La ansiedad no es el enemigo: es el centinela que se quedó sin turno de relevo.
Por Instituto Humanista. JM
Hay una escena que se repite en mi consulta con una frecuencia que ya no me sorprende, pero que jamás me deja indiferente. Una persona entra, se sienta, y antes de que yo pueda decir nada, suelta la misma frase con distintas palabras: «No puedo más con esto. Necesito que me la quite».
«Esto» es la ansiedad. Ese nudo en el estómago que no se deshace, esa respiración que se acorta sin motivo aparente, esa mente que se dispara a las tres de la madrugada y se niega a volver al silencio. Y tienen razón, es agotador. Pero hay algo en esa petición —»quítemela»— que me incomoda profundamente. No porque no entienda el sufrimiento, sino porque tratar la ansiedad como un parásito que hay que extirpar es, quizás, la mayor trampa que nos hemos creído.
Llevamos años, décadas, escuchando que la ansiedad es un trastorno, una disfunción, un fallo de nuestro sistema nervioso. Y en cierto modo lo es. Pero también es, y esto es lo que casi nunca se dice, un testigo incómodo de nuestra humanidad más profunda.
El precio de haber olvidado el peligro.Para entender la ansiedad, hay que viajar muy atrás. No a nuestra infancia, sino a la infancia de nuestra especie. Éramos bípedos vulnerables en una llanoma llena de depredadores. Nuestro cerebro, para sobrevivir, desarrolló un sistema de alarma exquisito: la amígdala, el eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal, toda esa maquinaria biológica que hoy nombramos con siglas frías. Era un centinela infalible. Si rugía un león, el cuerpo se preparaba para huir o luchar. Sin ese mecanismo, no estaríamos aquí.
El problema no es que tengamos ese centinela. El problema es que el león ya no está, pero la alarma no se ha apagado.
Vivimos en un mundo donde la amenaza ya no es un depredador con colmillos, sino un correo electrónico sin respuesta, una conversación pendiente, una hipoteca, la mirada de un jefe, la comparación implacable con la vida perfecta que otros exhiben en una pantalla. Nuestro cuerpo no distingue entre un tigre dientes de sable y una notificación de WhatsApp. Para él, todo es peligro. Y así, el centinela que nos salvó de la extinción se ha convertido en un tirano que nos roba el sueño.
Pero aquí viene la parte que la psicología humanista nos invita a mirar con otros ojos: esa ansiedad no es un error de fábrica. Es un mensaje.
Escuchar lo que duele. Cuando un paciente me dice que tiene ansiedad, yo no pregunto «¿cómo la eliminamos?». Pregunto: «¿Qué está intentando decirte?».
Porque la ansiedad, vista desde el humanismo, es el grito ahogado de una parte de nosotros que siente que algo no encaja. Es el eco de una vida que no estamos viviendo, de un límite que no hemos sabido poner, de un dolor que no hemos querido nombrar. La ansiedad no es la enfermedad; es el síntoma de que nuestra alma —permítanme la palabra— está pidiendo un cambio de rumbo.
He visto a ejecutivos exitosos con ataques de pánico justo antes de entrar a una reunión, y al bajar la capa de los síntomas, lo que aparecía era un niño al que nunca le permitieron equivocarse. He visto a madres con insomnio crónico que, en el fondo, estaban agotadas de sostener una casa entera sin pedir ayuda. He visto a jóvenes de veinte años con crisis de angustia que, en realidad, estaban llorando la ausencia de un padre que nunca estuvo presente.
La ansiedad, cuando la escuchamos, tiene mucho que decir. Pero hemos sido educados para silenciarla con pastillas, con distracciones, con frases hechas como «relájate» o «no pienses en eso». Como si apagar la alarma de incendios fuera suficiente sin preguntarnos qué está ardiendo.
La paradoja de la aceptación. Y aquí llegamos al punto más incómodo, y también el más liberador: para que la ansiedad deje de dominarnos, primero tenemos que dejar de combatirla.
Suena a contradicción, lo sé. Pero la experiencia clínica me ha mostrado una y otra vez que la guerra contra la ansiedad solo la alimenta. Cuanto más luchamos por no sentir, más fuerte se vuelve la sensación. Es como intentar ahogar el agua con más agua. La verdadera salida no es la lucha, es la tregua.
Aceptar la ansiedad no significa resignarse a vivir atrapado en ella. Significa decir: «Vale, aquí estás. Siéntate. ¿Qué necesitas decirme?». Significa aprender a diferenciar entre el peligro real —ese que exige acción inmediata— y la amenaza imaginaria —esa que solo existe en el teatro de nuestra cabeza—.
Cuando una persona logra sostener su ansiedad sin huir de ella, sin anestesiarla, ocurre un milagro silencioso: la ansiedad se transforma. Deja de ser un monstruo y se convierte en lo que siempre fue: una energía mal dirigida, un exceso de vitalidad que no encuentra cauce, una inteligencia que se disparó sin brújula.
El coraje de vivir con incertidumbre. Si hay algo que la ansiedad detesta es la incertidumbre. Necesita certezas como el pez necesita agua. Por eso nos obliga a revisar mil veces si cerramos la puerta, por eso nos exige tener un plan B, C y D para cada situación. La ansiedad es una adicta al control en un mundo que, por naturaleza, es incontrolable.
Y quizás la lección más humana, la más difícil y la más necesaria, sea aprender a convivir con esa incertidumbre sin que nos devore. Aceptar que no sabemos qué pasará mañana. Que podemos enfermar, que podemos perder, que podemos fallar. Y que, a pesar de todo eso, la vida sigue mereciendo ser vivida.
El humanismo nos recuerda que somos frágiles, pero también extraordinariamente resilientes. Que la ansiedad no nos define, pero nos señala. Que no somos nuestro miedo, sino la persona que elige mirarlo cara a cara.
Al final del día, cuando el paciente se va y yo apago la luz del consultorio, pienso en todas esas personas que luchan a solas contra su propia tormenta. Y me gustaría poder decirles a todas, aunque sea desde esta página, que la ansiedad no es una condena. Es una brújula desorientada. Y las brújulas, con un poco de paciencia y mucho acompañamiento, pueden volver a encontrar el norte.
No se trata de eliminar la ansiedad. Se trata de aprender a bailar con ella, aunque al principio pisemos sus pies. Se trata de entender que, en el fondo, ese temblor interno es la prueba de que estamos vivos, de que nos importa, de que aún hay algo en nosotros que se niega a dejar de buscar un lugar seguro en este mundo incierto.
Y eso, aunque duela, es profundamente humano.
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