El nombre ya suena a herramienta de terror: hantavirus. Cuando empezaron a llegar las primeras noticias del crucero MV Hondius —tres muertos, decenas de pasajeros encerrados, la noticia instalada con fuerza en todos los titulares— algo en el ambiente comenzó a cambiar. No fue solo la información médica. Fue otra cosa. Fue una sensación incómoda, familiar, que millones de personas reconocieron al instante: la sensación de que el mundo podía volverse peligroso de la noche a la mañana. De nuevo.
Porque el hantavirus no llegó solo a la conversación pública. Vino acompañado de un fantasma, y ese fantasma se llama pandemia. Los psicólogos advierten que el miedo al hantavirus no es solo miedo a una enfermedad; es principalmente el recuerdo activado de todo lo que vivimos entre 2020 y 2021. Cuando una sociedad ha pasado por una experiencia sanitaria de esa magnitud —cierres, pérdidas, incertidumbre absoluta— el cerebro no olvida. Y cada nueva alarma sanitaria puede funcionar como un detonante.
¿Qué pasa entonces en la cabeza de la gente cuando el hantavirus se convierte en tema de conversación obligado? ¿Por qué algunas reacciones parecen desproporcionadas (miedo a contagiarse, rechazo a los pasajeros del crucero, pánico a que «esto sea el principio de algo») mientras otras son de franca indiferencia? La respuesta no está en el virus en sí, sino en la historia que hemos vivido.
El ruido de fondo que no cesó del todo
El hantavirus no es nuevo. En Argentina, donde los casos aumentaron un 17 % en el último año y donde este virus es endémico particularmente en la Patagonia, los especialistas lo conocen bien. Lo que sí es nuevo es el contexto en el que este brote ha llegado. «Cuando una sociedad vive mucho tiempo bajo sensación de amenaza, empieza a normalizar respuestas deshumanizantes», explica a este medio el psicólogo Omar Rueda, refiriéndose a cómo el temor al contagio puede traducirse en actitudes de rechazo y estigmatización hacia quienes se perciben como «portadores del riesgo». Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con el crucero: el miedo ha desplazado a la empatía.
En el plano clínico, los datos ayudan a poner las cosas en perspectiva. El hantavirus sigue siendo una enfermedad poco frecuente. En toda América, la Organización Mundial de la Salud documentó 229 casos en ocho países durante el último año. El riesgo de pandemia global, insisten los expertos, es ínfimo. Los muertos en el crucero —tres hasta ahora— son una tragedia para sus familias, pero no anuncian una nueva crisis sanitaria de magnitudes planetarias. Sin embargo, la razón y la emoción han dejado de hablarse. La psicóloga Íngrid Mulero lo explica con una frase que deberíamos subrayar: «la gente quiere riesgo cero, garantías de que no pasará nada. Y por muchos medios técnicos que tengamos, los riesgos son inherentes al ser humano y a la vida».
El problema, claro, es que el riesgo cero no existe. Y una sociedad que ha aprendido a exigirlo —porque el covid nos enseñó a pensar en términos de supervivencia absoluta— no sabe muy bien qué hacer con un virus raro, de baja transmisibilidad y que en la mayoría de los casos requiere un contacto directo con excrementos de roedores para contagiarse. Esa desproporción entre el riesgo real y la alarma sentida es la manifestación más clara del trauma colectivo que aún no hemos terminado de procesar.
El cerebro en modo alerta sin descanso
La pandemia de covid dejó muchas secuelas. Algunas son visibles: cicatrices en los pulmones, enfermedad postcovid diagnosticada, duelos inconclusos. Otras son más difíciles de medir, pero igual de reales: secuelas en la salud mental. El psicólogo Xavier Guix habla abiertamente de «estrés postraumático» tras el coronavirus, un estado en el que muchas personas siguen viviendo con la sensación de que el peligro acecha en cualquier rincón. Y cuando llega una noticia sobre hantavirus, el sistema de alarma se activa solo.
