Cuando la identidad se convierte en una prisión de la que fuimos dueños
Por Redacción de www.elperiodicodelapsicologia.info
Hay una imagen que me persigue desde que empecé a ejercer. La de un hombre de mediana edad sentado frente a mí, con las manos entrelazadas y los nudillos blancos, diciendo con una voz quebrada: «Llevo treinta años siendo esto. Si lo suelto, ¿quién soy?».
Esa pregunta, tan sencilla en apariencia, es quizás la más compleja que alberga el ser humano. Pasamos años, décadas enteras, construyendo lo que llamamos «identidad». No me refiero al DNI, sino a esa estructura interna, a ese relato que nos contamos a nosotros mismos para poder mirarnos al espejo sin sentirnos extraños.
Construimos nuestra identidad como quien levanta un muro de ladrillos, pero los ladrillos no son de barro cocido; son de experiencias, de heridas que cicatrizaron mal, de etiquetas que nos pusieron en el colegio, de los «deberías» que nos susurraron nuestros padres y de los «nunca podrás» que nos gritó el miedo.
El problema, como bien saben los que se asoman a la consulta de un psicólogo, no es la construcción en sí. Es olvidar que esa construcción es un andamio, no el edificio definitivo. Es confundir el mapa con el territorio.
La tiranía de la coherencia.Vivimos en una cultura que alaba la coherencia como la máxima virtud. Nos enseñan que ser «auténtico» es mantenerse firme, no cambiar de opinión, tener una esencia inamovible. Pero, ¿y si la auténtica sabiduría residiera en la contradicción? ¿Y si la salud mental no estuviera en ser siempre el mismo, sino en permitirnos ser otros?
Recuerdo el caso de una mujer que vino a terapia porque sentía que había «fracasado» como madre. Su identidad estaba tan fusionada con el rol que, cuando sus hijos crecieron y se fueron, ella se quedó sin argumentos para existir. Había sido madre tanto tiempo, y tan bien, que no sabía ser otra cosa. Y ahí radica la trampa: la identidad psicológica no es un título nobiliario que se hereda o se gana para siempre. Es un traje que, aunque nos quede bien en una temporada, puede acabar asfixiándonos en la siguiente.
Construimos una coraza para sobrevivir a la infancia, y luego pasamos la adultez intentando derribarla.
El humanismo de lo frágil. Desde el humanismo, entender la identidad es abrazar la paradoja. Somos, al mismo tiempo, el niño que fuimos y el anciano que seremos. Somos la memoria de lo que nos dolió y la esperanza de lo que aún no ha ocurrido. La identidad no es un monolito; es un río. Y como todo río, cambia de cauce, se desborda en tormentas y se encoge en sequías, pero siempre fluye.
El problema contemporáneo es que hemos externalizado la gestión de nuestra identidad. Las redes sociales nos piden que seamos «marca personal», que encapsulemos nuestra esencia en un hashtag o en una foto de perfil. Nos han vendido la idea de que tenemos que ser algo concreto, definible, vendible. Y en ese intento de encajar en el escaparate digital, perdemos la capacidad de ser alguien en la intimidad del silencio.
La verdadera construcción identitaria, la que sana, no ocurre en los grandes discursos de autoayuda ni en los manuales de psicología positiva. Ocurre en las grietas. Ocurre cuando reconocemos que no somos ni lo mejor ni lo peor que hemos hecho. Ocurre cuando el paciente dice: «He estado enfadado toda mi vida porque mi padre no me quiso, pero hoy he entendido que quizás él tampoco aprendió a quererse». En ese instante, la identidad se flexibiliza, se estira y permite que entre un poco de luz.
El arte de la desidentificación. Quizás la tarea más hermosa y dolorosa de la terapia sea aprender a desidentificarse. Soltar el «soy ansioso» para abrazar el «a veces siento ansiedad». Dejar el «soy un fracaso» por el «he tenido fracasos». No se trata de negar nuestra historia, sino de no esclavizarnos a ella. Se trata de entender que la identidad es un verbo, no un sustantivo. No es un «yo soy», sino un «yo estoy siendo».
Cuando logramos esto, cuando comprendemos que la construcción de la identidad fue un mecanismo de supervivencia y no un destino final, ocurre algo mágico: dejamos de defendernos de la vida y empezamos a habitarla.
Porque al final, como le dije a aquel hombre de los nudillos blancos, no se trata de dejar de ser quien eres. Se trata de ensanchar el marco. De permitir que dentro de ti quepan todas tus versiones: el que tuvo miedo, el que amó, el que falló, el que sigue intentándolo. Y entender que ninguna de esas versiones te define por completo.
Pasamos años construyendo una identidad. Nos pasamos la vida aprendiendo a habitarla. Pero la sabiduría, esa que nace de las cenizas de las certezas, nos enseña que el verdadero hogar no está en los muros que levantamos, sino en la capacidad de derribarlos cuando la casa se nos queda pequeña.
Al fin y al cabo, el milagro de la mente humana no es ser siempre el mismo; es poder reinventarse cada mañana, incluso cuando el miedo nos susurre que es demasiado tarde. Nunca es demasiado tarde para descubrir que aquello que construimos puede ser, también, demolido con cariño, para hacer espacio a lo nuevo que nos espera al otro lado de la resistencia.
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