Cuando el cuerpo habla antes que la mente: una invitación a repensar la salud mental

Tenía cinco años cuando mi cuerpo empezó a hablar un idioma que nadie a mi alrededor sabía interpretar.

Por Janine Libreros

Insomnio, pesadillas recurrentes, un diagnóstico de asma que me llevó a terapias respiratorias diarias, sobrepeso, parásitos intestinales y dolores de estómago persistentes. Pasé por pediatras y neurólogos; los exámenes indicaban que «todo funcionaba bien». Y, sin embargo, algo dentro de mí seguía gritando en silencio.

Años después comprendería que aquel cuerpo infantil estaba respondiendo, a su manera, a una situación de abuso que vivía en mi entorno cercano. Nadie me preguntó por lo que mi cuerpo intentaba expresar. Todos buscaban la enfermedad; nadie buscó el mensaje.

Escribo estas líneas no como una anécdota, sino como el relato de una experiencia personal que hoy me lleva a plantear una pregunta dirigida a la psiquiatría y a todos los profesionales de la salud mental:

¿Qué ocurriría si, además del diálogo con el otro y del diálogo interno, incorporáramos de manera sistemática el diálogo con el cuerpo como una vía terapéutica legítima?

El primer indicio: los quince años. A los quince años, un tratamiento para bajar de peso me llevó, sin pretenderlo, al primer descubrimiento de que mi cuerpo podía transformarse cuando aprendía a escucharlo.

El método era sencillo: trote suave y constante sincronizado con la respiración, seguido de duchas de agua fría.

Durante toda mi infancia me habían dicho que debía evitar el ejercicio debido al asma. Aquel médico hizo justamente lo contrario. En ese trote descubrí algo que ningún inhalador me había proporcionado: presencia.

Comencé a percibir cómo respondía mi cuerpo, a habitar conscientemente mi respiración y a construir una conversación auténtica entre mi mente, mi cuerpo y el aire que entraba y salía de mis pulmones.

Pasar de caminar a correr entre tres y cinco kilómetros fue relativamente sencillo. Lo verdaderamente difícil fue comprender que no estaba simplemente haciendo ejercicio: estaba desmontando una limitación que había cargado silenciosamente durante toda mi infancia.

Aquella experiencia fortaleció mi autoestima y mi autonomía de una manera que ninguna consulta médica anterior había conseguido. Por primera vez, el tratamiento no consistía en silenciar al cuerpo, sino en escucharlo.

Patrones heredados, no solo síntomas. Con el paso de los años, mi formación en bioneuroemoción y constelaciones familiares me permitió revisar mi historia desde una perspectiva diferente.

La obesidad, las dificultades respiratorias e incluso el elevado nivel de autoexigencia con el que conviví durante años dejaron de parecer hechos aislados. Empecé a comprenderlos como posibles manifestaciones de patrones familiares repetidos a lo largo de generaciones, entre ellos dinámicas relacionadas con el abuso y las adicciones.

No escribo esto para señalar ni responsabilizar a nadie. Mi intención es mostrar cómo, en ocasiones, un síntoma corporal puede convertirse en la expresión de una historia familiar que aún no ha encontrado palabras.

Y ahí reside, para mí, el núcleo de esta reflexión.

Cuando la salud mental se aborda exclusivamente desde el pensamiento y el lenguaje, existe el riesgo de aliviar el síntoma sin escuchar aquello que intenta comunicar.

Diversos investigadores han contribuido a ampliar esta mirada.

El psiquiatra Bessel van der Kolk ha documentado cómo las experiencias traumáticas quedan registradas en el cuerpo mucho antes de que puedan transformarse en un relato consciente.

Por su parte, el neurocientífico Stephen Porges, mediante la teoría polivagal, mostró que nuestro sistema nervioso autónomo interpreta continuamente señales de seguridad o amenaza, muchas veces al margen del pensamiento consciente.

En una línea similar, Peter Levine, creador de la Experiencia Somática, sostiene que el trauma no siempre se resuelve únicamente hablando sobre él, sino permitiendo que el organismo complete las respuestas fisiológicas que quedaron interrumpidas.

Un caso que ilustra la conexión. En mi práctica profesional he acompañado a personas cuyo cuerpo parecía narrar con extraordinaria precisión aquello que su mente todavía no podía expresar.

Recuerdo especialmente a una mujer que atravesaba una profunda crisis matrimonial. Llegó a consulta con intensas migrañas recurrentes.

A medida que avanzábamos en el proceso, observamos que los episodios aparecían precisamente durante los momentos de mayor rumiación mental, cuando intentaba encontrar una solución que parecía no existir.

Era como si el cuerpo estuviera sosteniendo, literalmente, el peso de un conflicto que la mente no conseguía resolver.

Trabajar únicamente sobre el discurso —lo que pensaba o se repetía a sí misma— habría dejado fuera una parte esencial de la información.

En aquel caso, el cuerpo constituía la otra mitad del diagnóstico.

Una invitación a la práctica clínica. Desde el Método MÍA (Método Integrativo de Autoconocimiento), desarrollado a lo largo de más de veinte años de trabajo en educación y acompañamiento de personas, integro aportaciones de la neurociencia junto con herramientas provenientes de la bioneuroemoción, las constelaciones familiares, la psicopedagogía y diferentes enfoques orientados al desarrollo de la conciencia.

El objetivo es identificar y transformar patrones heredados, aprendidos y repetidos.

No concibo este método como una alternativa que compita con la psiquiatría o la psicología clínica, sino como una propuesta complementaria que busca ampliar la mirada sobre el sufrimiento humano.

Dentro de este marco trabajo también con la regresión restaurativa, un proceso orientado a regresar al momento en el que se originó un patrón emocional, familiar o corporal para comprenderlo y favorecer su transformación, en lugar de centrarse exclusivamente en la gestión de sus manifestaciones actuales.

Tres preguntas para incorporar al espacio terapéutico

Junto al diálogo verbal habitual, propongo incorporar tres preguntas sencillas que pueden abrir nuevas vías de comprensión:

¿Qué parte de mi cuerpo se activa cuando aparece este pensamiento o esta emoción?

¿Este síntoma se ha repetido en otros miembros de mi familia? ¿En qué circunstancias?

¿Qué necesita escuchar mi cuerpo de mí, en lugar de qué necesito decirle yo a él?

Estas preguntas no sustituyen, en ningún caso, la atención médica o psiquiátrica cuando resulta necesaria.

Sin embargo, pueden abrir un espacio que con frecuencia permanece cerrado: considerar el cuerpo no únicamente como el lugar donde aparece el síntoma, sino también como una valiosa fuente de información clínica y humana.

Mi propia historia —desde el asma infantil hasta aquel trote iniciado a los quince años; desde la comprensión de mis propios síntomas hasta el reconocimiento de los patrones familiares que los atravesaban— me enseñó que, cuando el cuerpo finalmente encuentra un espacio para ser escuchado, deja de gritar.

Simplemente empieza a hablar.

Janine Libreros es terapeuta transpersonal y creadora del Método MÍA (Método Integrativo de Autoconocimiento), desarrollado durante más de veinte años de experiencia en educación y acompañamiento de personas.

Su enfoque integra conocimientos de la neurociencia con herramientas de la bioneuroemoción, las constelaciones familiares, la psicopedagogía y el desarrollo de la conciencia para favorecer la identificación y transformación de patrones heredados, aprendidos y repetidos.

Es fundadora de Universidad del Ser.

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