Omar Rueda, por su parte, introduce un concepto revelador: «memoria nerviosa colectiva». Es la idea de que una sociedad entera puede quedar grabada a fuego con una experiencia traumática, entrando en un estado de hipervigilancia difusa que convierte cualquier amenaza potencial —real o imaginada— en una emergencia. Por eso hemos visto reacciones como «que no vengan», «cerrad fronteras», «proteger lo nuestro», «aislar al otro». No son respuestas racionales al hantavirus. Son respuestas condicionadas por la experiencia del covid.
Hay otro componente psicológico que vale la pena mencionar: la fatiga pandémica. Después de dos años de vivir en estado de alerta constante, parte de la población ha desarrollado una suerte de «cansancio emocional crónico» que se manifiesta como apatía, desmotivación y una sensación abrumadora de agotamiento. Quienes están en esa situación no reaccionan con miedo al hantavirus: reaccionan con indiferencia, o con una especie de resignación cansada. «Ya pasó algo peor, esto no me va a mover», piensan. Es otra forma de trauma, aunque se vista de apatía.
Historias de carne y hueso
Pero el hantavirus no es solo un fenómeno psicológico colectivo. Es, antes que nada, una enfermedad que personas reales han padecido, a veces en soledad, a veces rozando la muerte. En abril de 2025, Nazareno, un ganadero de Bariloche, empezó a sentir un cansancio extraño. Lo atribuyó a un resfrío, pero los días pasaron y su cuerpo dejó de responder. Lo derivaron al hospital público, donde los médicos le diagnosticaron hantavirus. Su cuadro se complicó rápidamente: pasó a terapia intensiva y entró en coma farmacológico.
En ese momento crítico, los médicos le propusieron a su familia probar un medicamento experimental llamado tocilizumab, cuyo uso en hantavirus aún no estaba aprobado formalmente. Firmaron los papeles, cruzaron los dedos. Nazareno despertó. Estuvo internado 17 días en total, y al salir, lo primero que hizo fue reconocer: «Al verlo a la distancia y al tener en cuenta los casos que pasan y que no alcanzan a darles el medicamento o los diagnostican tarde, la verdad es que tuve mucha suerte». Cuando le preguntaron si le daba miedo volver a contagiarse, respondió con una honestidad desarmante: «No, no me da miedo. Vivo en un lugar que es puro monte, en el campo también, y no se puede andar todo el día con barbijo. Traté de no traumarme tampoco porque hay que seguir viviendo».
Raúl Tarcacho, un jujeño que lleva el hantavirus en la memoria desde 2007, tiene una historia parecida. Empezó con dolores de cabeza intensos que confundió con una gripe, y terminó en terapia intensiva con insuficiencia respiratoria. «Tenía todo tomado, los órganos no me funcionaban bien. Entré con una neumonía aguda», recuerda. Siete días en coma. Una recuperación que él mismo califica como milagrosa. Pero lo que más llama la atención de su testimonio es el tono: no hay en él un exceso de dramatismo, sino una especie de aceptación práctica de que la vida sigue.
Estos relatos importan porque nos recuerdan que el hantavirus, cuando golpea, golpea duro. No es una gripe. Las formas graves pueden tener una letalidad que varía entre el 20 % y el 50 % dependiendo de la región y de la cepa del virus. Pero también nos recuerdan otra cosa: que la mayoría de quienes lo padecen sobreviven. Y que la supervivencia, incluso después de un coma inducido, es posible.
El estigma, el miedo y la voz pública
El brote del crucero ha tenido otra consecuencia menos comentada pero igual de relevante: ha puesto sobre la mesa la tensión entre la prevención sanitaria y la solidaridad. En las redes sociales, en las conversaciones de barrio, en los titulares de algunos medios, ha empezado a aflorar un discurso que identifica a los pasajeros del barco como «los que traen el virus», «los responsables de la alarma». El psicólogo Omar Rueda lo describe con claridad: «El peligro es acabar viendo a la persona contagiada como un factor de riesgo y no como a un ciudadano».
