La epidemia silenciosa del deficiente emocional

La epidemia silenciosa del deficiente emocional (y cómo detectar a uno en tu primera cita)

No es que no sientan, es que han externalizado sus emociones en un algoritmo.

Hablemos claro. Usted conoce a uno. O quizá duerme con uno. O peor: se mira al espejo y sospecha que, tal vez, usted es uno.

El “deficiente emocional” no es un diagnóstico del DSM. No aparece en los manuales. Pero está en todas partes: en esas personas que cuando usted llora le ofrecen un análisis lógico de por qué no debería estar triste. En esos jefes que gestionan equipos como si fueran ecuaciones. En esos amigos que, ante una pérdida, responden con un “todo pasa por algo” que sabe a puñetazo en el estómago.

No son psicópatas. No son narcisistas. Son, sencillamente, analfabetos sentimentales. Gente que creció creyendo que la razón era un músculo y la emoción, una infección. Y aquí estamos: rodeados de seres humanos con un coeficiente intelectual envidiable y una inteligencia emocional de piedra pómez.

Lo peor es que no se consideran el problema. Ellos se ven prácticos. “Yo es que soy muy racional”, dicen con orgullo, mientras destruyen la confianza de su pareja con un “no entiendo por qué te enfadas, si yo no he hecho nada malo”. Y es cierto: no han hecho nada malo. Tampoco han hecho nada bueno. No han hecho nada emocional. Porque no saben.

Un deficiente emocional no es un monstruo. Es un huérfano de su propio mundo interior. Nunca le enseñaron a nombrar lo que siente, así que se agarra al pensamiento como un náufrago a un tabla. Y le exige a los demás que naden igual.

Cómo saber si está saliendo con uno (o si usted lo es):

Usted explica sus sentimientos. Él responde con soluciones. Usted dice “me siento sola”. Él dice “contrata un hobby”.

El conflicto se resuelve con una hoja de cálculo. O con silencios que duran días. O con un “está bien” que no significa nada.

La vulnerabilidad le parece una trampa. Cuando usted se abre, él se pone a arreglar. Cuando usted llora, él se congela. Cuando usted pide un abrazo, él ofrece un argumento.

Y no, no es que no quieran. Es que no pueden. Su termómetro emocional solo mide la temperatura ambiente. Nunca aprendieron a calibrar la fiebre del alma.

El drama de la inteligencia artificial en cuerpos de carne

Lo curioso —y aquí viene la ironía que me parte el alma— es que los propios deficientes emocionales han creado un mundo a su medida. Las pantallas les vienen de perlas: todo texto, nada de tono. Todo like, nada de matiz. Todo swipe, nada de vínculo. Son los reyes del “no te lo tomes así” y los esclavos del “es broma”.

Y mientras tanto, la inteligencia artificial —esa sí, fría como un bisturí— aprende a simular empatía. Los chatbots ya escriben “entiendo que debe ser difícil para ti” con más calidez que muchos humanos. La máquina se vuelve tierna. La persona, robótica.

No es un diagnóstico, es una invitación

Usted no va a cambiar a un deficiente emocional. Ni con manuales de autoayuda, ni con paciencia de monja, ni con ultimatums teatrales. Ellos sólo cambiarán si un día se dan cuenta de que el precio de no sentir es no conectar. Y ese es un vacío que ningún argumento lógico puede llenar.

Mientras tanto, si usted tiene la suerte de no ser uno, hágase un favor: no intente enseñarle a nadie a nadar mientras usted se ahoga. Busque a los que ya saben que el llanto no se arregla, se acompaña. A los que no huyen de la tormenta emocional porque saben que detrás viene la calma.

Y si usted sospecha que el deficiente es… usted mismo? Bienvenido. El primer paso para desarrollar una emoción es admitir que le falta. Ah, ¿ve? Eso ya es un sentimiento. No está tan oxidado.

Artículo escrito por un ser humano con deficiencias emocionales parcialmente rehabilitadas. El autor no se hace responsable de las discusiones de pareja que este texto pueda provocar.

EPP www.elperiodicodelapsicologia.info info@elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado y Humanista +34 675763503 Teléfono

Deja un comentario