Por Redacción El Periódico de la Psicología
Hay una verdad incómoda que la psicología lleva décadas susurrando y que un equipo de la Universidad de Oxford ha puesto sobre la mesa con una claridad casi quirúrgica: la forma en que nos vemos a nosotros mismos moldea la forma en que vemos el mundo. Y cuando esa mirada interior es turbia, el mundo exterior se vuelve hostil.
Un estudio pionero publicado en 2014 en la revista Behavioural and Cognitive Psychotherapy demostró algo que muchos clínicos ya intuían pero que pocos habían podido probar experimentalmente: la baja autoestima no es solo una herida emocional, es un caldo de cultivo para los pensamientos paranoicos.
El equipo, liderado por el profesor Daniel Freeman del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Oxford, diseñó un experimento tan sencillo como revelador. Reclutaron a 26 hombres que habían experimentado ideas paranoides en el mes anterior. A cada uno se le sumergió en un entorno de realidad virtual neutro, una especie de escenario social cotidiano. Pero antes de entrar, los investigadores manipulaban su percepción de sí mismos: en una ocasión, se les inducía a sentirse seguros y valiosos; en otra, se les hacía sentir pequeños e inseguros.
Los resultados fueron contundentes. Cuando los participantes se sentían vulnerables y con baja autoestima, su nivel de paranoia en el entorno virtual se disparaba. Veían amenazas donde antes no las había. Interpretaban miradas neutras como juicios hostiles. El mundo, de repente, se volvía un lugar peligroso.
¿Qué nos dice esto sobre nosotros mismos? Que la paranoia no es un delirio arbitrario, sino una lógica distorsionada que nace de una herida profunda. Como explicaba el propio Freeman: «Ser alto está asociado con un mayor éxito profesional y en las relaciones sociales. La altura es vista como un rasgo que confiere autoridad y nos sentimos más altos cuando nos sentimos más poderosos». La metáfora es física, pero la realidad es psicológica: cuando nos sentimos pequeños, el mundo nos aplasta.
El estudio, que también incluyó una muestra de 60 mujeres en una fase complementaria, fue publicado en Psychiatry Research y recogido por medios de todo el mundo. Pero más allá de la repercusión mediática, lo verdaderamente relevante es su implicación clínica: si la baja autoestima alimenta la paranoia, entonces fortalecer la autoestima puede ser una vía de tratamiento.
No es una idea menor. Durante décadas, la paranoia se ha abordado principalmente desde la medicación y la terapia cognitivo-conductual centrada en los delirios. Este estudio sugiere que trabajar la autopercepción, la valía personal y la seguridad interna podría ser tan importante como desafiar las creencias persecutorias. Porque el miedo a los demás, en el fondo, es a menudo el miedo a no ser suficiente.
Investigaciones posteriores del mismo grupo de Oxford han seguido explorando esta conexión. En 2023, el equipo de Freeman publicó la Oxford Positive Self Scale (OxPos), una herramienta para evaluar las creencias positivas sobre uno mismo. Los resultados mostraron que una puntuación alta en autoestima positiva se correlaciona negativamente con la paranoia. No es casualidad: quien se siente valioso, se siente seguro.
Pero quizá lo más humano de todo esto es reconocer que todos, en algún momento, hemos mirado el mundo con desconfianza porque nos mirábamos a nosotros mismos con dureza. La paranoia no es un fenómeno ajeno, extraño, propio de «otros». Es una posibilidad que habita en cada uno de nosotros cuando la autoestima flaquea.
El estudio de Oxford nos recuerda que la salud mental no es solo cuestión de síntomas, sino de narrativas internas. Y que, a veces, la mejor manera de desactivar el miedo a los demás es empezar a reconciliarnos con nosotros mismos.
Porque, al final, el mundo no es más hostil de lo que creemos que merecemos.
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