Es un fenómeno conocido como estigmatización sanitaria. Ocurre cuando el miedo a la enfermedad se proyecta sobre las personas enfermas o quienes se perciben como potencialmente peligrosas. En el contexto de una epidemia, la estigmatización puede ser tan dañina como la propia enfermedad: aísla a los pacientes, disuade a quienes tienen síntomas de buscar atención médica, y fragmenta a las comunidades justo cuando más necesitan estar unidas.
El caso del crucero tiene también una dimensión política. Argentina y Chile han intercambiado declaraciones sobre el origen del brote, y el Ministerio de Salud argentino ha acusado a la OMS de utilizar la emergencia para presionar decisiones soberanas. Más allá de las disputas diplomáticas, lo que queda claro es que el hantavirus se ha convertido también en un arma retórica, un elemento más en una discusión que tiene muy poco que ver con la salud pública y mucho con la política. Y en medio de esa tormenta, los pasajeros del crucero —algunos de ellos aún hospitalizados— esperan respuestas.
Factores que alimentan la psicosis
No podemos entender la dimensión psicológica del hantavirus sin nombrar algunos factores concretos que están alimentando la psicosis. El primero es el cambio climático. El aumento de las temperaturas está ampliando el hábitat de los roedores que transmiten el virus, lo que a su vez incrementa las posibilidades de contacto entre humanos y animales infectados. El especialista argentino Hugo Pizzi lo explica sin rodeos: «El cambio climático entró a Argentina y al haberse tropicalizado Argentina trajo muchos problemas, como dengue, zika, chikunguña y fiebre amarilla. Ese cambio a lo mejor ha favorecido una mayor floración y una mayor cantidad de semillas que son el alimento de estos ratones».
El segundo factor es el desconocimiento. Aunque el hantavirus se describió por primera vez en la década de 1970 y ha sido objeto de estudio en brotes localizados desde entonces, sigue siendo una enfermedad poco comprendida por el gran público. La mayoría de las personas saben que existe, pero no saben exactamente cómo se transmite (inhalación de polvo contaminado con heces u orina de roedores infectados), cuál es su período de incubación (de una a cinco semanas), ni qué hacer para prevenir el contagio (ventilar espacios cerrados antes de limpiarlos, no barrer en seco, usar mascarilla y guantes en zonas de riesgo). Y en el vacío de información, el miedo encuentra su mejor aliado.
El tercer factor es la comparación con el covid. Es inevitable. Dos enfermedades respiratorias graves, dos brotes que llegan con fuerza a los titulares, dos momentos en los que la incertidumbre parece dominarlo todo. Pero los expertos coinciden en que la comparación es más engañosa que útil. El covid se transmitía por gotículas respiratorias, era altamente contagioso y se extendió por el mundo en cuestión de semanas. El hantavirus, en cambio, requiere un contacto muy específico con el agente infeccioso (excrementos de roedores) y, salvo en la variante Andes —presente en la Patagonia— no se transmite de persona a persona. El riesgo de que el hantavirus se convierta en una pandemia global es, literalmente, bajísimo.
El doble filo de la prevención
Hay algo irónico en toda esta historia. Las medidas que se recomiendan para prevenir el contagio del hantavirus son, en esencia, las mismas que ya aprendimos durante la pandemia: ventilar los espacios, usar mascarilla en zonas de riesgo, lavarse las manos con frecuencia, mantener limpios los hogares y los lugares de trabajo. Pero mientras que durante el covid estas medidas se convirtieron en una especie de ritual colectivo —con sus tensiones, sus debates, sus agotamientos—, ahora se nos pide retomarlas sin el respaldo de la urgencia compartida que impulsaba aquel comportamiento.
