El plato que nos une

Hay una verdad que a veces olvidamos entre el ruido de las noticias y las prisas del día a día: comer no es solo un acto biológico. Es el primer gesto de cuidado que recibimos al nacer y, probablemente, el último que ofrecemos a quienes queremos. Hoy, Día Mundial de la Alimentación, no quiero hablar de estadísticas ni de objetivos globales. Quiero hablar de lo que pasa en una cocina a las siete de la tarde, cuando alguien decide pelar una patata pensando en otra persona.

Por Redacción Barcelona El Periódico de la Psicología

La alimentación tiene algo de milagro cotidiano. Piensa en ello: un puñado de semillas, un poco de agua, tierra y tiempo. Y de repente, un tomate. O un melocotón que gotea sobre la mesa. Detrás de cada bocado hay una cadena de manos invisibles: quien sembró, quien cosechó, quien transportó, quien puso el precio justo (o injusto). Cuando comemos, estamos recibiendo el trabajo de muchas personas que nunca conoceremos. Eso debería hacernos más humildes y más agradecidos.

Pero también hay una cara oscura que no puedo ignorar. Mientras en algunas mesas sobra comida, en otras no hay ni un plato que llevar a la boca. No es un problema de producción, es un problema de reparto y de prioridades. Y duele. Duele porque sabemos que la abundancia no es el problema, sino la indiferencia. Este día no debería ser una celebración vacía, sino un recordatorio incómodo: todavía hay niños que se acuestan con el estómago vacío en un mundo que tira toneladas de alimento cada día.

He aprendido que la comida es memoria. El olor del pan recién hecho me devuelve a la cocina de mi abuela, a sus manos harinosas y a su paciencia. Una sopa caliente puede ser un abrazo cuando las palabras no alcanzan. Y un plato compartido, aunque sea sencillo, tiene el poder de romper distancias. Por eso me duele tanto cuando la alimentación se reduce a una etiqueta nutricional o a una moda pasajera. Comer es cultura, es identidad, es afecto.

Hoy quiero reivindicar lo pequeño. No hace falta salvar el mundo en un día, pero sí podemos empezar por no tirar esa fruta fea, por preguntar a quien tenemos al lado si ha comido, por sentarnos juntos aunque sea un rato. La alimentación digna no es un privilegio, es un derecho. Y los derechos se defienden en lo cotidiano, no solo en los discursos.

Así que hoy, 16 de octubre, te propongo algo sencillo: cocina para alguien. Aunque sea un huevo frito. Siéntate a la mesa sin prisa. Mira lo que tienes en el plato y piensa en todo lo que ha viajado hasta ahí. Y si puedes, comparte. Porque al final, el Día Mundial de la Alimentación no va de cifras, va de personas. Va de ese plato que nos une.

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