Por el equipo de redacción de El Periódico de la Psicología
Si observamos a un adolescente hojeando su teléfono, es fácil quedarse con la imagen superficial: un dedo que se desliza, una mirada fija, un gesto casi mecánico. Pero detrás de ese gesto hay algo mucho más profundo y, para muchos psicólogos, cada vez más preocupante. La autoestima de nuestros jóvenes está quedando atrapada en una dinámica que no controlan, donde su valor como persona se mide en números: likes, comentarios y seguidores.
No se trata de una exageración. Es una realidad que está transformando la manera en que los adolescentes se ven a sí mismos.
Por el equipo de redacción de El Periódico de la Psicología
La validación como moneda de cambio
Durante la adolescencia, la necesidad de pertenecer a un grupo y recibir aprobación social es especialmente intensa. Es una etapa en la que la identidad está en construcción y la mirada de los demás tiene un peso enorme. Lo que ha cambiado es el escenario: ahora esa validación se negocia en pantallas.
Los adolescentes buscan constantemente esa aprobación a través de interacciones como los «me gusta» y los comentarios. No es un capricho: el número de reacciones se relaciona directamente con su estado de ánimo y su sentido de valía personal. Un estudio reciente publicado en el British Journal of Developmental Psychology reveló que los jóvenes son plenamente conscientes de cómo la cantidad de reacciones afecta a su estado de ánimo y a su sensación de autovaloración.
Dicho de otro modo: un adolescente puede sentirse invisible si una publicación no recibe la atención esperada. Y eso no es un drama menor. Es el reflejo de una autoestima que se ha vuelto dependiente de una audiencia.
La comparación constante: el veneno silencioso
Pero hay algo aún más dañino que la búsqueda de validación: la comparación social. Las redes sociales nos muestran, una y otra vez, vidas aparentemente perfectas. Fotos de viajes, cuerpos esculpidos, sonrisas eternas, éxitos continuos.
El problema, como señalan los expertos del Child Mind Institute, es que los estándares imposibles ya no los establecen celebridades y modelos, sino los propios compañeros de clase y amigos. Los adolescentes pueden editar sus vidas, mostrando solo los mejores momentos y ocultando los esfuerzos, las dificultades y lo ordinario del día a día.
Como decía Sasha, una estudiante de 16 años, al revisar Instagram: «Todo el mundo parece estar teniendo el mejor día de su vida, todo el tiempo». Y esa percepción, alimentada por la comparación constante, genera sentimientos de insuficiencia y baja autoestima.
Un estudio con 250 adolescentes de entre 13 y 18 años evidenció una correlación entre el uso intensivo de plataformas como Instagram, TikTok y Snapchat y niveles reducidos de autoestima, especialmente en aquellos que contrastan sus vidas con las de sus pares o con influencers. Las chicas, además, muestran una mayor tendencia a señalar una reducción de su autoestima atribuible a comparaciones físicas, mientras que los chicos ponen más énfasis en logros y popularidad en línea.
¿Son solo las redes sociales el problema?
Conviene hacer un matiz importante. Las redes sociales no son intrínsecamente malas. Pueden ser espacios de expresión personal, de conexión con comunidades de apoyo, de encuentro con modelos a seguir que promuevan valores positivos. Para adolescentes que enfrentan aislamiento o acoso, pueden incluso ser un refugio.
El problema no es la herramienta, sino el uso que hacemos de ella y, sobre todo, la dependencia emocional que genera. Cuando la autoestima queda supeditada a la reacción de los demás, el equilibrio se rompe. Y los adolescentes, en plena construcción de su identidad, son especialmente vulnerables a esa ruptura.
El papel de los padres y educadores
¿Qué podemos hacer? Los especialistas insisten en que no se trata de prohibir, sino de acompañar.
Es fundamental que los padres se tomen en serio las experiencias en línea de sus hijos y promuevan un pensamiento crítico sobre el contenido de las redes sociales y cómo afecta su estado de ánimo. Establecer momentos de «desconexión» familiar puede ayudar a los adolescentes a reconocer el impacto que las redes tienen en su bienestar.
También es clave fomentar actividades que refuercen la autoestima basada en capacidades y logros reales, no en la apariencia o en la aprobación externa. Ayudarles a entender que lo que ven en las redes es un recorte, una versión editada, no la vida real.
Y, quizás lo más importante, recordarles—y recordarnos—que su valor no se mide en likes.
La adolescencia ya era una etapa compleja antes de la llegada de las redes sociales. Ahora, los jóvenes navegan por ella con un espejo distorsionado en la mano: uno que les devuelve una imagen condicionada por la mirada de los demás. Como psicólogos y como sociedad, tenemos la responsabilidad de ayudarles a mirarse en otro espejo: el de su propia valía, incondicional e independiente de cualquier pantalla.
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