El resultado es una mezcla extraña de conductas. Hay personas que, movidas por el miedo y el recuerdo del trauma, intensifican las precauciones hasta el extremo: limpiezas exhaustivas, aislamiento voluntario, consultas médicas ante el más mínimo síntoma. Y hay personas que, vencidas por la fatiga pandémica o simplemente convencidas de que «esto no va conmigo», descuidan por completo las recomendaciones. Ninguno de los dos extremos es saludable. El desafío psicológico, en este contexto, es encontrar el punto medio: mantener la alerta sin caer en la paranoia, cuidarse sin dejar de vivir.
La resiliencia como antídoto
Si algo nos han enseñado las historias de supervivientes del hantavirus es que la resiliencia existe. Nazareno, el ganadero barilochense, salió del coma con una conciencia aguda de su propia suerte y una disposición firme a no dejar que el miedo gobierne su vida. «Hay que seguir viviendo», repite como un mantra, y en esa frase hay más sabiduría de la que parece. La resiliencia no es negar el peligro; es reconocerlo, tomar las precauciones necesarias y luego seguir adelante.
Las comunidades que han convivido con el hantavirus durante décadas —en la Patagonia argentina y chilena, en algunas zonas rurales de Estados Unidos, en regiones de Asia y Europa— también han desarrollado sus propias estrategias de afrontamiento. Saben que el virus está ahí, que no va a desaparecer, que ciertas actividades (cortar leña, limpiar galpones, trabajar en el campo) conllevan un riesgo. Pero también saben que el riesgo se puede gestionar: ventilando los espacios, usando protección adecuada, acudiendo al médico ante los primeros síntomas. No es una solución perfecta, pero es una solución realista. Y en un mundo donde la perfección no existe, el realismo puede ser un antídoto poderoso contra la ansiedad.
Conclusión (por si sirve de algo)
El hantavirus no es el nuevo covid. No lo será porque sus características biológicas lo impiden: su transmisión es mucho más limitada, su incidencia es mucho menor, y la humanidad —esta vez sí— tiene cierta experiencia en cómo manejarlo. Pero eso no significa que la alarma que ha generado sea absurda o infundada. La alarma es real, y tiene causas profundas que van mucho más allá de la enfermedad en sí. Vivimos en una sociedad que aún no ha terminado de procesar una pandemia. Y mientras ese procesamiento no se complete —mientras no haya espacio para hablar del trauma, la memoria nerviosa colectiva y la fatiga emocional— cualquier noticia sobre una enfermedad nueva o poco conocida seguirá encendiendo la mecha de la psicosis colectiva.
La buena noticia, si es que la hay, es que la conciencia de todo esto es ya un primer paso. Saber por qué tenemos miedo —y por qué ese miedo a veces se desborda— puede ayudarnos a modularlo. Saber que el hantavirus es un riesgo real pero manejable puede ayudarnos a tomar decisiones informadas en lugar de reacciones impulsivas. Saber que las personas contagiadas son ciudadanos, no enemigos, puede ayudarnos a preservar la solidaridad en medio de la incertidumbre. Y saber que hay supervivientes que han vuelto a la normalidad —que han vuelto a cortar leña, a vivir en el campo, a seguir con sus vidas— puede recordarnos algo que el miedo tiende a hacer olvidar: que la vida, a pesar de todo, sigue siendo posible.
El hantavirus pasará. Como pasó el covid, como pasan todas las crisis. Pero la cicatriz que deja en nuestra psicología colectiva —esa memoria nerviosa que nos pone en alerta ante la más mínima señal de peligro— probablemente tardará mucho más en desvanecerse. La pregunta no es si volverán a aparecer nuevas amenazas sanitarias. La pregunta es si, cuando aparezcan, seremos capaces de distinguir entre el miedo útil y el miedo paralizante. Entre la precaución razonable y el pánico irracional. Entre protegernos a nosotros mismos y seguir viendo en el otro a un ser humano, no a un factor de riesgo.
De momento, lo único que podemos hacer es respirar hondo, ventilar la casa, y recordar que después de la tormenta siempre vuelve la calma. Aunque nos cueste un poco creerlo.
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