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Un fenómeno psicosocial en auge, la «fatiga de Zoom», pone en evidencia los límites cognitivos de nuestra adaptación digital forzada.
Joan Ramón Miret
Me encontraba, hace unos días, al final de mi cuarta videoconferencia del día. La cabeza me pesaba, la espalda estaba rígida y una sensación de irritabilidad sorda se había apoderado de mí. No era el cansancio habitual. Al colgar, me pregunté, no como profesional, sino como ser humano exhausto: ¿por qué esto me desgasta tanto?.
La respuesta, he descubierto, es un revoltijo fascinante y preocupante de neurología, psicología social y pura biología.
La llamamos “fatiga de Zoom” o, más técnicamente, “fatiga telemática”. No es solo cansancio ocular. Es una carga cognitiva multidimensional. La primera pieza del puzzle es la sobrecarga de señales no verbales. En una conversación presencial, nuestro cerebro procesa el lenguaje corporal de forma natural, casi periférica. En la pantalla, sin embargo, estamos ante una paradoja: tenemos una ventana gigante al rostro del otro, pero el resto de su lenguaje corporal es invisible. El cerebro, en un esfuerzo titánico, se hiperconcentra en microgestos —una ceja ligeramente arqueada, un parpadeo rápido—, intentando extraer información donde hay poca. Es como escuchar una sinfonía con solo el violín primero; el cerebro trabaja el doble para completar la armonía que falta.
A esto se suma el espejo constante. Vernos a nosotros mismos en tiempo real durante una conversación es antinatural y genera un estado de auto-evaluación y vigilancia continua. La psicóloga social Ana Lucía Fernández, del Instituto de Estudios Interpersonales de Barcelona, lo explica así: «La pantalla nos convierte en espectadores de nuestra propia actuación. Ese ‘yo observado’ genera ansiedad de desempeño y un gasto energético que, en interacción física, no existe». Nos convertimos en actores y críticos de nuestra propia escena.
Pero hay un factor más sutil y demoledor: los silencios imperfectos. En un café, un silencio de dos segundos es natural, contemplativo. En una videollamada, ese mismo silencio se interpreta inmediatamente como un fallo técnico. «¿Se ha congelado?», «¿Me habrá oído?». Lanzamos un «¿Hola? ¿Estás ahí?» con una urgencia que rompe el ritmo natural del diálogo. La ansiedad por la latencia tecnológica envenena los espacios de pausa que el cerebro necesita para procesar.
Un estudio preliminar del Journal of Applied Psychology (2022) señaló que los participantes en reuniones virtuales back-to-back (encadenadas) mostraban un aumento significativo en los niveles de cortisol (la hormona del estrés) comparado con reuniones presenciales equivalentes. El cerebro no tiene tiempo para el «ritual de transición»: cerrar la carpeta, caminar por el pasillo, tomar un agua. Se pasa de un universo digital a otro con un clic, sin reset neuronal.
¿Qué podemos hacer? La solución no es demonizar la tecnología, sino humanizar su uso. Algunas claves:
Menos es más: ¿Necesita hacer una videollamada? Una llamada de voz libera de la carga visual y permite moverse.
La regla del 50%: Apague la cámara durante partes de la reunión si el formato lo permite. Dele a su cerebro un descanso del espejo.
Transiciones conscientes: Después de una llamada, levántese. Mire por la ventana 90 segundos. Beba un vaso de agua. Cree un ritual que marque el fin de un espacio mental y el inicio de otro.
Reivindicar el teléfono: Recuperar la simple llamada de voz es un acto de rebeldía cognitiva. Permite la conversación sin el estrés performático.
Estamos en un punto de inflexión. La tecnología que nos conectó para salvaguardar nuestra salud social en la pandemia, ahora nos desafía con una nueva forma de agotamiento. Reconocer la «fatiga de la pantalla» no es debilidad; es el primer paso para negociar una convivencia más inteligente y menos agotadora con las herramientas que, paradójicamente, llegaron para acercarnos. Escuchemos a nuestro cerebro cuando dice «basta». Su sabiduría es anterior a todo esto.
EPP. www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicaión especializado y Humanista ISSN 2696-0850 Barcelona