Lo que la recuperación del Ozono dice de nosotros

El agujero que nos enseñó a mirar hacia arriba: lo que la recuperación del ozono dice de nosotros

Por Redacción Barcelona El Periódico de la Psicología


Hay noticias que se leen con los ojos y noticias que se leen con el cuerpo. La recuperación de la capa de ozono pertenece a ese segundo grupo. Cuando la ONU confirmó que el Protocolo de Montreal estaba funcionando, que el agujero sobre la Antártida se cerraba lentamente, algo se movió en un lugar difícil de nombrar. No en la atmósfera. En nosotros.

Porque hubo un tiempo, no hace tanto, en que mirar el cielo daba miedo.

El miedo que aprendimos de niños. Quienes crecimos entre los años ochenta y noventa recordamos la letra pequeña de aquel terror: los aerosoles, los refrigerantes, esas latas que llevaban CFC y que un día nos dijeron que estaban rasgando una manta invisible que nos protegía. La imagen era poderosa y cruel: un agujero. Un agujero en el cielo. Y debajo, nosotros, pequeños, expuestos a un sol que ya no era solo luz, sino amenaza.

Aquel miedo tenía una cualidad extraña. No era el temor concreto a un depredador ni a una enfermedad. Era un miedo difuso, atmosférico en el sentido más literal, que se colaba en las conversaciones familiares, en los anuncios, en los deberes del colegio. Nos enseñó algo que no sabíamos: que el daño podía ser global, silencioso y causado por gestos cotidianos. Que la suma de millones de actos pequeños podía herir al planeta entero.

Fue, quizá, la primera vez que una generación entera sintió la globalidad en la piel.

Lo que ocurre en la psique cuando el desastre no llega. La psicología ambiental lleva décadas estudiando algo que apenas sabemos nombrar: el duelo anticipado por un mundo que creemos perdido. La ecoansiedad, ese malestar sordo ante un futuro incierto, se ha convertido en compañera de viaje de muchas personas, sobre todo jóvenes. Vivimos instalados en la sospecha de que las cosas solo van a peor.

Por eso la noticia del ozono tiene un efecto que va más allá de lo científico. Es, en el plano emocional, una grieta en la profecía. Durante años aprendimos que el daño era irreversible, que las advertencias caían en saco roto, que los acuerdos internacionales eran papel mojado. Y de pronto, una institución nos dice: esta vez funcionó. Esta vez, la humanidad entera se puso de acuerdo y el cielo respondió.

Eso hace algo en la mente colectiva. Restaura, aunque sea mínimamente, la sensación de agencia. Nos devuelve una idea peligrosamente esperanzadora: que no estamos condenados a mirar cómo todo se deshace.

La esperanza como acto de cordura. Hay quien desconfía de la esperanza. La acusa de ingenuidad, de anestesia, de servir a los que quieren que nada cambie. Pero la esperanza de la que hablamos aquí no es una ensoñación: es una esperanza documentada, con datos, con fechas, con un tratado firmado en 1987 que sigue dando frutos casi cuarenta años después.

Los psicólogos sabemos que la indefensión aprendida —esa sensación de que nada de lo que hagamos servirá— es uno de los mayores predictores de parálisis y de sufrimiento. Cuando una persona cree que sus actos no tienen efecto, deja de actuar. Lo mismo le ocurre a una sociedad. La noticia del ozono es, en ese sentido, un antídoto contra la parálisis. Nos recuerda que la acción sostenida, incluso cuando sus resultados tardan décadas en verse, tiene consecuencias reales.

Es la prueba de que la paciencia ecológica no es una utopía. Es una estrategia.

Una emoción que no sabemos dónde colocar. Hay algo profundamente humano en lo que sentimos al leer esta noticia, y es que no tenemos un nombre limpio para ello. No es alegría pura, porque el daño ya hecho no se borra. No es alivio completo, porque quedan otros agujeros, otros cielos, otras urgencias. Es una mezcla rara de orgullo y melancolía, de gratitud hacia quienes advirtieron a tiempo y de rabia por lo que costó escucharlos.

Los climatólogos y químicos que dieron la alarma en los setenta y ochenta no fueron profetas ni mesías. Eran científicos que hicieron su trabajo y se enfrentaron a la incredulidad. Su tesón salvó millones de vidas, probablemente las nuestras. Y sin embargo, rara vez les damos las gracias. La noticia del ozono es también una ocasión para reconocer a esa humanidad anónima que sostuvo la verdad cuando era incómoda.

El espejo de Montreal. El Protocolo de Montreal tiene algo que lo hace único: fue el primer tratado ambiental de alcance universal, ratificado por casi todos los países del mundo. Rivales políticos, economías enfrentadas, naciones que no se ponían de acuerdo en casi nada, coincidieron en algo tan simple y tan enorme como dejar de romper el cielo.

Psicológicamente, esto nos dice algo sobre nosotros mismos que solemos olvidar: somos capaces de cooperar a gran escala cuando el peligro es claro y la solución es posible. No somos solo la especie que contamina, la que niega, la que posterga. También somos la que firma tratados, la que cambia industrias, la que se corrige.

Esa imagen de nosotros mismos —más amable, más capaz— es un recurso psicológico valiosísimo. Porque la crisis climática que enfrentamos hoy necesita exactamente eso: la creencia de que la cooperación funciona, de que el esfuerzo colectivo no es ingenuo, de que hay precedentes.

Mirar hacia arriba otra vez. Quizá el impacto más profundo de esta noticia sea silencioso y difícil de medir. Un niño que hoy oye hablar del ozono no sentirá el mismo terror que sentimos nosotros. Escuchará una historia distinta: la de un problema que se detectó, se enfrentó y se está resolviendo. Esa narrativa, sembrada temprano, puede cambiar su relación con el mundo. Puede enseñarle que los finales no están escritos.

No conviene idealizar. La recuperación es lenta, parcial, y convive con otras amenazas que no admiten complacencias. Pero reconocer un logro no es rendirse; es tomar fuerzas. Los seres humanos necesitamos hitos, victorias que recordar, pruebas de que el esfuerzo tiene sentido. El ozono es una de ellas.

Tal vez dentro de unas décadas, cuando el agujero sea solo un capítulo en los libros de texto, nadie recuerde el miedo que sentíamos al mirar el cielo. Y estará bien. Habremos ganado, entre otras cosas, la posibilidad de mirar hacia arriba sin angustia.

Mientras tanto, conviene detenerse un momento. Respirar. Y agradecer, en voz baja, a todos los que hicieron posible que hoy podamos contar esta historia con un final que empieza a ser feliz.

Porque hay noticias que no solo informan. Nos curan un poco. Y ésta, sin exagerar, es una de ellas.


EL PERIÓDICO DE LA PSICOLOGÍA www.elperiodicodelapsicologia.info medio de comunicación especializado ISSN 2696-0850

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