Esa parte oscura que todos llevamos dentro (y que a veces nos sale al encuentro)
Redacción El Periódico de la Psicología
No hace falta ser junguiano para haber sentido, alguna vez, esa punzada incómoda que nos recorre la nuca cuando alguien nos dice: “Eres igual que tu padre” y nosotros juraríamos ser todo lo contrario. O cuando en una discusión de pareja escupimos una crueldad precisa, quirúrgica, y luego, al quedarnos solos, nos preguntamos de dónde carajo salió eso.
De eso hablaba Carl Gustav Jung cuando se atrevió a llamarlo la sombra. Pero ojo, no se trataba de un monstruo debajo de la cama ni de una especie de depósito de pecados. La sombra, para el viejo sabio de Basilea, era más bien esa mochila invisible que cargamos desde niños con todo lo que no supimos o no quisimos ser: los enfados que nos prohibieron, los deseos que nos dieron vergüenza, las ambiciones que aprendimos a disfrazar de humildad, los instintos que la educación embalsamó con perfume de buenos modales.
Lo curioso —y aquí viene lo humano, lo que ninguna inteligencia artificial puede sentir— es que la sombra no se queda quieta. No es un sótano polvoriento donde duermen nuestros defectos. La sombra vive, respira y, sobre todo, se proyecta. Y aquí el asunto se pone turbio, porque proyectar no es más que ver en el otro lo que no podemos soportar mirar en nosotros mismos.
Ese compañero de trabajo al que detestas por “chupamedias” o “trepa”, ¿no será que llevas dentro un anhelo parecido pero lo has reprimido tanto que ahora te da asco reconocerlo? Y esa vecina que criticas por “demasiado pasional” o “demasiado chillona”, ¿no será que en el fondo envidias su libertad para expresar lo que tú te callas? Jung decía que todo lo que nos irrita del otro puede llevarnos a un conocimiento esencial de nosotros mismos. Dicho de otro modo: la sombra no es un problema a resolver, es un interlocutor tosco pero honesto.
El problema es que nuestra cultura —esa que nos empuja a ser siempre positivos, productivos, políticamente correctos hasta en los sueños— nos ha vendido la idea de que la oscuridad interior hay que extirparla, iluminarla con focos led o, mejor aún, ignorarla. Pero la sombra, como un gato malhumorado, si la apartas de una habitación vuelve a entrar por la ventana. Y entonces nos sorprende con un ataque de rabia desproporcionado por una tontería, con un malestar difuso que no sabemos nombrar, o con esa tristeza de domingo por la tarde que parece no tener causa.
En consulta, he visto a muchas personas llegar diciendo “no sé por qué hago esto si yo no soy así”. Hombres y mujeres atrapados en patrones que repiten como un bucle: elegir siempre a la pareja que les abandona, explotar de ira cuando el jefe les corrige, boicotearse justo antes de lograr algo importante. Esa es la sombra actuando sin permiso. Como un actor secundario que se cuela en el escenario principal y empieza a cambiar el guion.
Trabajar con ella no es fácil. Jung mismo pasó años mirando a los ojos de sus propios monstruos —los dejó salir en el famoso Libro Rojo, aunque durante mucho tiempo no se atrevió a publicarlo—. Pero dejó una pista clave: la integración de la sombra no significa volverse malo, ni dejar que los instintos más bajos gobiernen la vida. Al revés. Se trata de hacer un pacto de adulto con eso que hemos negado. Reconocer que podemos ser, a la vez, generosos y egoístas, valientes y cobardes, tiernos y feroces. Porque la entereza psicológica no viene de la pureza, sino de la capacidad de sostener la contradicción.
Hay una anécdota, quizá apócrifa, pero demasiado jugosa para no contarla. Un alumno le preguntó a Jung: “Maestro, ¿usted cree que ha integrado del todo su sombra?”. El viejo sonrió con esa media sonrisa suiza, un poco pícara, y contestó: “Querido amigo, ni se me ocurriría intentarlo. Prefiero tenerla cerca, como un perro que a veces gruñe, pero que ya conozco. Así no me da un susto cuando menos lo espero”.
Quizá de eso vaya todo esto. No de ser santos ni de vivir en una paz perpetua. Sino de dejar de asustarnos tanto cuando la oscuridad llama a la puerta. Porque la sombra no es el enemigo. Es, como mínimo, la parte más honesta de nosotros. La que nunca aprobó el carné de buena persona, pero que guarda una verdad incómoda: que solo cuando aceptamos lo que somos, con luces y sombras, empezamos a ser algo parecido a libres.
Y eso, queridos lectores, no lo aprende ningún algoritmo.
Por JRM editor
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