Ganar confianza en ti mismo

El arte de habitarte: cómo construir una confianza que no dependa del aplauso

Hay una escena que se repite con frecuencia en la consulta. No es una escena de grandes traumas ni de crisis dramáticas. Es algo más silencioso. Alguien se sienta en la silla, cruza las manos y dice: «Sé hacer muchas cosas, pero no confío en mí». A veces lo dice un directivo de éxito, a veces una madre que sostiene una familia, a veces un estudiante brillante. La paradoja es siempre la misma: la competencia existe, pero el permiso para habitarla, no.

Por Redacción Barcelona El Periódico de la Psicología

Vivimos en una época que confunde la confianza con el ruido. Las redes sociales nos venden una autoestima de escaparate: segura, fotogénica, inmune a la duda. Pero la confianza real, la que nos sostiene cuando nadie mira, no se parece a eso. Se parece más a una conversación íntima, a veces incómoda, con nosotros mismos.

La trampa de la validación externa. Durante años nos han enseñado que la confianza es un resultado: si apruebo, si me ascienden, si me dicen que soy bueno, entonces podré confiar en mí. Es una ecuación peligrosa porque convierte nuestra paz en una subasta pública. El problema no es buscar reconocimiento (somos seres sociales), el problema es necesitarlo para existir.

El psicólogo humanista Carl Rogers hablaba de la «consideración positiva incondicional». En la práctica, esto significa algo radical: merezco respeto no por lo que hago, sino por el hecho de ser. Cuando nuestra confianza depende del último «me gusta» o del tono de voz de nuestro jefe, estamos construyendo una casa sobre arena. La marea siempre sube.

Confiar es una práctica, no un título. Existe la creencia de que la confianza es un estado al que se llega y en el que se permanece. Como si fuera un diploma que se cuelga en la pared. La realidad, y esto lo vemos a diario en terapia, es que la confianza es una práctica física y emocional. Es algo que se hace, no algo que se tiene.

¿Cómo se practica? Empezando por lo pequeño. La confianza se construye en los gestos mínimos: cumplir la promesa que te hiciste de descansar quince minutos, atreverte a decir «no» a ese plan que te vacía, sostener la mirada cuando alguien te halaga sin desviarla inmediatamente por vergüenza. Cada vez que te eliges a ti mismo en una decisión cotidiana, le envías un mensaje a tu cerebro: «Puedo contar conmigo».

El mito de la seguridad absoluta. Uno de los mayores obstáculos para ganar confianza es creer que las personas seguras no sienten miedo. Nada más lejos de la verdad. La diferencia no está en la ausencia de temblor, sino en la relación que establecemos con él. La persona que confía en sí misma no es la que nunca duda; es la que duda y actúa de todos modos, la que se permite el error sin convertirlo en una sentencia de identidad.

Desde una mirada humanista, la confianza incluye la aceptación de nuestra vulnerabilidad. No somos máquinas de rendimiento. Somos seres frágiles y fuertes a la vez. Cuando dejamos de pelear contra nuestra propia humanidad (el cansancio, el error, la necesidad de afecto), la confianza deja de ser una armadura y se convierte en un suelo firme.

La mirada del otro como espejo (y no como juez). Hay un ejercicio sencillo que propongo a veces en consulta: pedir a tres personas de confianza que te digan una cualidad tuya que ellos vean y que tú no. El resultado suele ser revelador. Descubrimos que los demás nos perciben con una generosidad que nosotros mismos nos negamos. No se trata de vivir pendientes del elogio ajeno, sino de aceptar que nuestra visión de nosotros mismos tiene un punto de miopía.

A veces, la confianza no nace de mirarnos más hacia dentro, sino de permitir que alguien nos devuelva una imagen más amable de lo que somos. No porque seamos ciegos a nuestros defectos, sino porque a veces estamos ciegos a nuestra luz.

El derecho a ocupar espacio. En el fondo, ganar confianza en uno mismo es un acto de justicia. Es reconocer que tenemos derecho a ocupar un lugar en el mundo sin pedir disculpas constantes. Es dejar de encogernos para que otros se sientan cómodos. Es hablar con nuestra voz, aunque tiemble.

No se trata de convertirnos en personas arrogantes ni invulnerables. Se trata de habitar nuestra propia piel con una lealtad básica hacia nosotros mismos. Como decía Jung, «no soy lo que me sucedió, soy lo que decido ser». Y esa decisión, pequeña y diaria, es la que va tejiendo una confianza que no se cae cuando el mundo tiembla.

Al final, quizá la pregunta no sea «¿cómo gano confianza en mí mismo?», sino «¿qué me impide, ahora mismo, ser mi propio aliado?». La respuesta, casi siempre, está menos en lo que nos falta y más en lo que nos negamos a reconocernos.


EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado ISSN 2696-0850

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