El virus silencioso: cuando olvidamos mirarnos a los ojos

Hace unos días, mientras volvía a casa en el metro, presencié algo que me dejó incómodo durante horas. Una señora mayor, con bolsas de la compra, tropezó y se le cayó una bolsa de naranjas. Las naranjas rodaron por el suelo del vagón. La señora se agachó, con dificultad, para recogerlas. A su alrededor, al menos doce personas con teléfonos móviles en la mano. Solo dos levantaron la vista. Una de ellas, un chico joven, se quedó mirando un instante y volvió a su pantalla. La otra, una mujer, ayudó a recoger tres naranjas. El resto, nada. Ni una pausa en el desplazamiento del pulgar por la pantalla.

No es un caso aislado. Cada día vemos algo parecido: un dependiente que atiende sin levantar la cabeza, un niño que llora en un parque y su padre responde “dame un minuto” mientras termina un mensaje, una cajera de supermercado que dice “gracias” con la mirada perdida en el siguiente cliente. Y nosotros mismos: cuántas veces hemos contestado un “¿cómo estás?” con un automático “bien, ¿y tú?” sin escuchar la respuesta.

Vivimos en un mundo hiperconectado de datos, pero ayuno de presencia. La tecnología nos ha regalado cosas maravillosas, pero también nos ha entrenado para ver el mundo como una interfaz: todo está ahí para ser consumido, deslizado, resuelto. Incluidas las personas. El problema de fondo no es el dispositivo, sino lo que hacemos con nuestra atención. Cuando convertimos a los demás en un objeto de nuestra pantalla o en un obstáculo para nuestro tiempo, empezamos a deshumanizarnos sin darnos cuenta.

La psicología social lleva décadas advirtiéndolo: el llamado efecto espectador no ocurre solo en situaciones extremas, sino en la micromezquindad cotidiana. Si no miramos a quien sufre delante de nosotros, nuestro cerebro entrena un atajo peligroso: “ese otro no importa”. Y cuando ese atajo se repite mil veces, se convierte en carácter.

Pongo otro ejemplo, más sencillo aún. La próxima vez que pagues con tarjeta en una panadería, observa: la persona que te atiende dice “adiós” antes de que guardes la cartera. Es un acto reflejo. No es mala persona, solo está agotada de tantos automatismos. Pero si tú, en ese mismo instante, paras un segundo y dices: “Gracias de verdad, que tengas un buen día”, y sostienes la mirada un segundo más de lo normal, ocurre algo curioso: su cara cambia. A veces sonríe. A veces se queda un instante descolocada. Ese segundo extra es un pequeño acto de resistencia contra la deshumanización.

No se trata de abolir la tecnología ni de caer en un romanticismo ingenuo. Se trata de recordar que ser humano es, sobre todo, un ejercicio de presencia. Cuando un paciente me dice “me siento invisible”, casi nunca se refiere a que nadie lo vea físicamente. Se refiere a que nadie se detiene a mirarlo de verdad.

Así que hoy, mientras lees esto, te propongo algo pequeño: cuando acabes, busca a la persona más cercana (aunque sea la que te sirve el café) y mírala dos segundos más de lo habitual. No digas nada especial. Solo mira. Luego me cuentas si el mundo, por un instante, se sintió un poco más habitable.

Porque el mundo no se deshumaniza solo con grandes catástrofes. Se deshumaniza cada vez que elegimos el deslizamiento horizontal de un dedo sobre el acto vertical de levantar la cabeza. Y también se Re humaniza un poquito cada vez que alguien, entre tanta prisa, decide frenar.


El Periódico de la Psicología www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista info@elperiodicodelapsicologia.info ISSN 2696-0850 +34 675763503 Teléfono Redacción

Deja un comentario