Hay algo que ocurre en silencio en muchos colégios y casas. Un tablero, treinta y dos piezas, dos colores. Y dos chavales mirando fijamente el rectángulo de sesenta y cuatro casillas.
El equipo de redacción de El Periódico de la Psicología
Hay algo que ocurre en silencio en muchos colegios y casas. Un tablero, treinta y dos piezas, dos colores. Y dos chavales mirando fijamente el rectángulo de sesenta y cuatro casillas, como si en ese pequeño mundo cupieran todas las lecciones que los libros de texto a veces no alcanzan a dar.
El ajedrez lleva siglos siendo ese juego aparentemente serio que los abuelos sacan los domingos de lluvia. Pero lo que muchos padres aún no saben es que, cuando un niño mueve un peón dos pasos adelante, está entrenando algo mucho más profundo que una simple estrategia de entretenimiento.
Hace unos meses, en una sesión que organicé con un grupo de adolescentes de un instituto público, me encontré con Carla. Trece años, el pelo siempre tapándole un ojo y una fama ganada a pulso de no poder estarse quieta más de tres minutos seguidos. Su tutora me había dicho: «Si tú consigues que Carla se siente una hora a pensar en algo, te mereces un premio Nobel». Pues bien: al tercer día de taller de ajedrez, Carla no solo se sentó, sino que pidió repetir la partida porque quería probar otra apertura. ¿El secreto? No hubo castigos, ni notas, ni discursos. Solo el desafío silencioso de tener que prever lo que pasaría si movía su caballo hacia la izquierda en lugar de hacia la derecha.
Esa anécdota no es un caso aislado. Detrás del ajedrez hay una herramienta educativa que, sin aspavientos, está ayudando a los jóvenes a desarrollar lo que los psicólogos llamamos funciones ejecutivas. Vamos, lo que viene siendo: planificar, tomar decisiones, controlar los impulsos y aprender de los errores sin tirar la toalla a la primera.
La lección más dura de aprender: perder también sirve
Una de las cosas que más me sorprende cuando hablo con padres es el miedo que tienen a que sus hijos «sufran» por perder una partida. Y entiendo el instinto protector, pero ahí está precisamente una de las joyas del ajedrez: enseña a perder. No a perder por perder, sino a perder con dignidad, analizando qué salió mal, dándose la mano con el rival y empezar de nuevo.
Los jóvenes viven hoy en un mundo de gratificación instantánea. TikTok les da un premio cada quince segundos, las notificaciones les exigen respuesta inmediata, y el error se oculta o se borra con un clic. El ajedrez es justo lo contrario: una derrota puede ser lenta, frustrante y, sin embargo, increíblemente productiva. Porque cuando un chaval pierde una partida y se queda mirando el tablero preguntándose «¿y si no hubiera movido mi alfil?», está haciendo algo extraordinario: está aprendiendo a tolerar la frustración.
Y eso, que parece pequeño, es un escudo contra el abandono escolar, la ansiedad por rendir y esa sensación de «si no me sale bien a la primera, no sirvo para esto».
Concentración en tiempos de distracción constante
Pongámonos serios: los críos de ahora son bombardeados por más estímulos que un piloto de rally. Entre el móvil, la tablet, la tele de fondo y las mil cosas que pasan en clase, concentrarse se ha convertido en una especie de superpoder que muy pocos poseen.
El ajedrez, sin necesidad de sermonear, les obliga a focalizarse en una sola cosa. No vale con mirar el tablero de reojo mientras se piensa en otra cosa. Porque el momento que descuidas una casilla, tu oponente (que suele ser otro niño con ganas de ganar) te la va a recordar con una pieza tuya fuera del juego. Y eso duele más que cualquier regañina de un profesor.
Lo bonito es que ese músculo de la atención se entrena sin que ellos lo noten. Cuando están inmersos en una partida, su cerebro está haciendo gimnasia de verdad. Y ese foco mental se traslada después a otras áreas: estudiar matemáticas, leer un texto largo o simplemente escuchar a alguien sin mirar el móvil cada dos minutos.
El ajedrez no es solo para niños «listos»
Aquí tengo que desmontar un mito. Mucha gente cree que el ajedrez es para niños con altas capacidades, para esos pequeños prodigio que ven cinco movimientos por delante. Y no, qué va. El ajedrez es para todos, y precisamente quienes más se benefician son aquellos que tienen más dificultades para concentrarse, para seguir normas o para manejar la impulsividad.
Lo he visto en talleres con niños con TDAH, con chavales que vienen de entornos complicados o con adolescentes que nunca han tenido a nadie que les enseñe que pensar antes de actuar tiene recompensa. El ajedrez no exige expedientes académicos ni notas altas. Solo exige echarle ganas y, sobre todo, no rendirse.
Y eso, a un chaval que ha repetido curso o que ha oído mil veces que es «un vago», le cambia la vida. Porque de repente descubre que hay un juego en el que su valor no lo decide un examen, sino su capacidad de esforzarse y aprender.
Una propuesta para padres y profesores
Si después de leer esto te dan ganas de comprar un tablero, te doy un consejo de psicólogo educador: no lo conviertas en otra obligación. No le digas a tu hijo «vamos a jugar al ajedrez para que seas más listo». Eso es como decirle «vamos a comer brócoli porque es sano». Tiene razón, pero aburre.
En lugar de eso, siéntate con él o ella una tarde, pon el tablero en medio, y empieza moviendo un peón de forma torpe. Pregúntale: «¿Y por qué mueves esa pieza ahí?» Déjale que te gane. Ríete cuando pierdas. Y si ves que se frustra, ayúdale a buscar la jugada que pudo hacer. Sin prisas, sin reloj, sin presión.
Ese rato de tablero no solo le estará enseñando a pensar. Le estarás regalando algo que los jóvenes de hoy necesitan tanto como el aire: tu atención, tu tiempo y la oportunidad de equivocarse sin que nadie le ponga un suspenso.
Porque al final, el ajedrez no es más que una metáfora en miniatura: en la vida no siempre podemos elegir las piezas que nos tocan, pero podemos decidir cómo moverlas. Y eso, en un mundo tan cambiante como el que les espera, es probablemente la mejor lección que podemos darles.
El Periódico de la Psicología ha consultado a expertos en neuroeducación y ha realizado seguimientos en talleres escolares de ajedrez en centros de España y Latinoamérica.
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