Por Joan Ramón Miret
La paradoja de nuestros días se ha instalado en el debate sobre inteligencia artificial y emociones: los seres humanos prefieren la empatía genuinamente humana sobre la artificial, incluso cuando no logran distinguir quién —o qué— les ha ofrecido exactamente el mismo mensaje de consuelo. Un estudio internacional liderado por la Universidad Hebrea de Jerusalén y publicado en la prestigiosa revista Nature Human Behaviour ha arrojado luz sobre esta contradicción, confirmando que la etiqueta «humano» sigue siendo el factor clave que determina cómo valoramos un gesto empático, por encima incluso de su contenido real.
Seis mil participantes, nueve experimentos y una misma conclusión
El equipo de investigación, liderado por la profesora Anat Perry y su estudiante de doctorado Matan Rubin, en colaboración con las universidades de Harvard y Texas, diseñó nueve experimentos distintos en los que participaron más de 6.200 personas. En todos los casos, se presentó a los participantes respuestas empáticas generadas íntegramente por grandes modelos de lenguaje. La única diferencia era la información que se les proporcionaba sobre el origen de ese mensaje: a unos se les decía que procedía de un ser humano; a otros, que lo había escrito un chatbot de inteligencia artificial.
El resultado fue rotundo y sistemático. Las respuestas atribuidas a un humano se puntuaron sistemáticamente como más cálidas, más solidarias y emocionalmente más satisfactorias que las respuestas idénticas atribuidas a una IA. Los participantes que creían estar recibiendo apoyo de otra persona experimentaron más emociones positivas y menos negativas que aquellos que sabían que el mensaje provenía de una máquina. Las palabras eran las mismas; la diferencia estaba en la creencia de quién las había escrito.
«Estamos entrando en una era en la que la IA puede producir respuestas que parecen y suenan empáticas», señaló la profesora Perry. «Pero esta investigación muestra que, incluso si la IA puede simular la empatía, las personas siguen prefiriendo sentir que otro ser humano realmente las entiende, siente con ellas y se preocupa».
Lo que importa: sentir, no solo entender
No todos los componentes de la empatía pesan igual en esta preferencia. Los investigadores identificaron que la clave reside en los aspectos afectivos y motivacionales de la empatía: el intercambio emocional genuino, la sensación de que al otro lado alguien se implica personalmente, se alegra con nuestras alegrías y se entristece con nuestras penas. Cuando los mensajes se centraban en este tipo de contenido, la preferencia por la etiqueta «humano» se acentuaba aún más. Por el contrario, cuando la respuesta se limitaba a una comprensión puramente cognitiva —entender qué sucede, pero sin implicación emocional— la diferencia entre humano y máquina se diluía.
La disposición a esperar fue otro de los hallazgos reveladores. En los experimentos, los participantes mostraban su preferencia no solo a través de sus puntuaciones, sino también de sus elecciones: estaban dispuestos a esperar días o incluso semanas para recibir una respuesta de un ser humano antes que obtener una respuesta inmediata de un chatbot. La inmediatez de la máquina no compensa la pérdida de autenticidad percibida.
El coste oculto de delegar en la IA
Pero el estudio también advierte de un fenómeno que, de no considerarse, podría erosionar silenciosamente nuestras relaciones. Cuando los participantes creían que una IA había participado en la redacción o edición de un mensaje que ellos consideraban humano, el valor emocional que le atribuían descendía de forma significativa. La percepción de que el mensaje ha sido «fabricado» con ayuda de una máquina, por leve que sea, resta sinceridad a la comunicación.
«En el mundo actual, se está volviendo algo natural pasar nuestros correos electrónicos o mensajes por la IA», reflexiona Perry. «Pero nuestros hallazgos sugieren un coste oculto: cuanto más confiamos en la IA, más riesgo corremos de que nuestras palabras parezcan huecas. A medida que la gente empiece a asumir que cada mensaje está generado por IA, la sinceridad percibida, y con ella la conexión emocional, puede empezar a desaparecer».
Implicaciones para la salud mental, la educación y los vínculos reales
Las conclusiones del estudio tienen un impacto directo sobre los ámbitos donde la conexión emocional es más necesaria. En contextos de salud mental, por ejemplo, la IA puede ayudar a escalar los sistemas de apoyo, ofreciendo una primera escucha o un acompañamiento básico a un mayor número de personas. Pero en los momentos que requieren una conexión emocional profunda, la gente sigue queriendo el toque humano. Del mismo modo, en el ámbito educativo, los autores del estudio señalan que la clave está en saber preservar aquellos espacios donde la presencia humana sigue siendo insustituible.
Los investigadores advierten además de un posible efecto paradójico: si la IA reemplaza demasiadas interacciones emocionales cotidianas, podría terminar perjudicando las relaciones reales y aumentando la sensación de soledad. La paradoja de la tecnología es que, por muy bien que nos trate una máquina, no puede llenar el vacío que deja la ausencia de otro ser humano.
El desafío de preservar la autenticidad
El estudio de Nature Human Behaviour nos plantea, en el fondo, una cuestión que trasciende la tecnología: ¿qué es lo que realmente valoramos cuando alguien nos muestra empatía?. No se trata solo de recibir las palabras adecuadas en el momento adecuado. Valoramos la certeza de que detrás de esas palabras hay alguien que ha invertido su tiempo, su atención y su emoción. Valoramos el esfuerzo. Valoramos la imperfección. En definitiva, valoramos la certeza de que no estamos solos.
En una era en la que la inteligencia artificial se perfecciona a pasos agigantados y los chatbots aprenden a imitar cada vez mejor nuestras expresiones más humanas, este hallazgo supone un recordatorio necesario. Las máquinas pueden ayudarnos a entender las emociones, incluso a detectarlas y clasificarlas con una precisión superior a la nuestra, pero la conexión humana se fundamenta en algo que ninguna IA, por sofisticada que sea, puede reproducir: la certeza de que al otro lado hay otro ser humano que siente con nosotros.
Como concluye la profesora Perry, «la IA puede ayudar a escalar los sistemas de apoyo, pero en los momentos que requieren una conexión emocional profunda, la gente sigue queriendo el toque humano». Quizá, en el fondo, esa sea la gran lección de esta era tecnológica: que lo que más nos importa sigue siendo, sencillamente, lo humano.
El Periódico de la Psicología www.elperiodicodelapsicologia.info ISSN 2696-0850 medio de comunicación especializado y Humanista info2elperiodicodelapsicologia.info Tel +34 675763503