Por la redacción El Periódico de la Psicología – Hospital Clínic – IDIBAPS
Durante décadas, hemos aprendido a mirar la salud mental como algo separado de la salud física. Como si la mente habitaran un piso distinto al del cuerpo, como si la tristeza profunda, la desconfianza o la desconexión de la realidad fueran asuntos que solo competen al alma y no a las arterias, al corazón o a las neuronas que se apagan sin previo aviso.
Un estudio liderado por el Hospital Clínic‑IDIBAPS de Barcelona acaba de recordarnos, con una contundencia que duele, que esa separación es un espejismo peligroso. Y que las personas con trastornos mentales graves —esquizofrenia, trastorno bipolar o depresión mayor— no solo enfrentan el peso de su diagnóstico psiquiátrico, sino que su cuerpo entero está en alerta, con un riesgo mucho mayor de desarrollar demencia a cualquier edad y de sufrir un ictus, especialmente en las etapas jóvenes y medias de la vida.
Los números son escalofriantes. El trabajo, publicado en la revista European Neuropsychopharmacology, ha analizado los datos de casi 700.000 personas en Cataluña. No es una muestra pequeña ni un estudio menor. Es la fotografía de una realidad que llevamos ignorando demasiado tiempo: la prevalencia de demencia es significativamente superior en el grupo con trastornos mentales graves en todos los grupos de edad. Y el riesgo de ictus se dispara sobre todo en adultos jóvenes y de mediana edad, justo en esas décadas en las que nadie espera que un accidente cerebrovascular llame a la puerta.
¿Qué significa esto en la vida de una persona? Significa que quien lucha contra una enfermedad mental está librando, sin saberlo, una batalla también contra su propio sistema cardiovascular y neurológico. Significa que el cuerpo guarda silencio mientras la mente grita, pero el desgaste es real, acumulativo y, en demasiados casos, mortal.
El doctor Eduard Vieta, jefe del Servicio de Psiquiatría y Psicología del Clínic y líder del grupo de Trastornos Bipolares y Depresivos del IDIBAPS, lo ha expresado con claridad: los trastornos mentales graves no solo afectan a la salud mental, sino que están «estrechamente relacionados» con otras enfermedades neurológicas y cardiovasculares. Y ha añadido una frase que debería resonar en cada consulta, en cada hospital, en cada política sanitaria: «Esto nos obliga a replantear el modelo asistencial hacia una visión más integral».
Porque durante años hemos tratado la enfermedad mental como un compartimento estanco. Derivamos al psiquiatra, al psicólogo, recetamos fármacos que actúan sobre la serotonina o la dopamina, y damos por hecho que el resto del cuerpo seguirá funcionando como si nada. Pero no funciona así. El estrés crónico, la inflamación de bajo grado, los efectos secundarios de algunos psicofármacos, los hábitos de vida que a menudo acompañan a los trastornos graves —sedentarismo, mala alimentación, tabaco—, todo ello va minando silenciosamente las defensas del organismo.
Investigaciones recientes apuntan incluso a que la vulnerabilidad genética a enfermedades cardiometabólicas y autoinmunes constituye una fracción sustancial de los problemas de salud física que enfrentan las personas con trastornos mentales graves. No es solo cuestión de estilo de vida. Es también una cuestión de biología, de genética, de una fragilidad que nace con la persona y que la acompaña toda la vida.
Pero hay algo más, algo que este estudio pone sobre la mesa con una crudeza que no podemos eludir: la demencia y el ictus no son enfermedades de viejos. En las personas con trastornos mentales graves, estas patologías aparecen antes, mucho antes de lo esperado. Y cuando llegan, no avisan. No dan tiempo a prepararse. Arrebatan años de vida, años de memoria, años de autonomía.
Michele De Prisco, investigador del IDIBAPS, ha subrayado que los trastornos mentales graves deberían considerarse factores de riesgo para la demencia y el ictus, especialmente en edades en las que no se esperan estas patologías. Y ha insistido en la necesidad de avanzar en programas de prevención y vigilancia clínica específica para esta población.
¿Y qué hacemos con esto? ¿Cómo traducimos estos hallazgos en algo que mejore la vida de las personas?
El estudio del Clínic abre una puerta, quizá la más importante de todas: la de la detección precoz. Si sabemos que una persona con esquizofrenia, trastorno bipolar o depresión mayor tiene un riesgo elevado de desarrollar demencia o sufrir un ictus, entonces tenemos la obligación de mirar más allá del síntoma psiquiátrico. De hacer chequeos neurológicos y cardiovasculares periódicos. De vigilar la tensión arterial, el colesterol, los marcadores inflamatorios. De preguntar por el dolor de cabeza, por el mareo, por esa sensación extraña que quizá no sea solo ansiedad.
No se trata de añadir más miedo a quien ya vive con el peso de un diagnóstico grave. Se trata de ofrecer herramientas, de ampliar la mirada, de decirle a esa persona: «Tu mente importa, pero tu cuerpo también. Y vamos a cuidar de los dos».
El doctor Vieta lo ha resumido con una frase que debería ser el principio de cualquier política sanitaria que se precie: el objetivo final es reducir la morbilidad y mejorar la calidad de vida. No curar la enfermedad mental y olvidar el resto. No medicar la tristeza y desatender la presión arterial. Cuidar a la persona entera, con todas sus capas, con todas sus vulnerabilidades, con toda su humanidad.
Porque al final, la salud no es un puzzle de piezas separadas. Es un tejido único donde cada hilo sostiene a los demás. Y cuando un hilo se rompe, todo el tejido se resiente.
Este estudio nos recuerda algo que la psicología lleva años susurrando y que la medicina empieza a escuchar: la mente no flota sobre el cuerpo. Habita en él. Late con él. Y cuando la mente enferma, el cuerpo también se resiente. Pero también al revés: cuando empezamos a cuidar el cuerpo, quizá, solo quizá, la mente encuentre un respiro.
La pregunta no es si estamos preparados para este cambio de paradigma. La pregunta es si podemos permitirnos seguir ignorándolo.
Referencia principal: Estudio liderado por el Hospital Clínic-IDIBAPS, basado en datos de casi 700.000 personas de Cataluña y publicado en European Neuropsychopharmacology (2026).
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