Cuando el Trastorno del Espectro #autista (TEA) llega a una familia puede tambalear sus cimientos. El grado con el que se diagnostique a un niño condicionara su vida, pero también la de sus convivientes, en función de la ayuda y atención que necesite.
En esta situación, se habla de los padres y de lo que supone para ellos tener un hijo con TEA: desde la carga económica a los malabares organizativos en el caso de los niños más dependientes. Sin embargo, hay una figura que parece quedar olvidada, los demás vástagos.
José Beceiro (Madrid, 19 años) sabe lo que es crecer con el autismo en casa. Su hermano Jaime, de 21 años es TEA, pero, por suerte, tiene diagnosticado un grado «bastante leve», cuenta. Es decir, puede hacer una vida perfectamente autónoma y normal, pero sí que se le nota en algunos detalles.
José también ha crecido viendo que a Jaime le dedicaban más tiempo sus padres, pero en su caso no por el autismo, sino por motivos físicos, como problemas de espalda o riñón.
A pesar de eso, dice no haberse sentido desplazado: «Sabía que a mis padres les importábamos ambos y que nos querían a los dos», dice seguro. Aun así, no le extraña que haya niños que sí puedan sentirse así.
Inés Sánchez-Manjavacas Castaño
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