Hay preguntas que la psicología académica, en su legítimo afán por ser científica, ha preferido dejar en el umbral. Preguntas incómodas, difíciles de medir, que huelen a misterio y que, durante décadas, han sido desterradas al territorio de lo anecdótico, cuando no al de lo directamente sospechoso. La parapsicología ha sido, para la psicología, esa sombra incómoda que la acompañó en sus orígenes y que luego, por vergüenza o por pragmatismo, decidió negar. Pero ocurre que las sombras, cuando se las mira con atención, también tienen mucho que decir sobre la luz que las proyecta.
Por el equipo de redacción de EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA
Los orígenes compartidos. A finales del siglo XIX, las fronteras entre psicología y parapsicología eran difusas. Los mismos pioneros que sentaban las bases de la psicología científica —William James, por citar al más ilustre— se tomaban en serio los fenómenos que hoy llamaríamos paranormales. James, que fue presidente de la Sociedad Americana de Investigación Psíquica, sostenía que la conciencia humana era un territorio vasto y en gran parte inexplorado, y que negar la posibilidad de fenómenos como la telepatía o la clarividencia solo porque no encajaban en el paradigma dominante era, en el fondo, una forma de dogmatismo.
Con el tiempo, la psicología tomó otro camino. Necesitaba demostrar que era una ciencia seria, con métodos rigurosos y resultados replicables. Y la parapsicología, con sus fenómenos escurridizos y su dificultad para ser atrapada en el laboratorio, se convirtió en esa pariente pobre a la que era mejor no mencionar en las reuniones familiares. Pero el vínculo nunca se rompió del todo. Porque, en el fondo, ambas disciplinas comparten una misma pregunta fundamental: ¿qué es la mente humana y hasta dónde llegan sus posibilidades?
La mirada humanista como puente. Desde la psicología humanista, esta separación resulta, cuando menos, problemática. Porque el enfoque humanista —el de Rogers, el de Maslow, el de la psicología que entiende al ser humano como un todo irreductible a sus partes— siempre ha defendido que la experiencia subjetiva importa, que lo que la persona siente y vive es tan válido como lo que puede medirse con un cuestionario. Y la experiencia subjetiva está llena de fenómenos que la ciencia académica no sabe bien cómo clasificar: esas coincidencias que parecen demasiado precisas para ser casuales, esos sueños que anticipan algo que luego sucede, esa sensación de haber vivido ya un momento que se está viviendo por primera vez.
¿Son estos fenómenos «reales» en el sentido científico? La parapsicología, en su versión más rigurosa, no reclama certidumbres, sino que plantea preguntas. Y ahí reside quizá su valor más profundo: nos recuerda que la mente humana es un territorio que aún no hemos cartografiado del todo, que hay experiencias que se resisten a ser encasilladas y que, tal vez, nuestra necesidad de explicarlo todo es, en sí misma, una forma de limitar nuestra comprensión de lo humano.
Lo que la parapsicología le debe a la psicología. No se trata, por supuesto, de defender la parapsicología como un conjunto de certezas. Buena parte de lo que se ha publicado bajo ese rótulo no resiste un examen mínimamente crítico. Pero tampoco se trata de descalificarla en bloque, como a veces hace la psicología más ortodoxa, con ese gesto de superioridad que tan mal sienta a una disciplina que dice ocuparse del bienestar de las personas.
La parapsicología le debe a la psicología sus mejores herramientas: el método experimental, el control riguroso de variables, la estadística. Y la psicología, quizá, le debe a la parapsicología la humildad de reconocer que hay fenómenos mentales que aún no comprendemos, y que etiquetarlos como «anómalos» o «paranormales» dice más sobre nuestras limitaciones como científicos que sobre la naturaleza de esos fenómenos.
El valor de lo inexplicado. Hay quien sostiene que la parapsicología no es una ciencia porque sus fenómenos no son replicables. Y es cierto: la telepatía no se produce bajo demanda en un laboratorio, como tampoco se produce la inspiración poética o el amor a primera vista. Pero eso no significa que estos fenómenos no existan o que no merezcan ser estudiados. Significa, simplemente, que son esquivos, que pertenecen a esa categoría de experiencias humanas que se resisten a ser enjauladas en un protocolo experimental.
Desde una perspectiva humanista, la pregunta no es tanto si la parapsicología es o no una ciencia, sino qué nos dice sobre nosotros mismos el hecho de que existan personas que tengan este tipo de experiencias, y que esas experiencias sean significativas para ellas. Porque, al final, la psicología no estudia solo lo que se puede medir, sino también lo que importa. Y para muchas personas, esas experiencias que la ciencia prefiere ignorar importan, y mucho.
Conclusión: la mente como frontera. La parapsicología es, en el fondo, un recordatorio incómodo de que la mente humana sigue siendo, en gran medida, un territorio desconocido. Y la psicología, en su versión más humanista, debería sentirse interpelada por ese desconocimiento, no para abrazar todas las explicaciones sobrenaturales que circulan por ahí, sino para recordar que su objeto de estudio —la experiencia humana— es más vasto y más complejo de lo que cualquier teoría puede abarcar.
Quizá el mayor aporte de la parapsicología a la psicología no sea ningún descubrimiento concreto, sino una actitud: la de mantener abierta la pregunta sobre lo que la mente puede ser, la de no dar por cerrado el mapa de lo humano, la de mirar con curiosidad, y no con desdén, aquello que aún no sabemos explicar. Porque, como bien sabía William James, la ciencia avanza no cuando encuentra respuestas definitivas, sino cuando se atreve a formular preguntas que antes no se había atrevido a plantear.
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