Por la redacción Barcelona de El Periódico de la Psicología
El 17 de septiembre de 2026, la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford publicó en Nature Neuroscience un estudio cuya conclusión roza la filosofía: eso que llamamos «cerebro» nunca fue un solo órgano. Son dos. Dos sistemas nerviosos antiguos que la evolución empaquetó con esmero dentro de un mismo cráneo a lo largo de cientos de millones de años.
El equipo de investigación rastreó el linaje celular en las etapas más tempranas del desarrollo embrionario del ratón —la gastrulación— y encontró algo que había pasado desapercibido durante casi dos siglos: las células que forman el prosencéfalo y el mesencéfalo, y las que forman el rombencéfalo (el tronco encefálico), pertenecen desde el primer instante de la vida a dos linajes celulares que nunca se mezclan. Los progenitores anteriores, que expresan el gen Otx2, y los posteriores, que expresan Gbx2, presentan diferencias fundamentales en la configuración de su cromatina. Esto significa que el destino de cada célula queda sellado antes de que el embrión tenga siquiera una estructura a la que podamos llamar «cerebro», como dos trenes en vías paralelas que avanzan en la misma dirección pero jamás se cruzan.
La consecuencia más directa de este hallazgo es que resuelve un nudo que llevaba décadas estrangulando a la biología de células madre. Hasta ahora, los científicos no lograban generar neuronas motoras del tronco encefálico en el laboratorio —esas que mueren una a una en la atrofia muscular espinal y en la esclerosis lateral amiotrófica. La razón, hoy, es clara: los investigadores intentaban «convertir» progenitores anteriores en células posteriores, algo biológicamente imposible, porque en el punto de origen ya transitan caminos distintos. Basándose en esta nueva comprensión, el equipo de Stanford consiguió por primera vez cultivar neuronas motoras del rombencéfalo a partir de células madre pluripotentes humanas. Estas células generan potenciales de acción y expresan los marcadores propios de las neuronas del tronco encefálico.
Pero lo que quiero contarles va más allá de esto. Porque este descubrimiento toca algo que excede las fronteras de la medicina regenerativa.
Toca la pregunta más antigua de la psicología: ¿qué es una persona? Cuando Descartes, en el siglo XVII, separó con un tajo limpio la res cogitans de la res extensa, dejó una herida que todavía no ha cicatrizado: la escisión entre cuerpo y mente, entre naturaleza y espíritu, entre lo biológico y lo humano. La neurociencia posterior completó, en cierto modo, la obra inconclusa de Descartes: redujo todos los fenómenos psicológicos a la actividad electroquímica de un único órgano, y situó las emociones, la memoria, la voluntad y la estética dentro de un cerebro al que se presuponía «unificado». Esa imagen del cerebro unitario era, en sí misma, la proyección anatómica del anhelo moderno por un sujeto unificado.
El hallazgo de Stanford apunta a otro paisaje. Nuestro tronco encefálico —el que gobierna la respiración, el latido, la deglución, el sueño— y nuestro prosencéfalo —el que sostiene el lenguaje, las matemáticas, la poesía, la reflexión sobre uno mismo— tienen, desde el punto de vista de la embriogénesis, dos puntos de partida paralelos. El primero regula procesos automáticos que nunca «elegimos» pero que debemos ejecutar siempre. El segundo alberga eso que solemos llamar «subjetividad»: decidir, imaginar, preguntarnos por nuestro propio origen. Ambos colaboran con tal sincronía que no percibimos la frontera. Pero en su origen, son dos.
Esto significa que ese «yo» del cogito ergo sum se levanta sobre un sistema de cooperación, no sobre una cumbre solitaria. El tronco encefálico sostiene en silencio la base corporal que hace posible el pensamiento; el prosencéfalo teje, sobre esa base, la narración de un yo unificado. Esa narración funciona tan bien, nos resulta tan natural, que olvidamos que podría tratarse de una integración funcional y no de una unidad ontológica.
Para la psicología, esta investigación quizá nos invite a revisar con nuevos ojos esa tensión clínica entre la sensación de «yo» y la sensación de «estar vivo». En la depresión, esa vivencia de «el pensamiento continúa, pero todo ha dejado de tener sentido», ¿guarda alguna relación aún sin nombrar con un desfase entre el ritmo automático que el tronco encefálico sigue sosteniendo y una producción de significado que se ha vuelto lenta en el prosencéfalo? Esa mudez del trauma, ese «el cuerpo recuerda pero no puede decirlo», ¿merece una mirada más atenta a la posible desconexión en la integración de información entre ambos sistemas?
Hoy no tenemos respuestas. Pero al menos sabemos que la arquitectura de fondo no es esa masa única que creímos durante tanto tiempo. Dos sistemas antiguos fueron empaquetados juntos por la evolución. Aprendieron a colaborar a lo largo de eones, pero nunca se fundieron del todo. La sensación más profunda de unidad que experimentamos los humanos —la sensación de ser un «yo»— es, quizá, la ilusión más refinada que produce esa colaboración.
Y eso, precisamente, vuelve más interesante la figura de lo humano: no somos una isla que se funda a sí misma, sino una narración que emerge de un largo diálogo entre dos orígenes.
Este artículo se basa en la investigación publicada por la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford en Nature Neuroscience, bajo el título «Two parallel neural ectoderm progenitors contribute to the developing brain».
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