Por alguien que todavía se emociona con las manos arrugadas
Por Joan R. Miret editor www.elperiodicodelapsicologia.info
Hay una escena que se repite en miles de hogares y que casi nadie documenta: una mujer de ochenta y tantos años sirve café para dos. Su marido murió hace cuatro años. Ella pone igualmente dos tazas sobre la mesa, no por demencia, sino por costumbre. Luego se sienta, mira la taza vacía y sonríe. No hay tristeza en esa sonrisa. Hay algo más antiguo y más sabio: la certeza de que lo que fuimos no desaparece del todo mientras alguien lo recuerde.
Hoy, Día Internacional de las Personas Mayores, los medios hablarán de cifras, de pensiones, de dependencia, de soledad no deseada. Todo eso importa. Pero hay algo que se nos escapa cuando convertimos la vejez en un problema estadístico. Se nos escapa la persona. Se nos escapa la historia. Se nos escapa, sobre todo, la posibilidad de aprender de quienes ya no tienen nada que demostrar.
Lo que no sale en los informes. Los informes miden camas hospitalarias, residencias, ayudas técnicas. No miden lo que una abuela sabe sobre el arte de callar a tiempo. No miden la paciencia de un hombre que ha sobrevivido a tres crisis económicas y sabe que ninguna se parece a la anterior. No miden la capacidad de una mujer que crió a cinco hijos con lo puesto y que hoy, cuando le preguntas cómo lo hizo, te responde: «No lo sé. Se hacía.»
Esa frase, «se hacía», contiene más psicología aplicada que muchos manuales. Contiene aceptación, contiene acción, contiene esa sabiduría práctica que no se enseña en ninguna facultad porque no cabe en un temario.
La vejez no es una enfermedad del tiempo. Vivimos en una cultura que ha convertido la juventud en mercancía y la vejez en vergüenza. Los mayores no quieren ser un recordatorio de lo que nos espera. Y nosotros, los que aún no hemos llegado, preferimos no mirar. Esa ceguera voluntaria es la verdadera pandemia silenciosa.
Porque envejecer no es dejar de ser. Es ser de otra manera. Es tener el cuerpo más lento y la memoria más selectiva. Es haber aprendido que hay discusiones que no merecen la pena y silencios que valen oro. Es saber que la vida no es una línea recta hacia el éxito, sino un laberinto donde a veces el premio es simplemente haber llegado a la salida con las manos limpias.
El día que no debería existir. Un día internacional para las personas mayores es, en el fondo, una confesión de fracaso. Si de verdad respetáramos a nuestros mayores, no necesitaríamos una jornada que nos lo recuerde. Los tendríamos en casa, en la mesa, en las decisiones. Los escucharíamos no por obligación, sino por hambre de lo que saben.
Pero como el mundo va como va, celebremos este día. Celebremos a los que ya no corren pero caminan seguros. A los que ya no gritan pero hablan claro. A los que ya no sueñan despiertos pero recuerdan con los ojos abiertos.
Una última cosa. Si hoy tienes cerca a alguien mayor, no le des un abrazo de compromiso. Pregúntale por su primer amor. Por la canción que bailó en su boda. Por el miedo más grande que pasó. Y luego cállate. Escucha. Verás cómo en esa voz temblorosa hay más verdad que en todos los titulares que leerás hoy.
Porque la vejez no es el final de la vida. Es el capítulo donde por fin se entiende el argumento.
Y nadie que haya entendido el argumento debería ser tratado como un personaje secundario.
Este artículo no pretende ser objetivo. Pretende ser humano. Y a veces, ser humano es lo único que se puede comprobar
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