Los árboles son seres sociales afirman los biólogos y no, no es un cuento hippie

Te voy a contar algo que me dejó sorprendido la primera vez que lo leí. Resulta que esos árboles que ves en el parque, esos que parecen estar ahí quietos sin hacer nada, en realidad están comunicándose, ayudándose y hasta cuidando a sus crías. Así como suena.

Los biólogos hace tiempo que vienen dándole vueltas a esto, pero el bombo mediático se lo dieron Peter Wohlleben, un alemán que es ingeniero forestal y que escribió un libro llamado «La vida secreta de los árboles», y la canadiense Suzanne Simard, una investigadora que se pasó décadas con las manos en la tierra. Sus conclusiones son de traca: los árboles forman comunidades, se mandan mensajes, comparten comida y se avisan cuando viene un peligro.

¿Y cómo hacen eso si no tienen boca ni wifi? Pues por debajo de la tierra. Resulta que las raíces no están solitas, sino que están conectadas por una red de hongos que los científicos llaman «micorrizas». Imagínate un Internet biológico. Por ahí circula desde azúcares hasta señales químicas. Una abuela haya puede estar alimentando a sus retoños más débiles a través de esta red. Y cuando viene una plaga de orugas, los árboles alertan a los vecinos para que suban la guardia y produzcan sustancias que las huelen mal. Sí, como los grupos de WhatsApp de las madres del cole.

Lo más bonito (y lo que me parece más humano) es que no todos los árboles se portan igual. Hay algunos egoístas que intentan colonizarlo todo, y otros que son generosos con los vecinos, incluso con los de otras especies. Los biólogos han visto que en un bosque sano los más viejos actúan como nodos centrales. Los llaman «árboles nodriza» o «árboles madre». Son esos ejemplares enormes que parece que llevan ahí toda la vida, y efectivamente la han llevado. Ellos regulan el flujo de recursos, sostienen a los más pequeños que todavía no llegan a la luz y mantienen el equilibrio del grupo.

Lo triste viene cuando talamos sin criterio. Porque no estamos llevándonos un árbol suelto, estamos partiendo una comunidad por la mitad. Resulta que cuando cae uno de esos abuelos del bosque, toda la red se resiente. Los que quedan empiezan a decaer, como si les hubieran arrancado un pedazo de su propia vida.

Aclaración: cuando digo «seres sociales» no quiero decir que los árboles tengan conciencia como tú o como yo. Nadie ha visto a un pino quejándose de que su vecino el roble pone la música muy alta. Pero sí tienen comportamientos que, vistos desde fuera, se parecen muchísimo a lo que nosotros llamamos cooperación, altruismo y crianza. Y eso, que lo diga un biólogo y no un poeta, tiene miga.

La próxima vez que pasees por un bosque, mira con otros ojos. Ese silencio que parece vacío, resulta que está lleno de conversaciones. Llevan millones de años hablando sin decir ni una palabra, pero nosotros acabamos de empezar a escuchar. Y mira que ha costado.

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