuna con turnos de 20 cuidadores distintos que un bebé acogido por una tía o una enfermera de referencia que le canta siempre la misma canción.

La ciencia del apego nos ha regalado una certeza hermosa y dolorosa a la vez: los bebés no olvidan el abandono, pero pueden aprender de nuevo que el abrazo es seguro. Eso sí, cuesta más tiempo y más lágrimas. Y la madre, si regresa, también necesitará ayuda para procesar su propia culpa y su dolor.

Lo que las políticas deberían entender.

No escribo esto para alarmar a una madre que tiene que volver al trabajo a los tres meses (ese es otro debate, igual de importante pero distinto). Escribo esto para que, como sociedad, empecemos a tomar en serio algo que la psicología lleva medio siglo gritando: separar a un bebé de su madre durante largos periodos —sin necesidad, sin relevo estable, sin un plan de reencuentro— es una forma de negligencia emocional con efectos medibles.

Por eso duele leer todavía noticias de bebés que pasan meses en hospitales sin que su madre pueda dormir a su lado, o niños que ingresan en residencias cuando lo que necesitan es un adulto que se quede. El desarrollo no espera. Los primeros mil días son una ventana que no se cierra del todo, pero que sí deja cicatrices profundas si dejamos que el viento entre sin ningún abrigo.

Quizá por eso, cuando pienso en un bebé separado demasiado tiempo, no lo imagino llorando. Lo imagino demasiado callado. Y eso, en un bebé, debería ser siempre la mayor de las alarmas.


Fuentes implícitas en el artículo (para quien quiera ampliar): John Bowlby, Mary Ainsworth, Donald Winnicott, estudios de la UNICEF sobre cuidado sensible al niño, investigaciones de la Universidad de Harvard sobre estrés tóxico en la primera infancia.

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