Un nuevo marco teórico propone que la salud mental no se cura solo en la consulta, sino en la calle, en las escuelas y en las políticas públicas
Por Joan Ramón Miret editor www.elperiodicodelapsicologia.info
Vamos a empezar con una confesión incómoda. Durante décadas, el modelo dominante en salud mental ha tratado el sufrimiento psicológico como si fuera un problema que ocurre dentro de la cabeza de cada persona, aislado del mundo que la rodea. Como si la depresión, la ansiedad o la psicosis fueran fallos internos que hay que reparar con terapias y fármacos, sin preguntarse demasiado por qué hay barrios enteros donde estos problemas son mucho más frecuentes que en otros.
Un nuevo artículo publicado en PLOS Mental Health viene a poner el dedo en la llaga. Y lo hace con un lenguaje que, por primera vez, no se anda con rodeos: la salud mental global necesita un enfoque de justicia social. No basta con repartir recursos. Hay que cambiar las reglas del juego.
Más allá del «acceso a la atención». El artículo, firmado por un equipo internacional de investigadores de países como Reino Unido, Canadá, Sudáfrica y Estados Unidos, plantea algo que parece obvio pero que rara vez se dice en los círculos académicos: la mala salud mental no se distribuye al azar. Está profundamente condicionada por la desigualdad, la pobreza, el racismo, la violencia estructural y la precariedad laboral.
Los autores proponen un nuevo marco al que llaman «economía sociopolítica de la salud mental global». Detrás de ese nombre técnico se esconde una idea muy simple: las condiciones materiales de nuestra vida —dónde nacemos, cómo trabajamos, si tenemos redes de apoyo, si podemos pagar el alquiler— determinan en gran medida nuestra salud mental.
Y sin embargo, el sistema de salud mental sigue actuando como si el problema estuviera solo en el individuo. Como si la ansiedad de una madre que no puede llegar a fin de mes fuera un trastorno químico aislado, y no una respuesta comprensible a un entorno que la agota. Como si la desesperanza de un joven sin empleo en un barrio marginal fuera un desequilibrio serotoninérgico, y no una señal de alarma de un sistema que le ha fallado.
La trampa del enfoque individual ¿Por qué seguimos insistiendo en tratar la salud mental como un asunto privado? Parte de la respuesta está en cómo se construyó el modelo de salud mental a lo largo del siglo XX. La psiquiatría biológica, con todos sus avances, tendió a mirar hacia dentro: hacia los neurotransmisores, los genes, los circuitos cerebrales. Y eso no está mal —la biología importa— pero se olvidó de mirar hacia fuera.
El problema, como señalan los autores, es que ese enfoque ha terminado medicalizando el malestar social. Convertir en enfermedades individuales lo que son respuestas a entornos enfermos. Y eso tiene consecuencias prácticas: si el problema es de la persona, la solución es que esa persona se adapte. Si el problema es del entorno, la solución es cambiar el entorno.
No es casualidad que los países con mayores niveles de desigualdad tengan también peores indicadores de salud mental. No es casualidad que las comunidades que han sufrido discriminación histórica presenten tasas más altas de depresión y ansiedad. La salud mental no es un hecho biológico puro; es también un hecho político, económico y social.
Cinco dimensiones para un cambio real. El artículo no se queda en la denuncia. Propone un modelo que analiza la salud mental a través de cinco dimensiones interconectadas:
Los factores estructurales y de poder: cómo las políticas económicas, las leyes y las instituciones distribuyen (o concentran) el bienestar.
Los sistemas de significado: cómo las culturas, las religiones y los discursos sociales moldean lo que entendemos por «salud» o «enfermedad».
La red de relaciones: el apoyo social, las comunidades, la familia, y también las dinámicas de poder que se juegan en ellas.
La experiencia individual: cómo cada persona vive y da sentido a su sufrimiento.
Las respuestas de los sistemas de salud: los servicios, los tratamientos, las políticas de atención.
Lo revolucionario de este enfoque es que pone la acción colectiva en el centro. No se trata solo de que los psiquiatras y psicólogos cambien su forma de trabajar —aunque también—. Se trata de que la salud mental deje de ser una competencia exclusiva del sistema sanitario y se convierta en una prioridad de todas las políticas: vivienda, educación, empleo, urbanismo, justicia.
Lo que el psiquiatra no puede hacer solo. Hay una conversación que está empezando a tener lugar en los servicios de salud mental de todo el mundo. Cada vez más profesionales reconocen que sus herramientas —por buenas que sean— tienen un límite. Pueden ayudar a una persona a manejar su ansiedad, pero no pueden cambiar el hecho de que esa persona vive en un piso sin aislamiento acústico, con deudas y sin red de apoyo. Pueden recetar un antidepresivo, pero no crear empleos dignos.
La pregunta incómoda que plantea este artículo es: ¿hasta qué punto estamos utilizando los recursos de salud mental para tapar agujeros que deberían tapar otras políticas?
Si un niño llega a la consulta con síntomas de ansiedad, ¿estamos tratando a ese niño o estamos tratando un sistema educativo que lo sobrecarga, una familia que está al límite, una sociedad que no le da espacios para jugar y equivocarse?
Si un adulto llega con depresión, ¿estamos tratando a esa persona o estamos tratando un mercado laboral que exige disponibilidad total, una precariedad que no permite planificar el futuro, una soledad que la urbanización ha agravado?
La esperanza en la acción colectiva. Pero no todo es crítica. Lo más valioso de este nuevo enfoque es que abre un horizonte de posibilidad. Si la mala salud mental tiene causas sociales, entonces las soluciones también pueden ser sociales. Y eso significa que podemos hacer algo, no solo como profesionales, sino como sociedad.
Significa que construir una vivienda pública no es solo una medida de política social: es también una medida de salud mental. Significa que garantizar el salario mínimo no es solo justicia económica: es también salud mental. Significa que crear espacios comunitarios, escuelas inclusivas, barrios caminables, es invertir en bienestar psicológico.
Como dice el artículo: «El modelo que proponemos sostiene que una economía sociopolítica de la salud mental global debe trascender la mera distribución de recursos para comprometerse con la acción colectiva que cambie las condiciones que generan mala salud mental».
Un nuevo rol para el profesional. Este llamamiento no pide a los psiquiatras y psicólogos que dejen de hacer su trabajo. Les pide que lo hagan de otra manera. Que escuchen no solo los síntomas, sino las historias completas. Que pregunten no solo «¿cómo te sientes?» sino también «¿cómo es tu vida?». Que reconozcan que su consulta no es una burbuja aislada, sino un nudo en una red mucho más amplia.
Y sobre todo, les pide que se conviertan en defensores de la justicia social dentro y fuera del sistema sanitario. Que alcen la voz cuando vean que el sufrimiento que atienden tiene raíces que ellos no pueden cortar solos. Que se alíen con movimientos sociales, con sindicatos, con organizaciones vecinales.
Porque la salud mental, al final, es la salud de una sociedad entera. Y no se cura en la consulta de un profesional, por muy bueno que sea. Se cura cuando dejamos de tratar los síntomas de un sistema enfermo y empezamos a curar el sistema mismo.
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