Los guardianes del 80%: cuando proteger la vida se convierte en la vida se convierte en una condena

A partir del contenido de la publicación de Instagram (texto de Bioguía sobre pueblos indígenas y biodiversidad), un artículo de opinión humanista, con voz propia y sin datos inventados.

Por Redacción El Periódico de la Psicología. Con agradecimientos a Sandra Corominas. Periodista y aventurera.


Hay una cifra que, cuando la lees por primera vez, obliga a detenerse. Los pueblos indígenas protegen cerca del 80% de la biodiversidad del planeta. Lo hacen, además, representando apenas un 5% de la población mundial. Si esto fuera solo un dato ecológico, ya sería asombroso. Pero es mucho más: es una lección de humildad, de memoria y, sobre todo, de una forma de estar en el mundo que nosotros, los que nos decimos «civilizados», llevamos siglos despreciando.

La publicación que Bioguía compartía hace unos días en su cuenta de Instagram ponía el foco en una realidad incómoda: esa misma labor de custodia de la naturaleza puede costar la vida. No es una exageración literaria. Según Global Witness, al menos 146 defensores de la tierra y el ambiente fueron asesinados o desaparecieron en 2024, y América Latina concentró el 82% de los casos documentados. Detrás de cada número hay una persona con nombre, una familia y una comunidad que, de pronto, se queda sin quien la represente.

Desde la psicología, hay algo que nos interpela directamente en esta historia. Porque el vínculo entre un pueblo y su territorio no es una simple relación de propiedad. Es una relación de identidad. El antropólogo y psicoanalista que aún resuena en nuestras aulas lo sabía: el yo se construye en relación con el entorno, con los otros, con lo que se habita. Cuando se destruye un territorio, no se pierde solo un recurso; se desgarra una parte del tejido psíquico colectivo. El duelo por la tierra arrebatada es un duelo silencioso que rara vez encuentra espacio en nuestras consultas, pero que existe, y que en América Latina tiene rostro y acento.

La deforestación, la minería, la contaminación y el avance de las actividades extractivas no son fenómenos abstractos. Son fuerzas que empujan a comunidades enteras a un estado de alerta permanente. Y el estrés crónico, como sabemos, no es solo una molestia pasajera: es una herida que se acumula, que pasa de generación en generación, que se instala en el cuerpo y en la memoria. Hablamos de trauma intergeneracional cuando vemos a abuelos que callan lo que vivieron y a nietos que heredan un miedo sin saber de dónde viene. Esto no es una metáfora: es la realidad de muchos pueblos que hoy siguen resistiendo.

Pero hay algo más. La publicación nos recuerda que reconocer el aporte de los pueblos indígenas significa defender sus derechos, garantizar su participación y proteger los territorios donde se conserva gran parte de la biodiversidad del planeta. Y aquí conviene hacer un ejercicio de honestidad intelectual: no se trata de idealizar a los pueblos originarios como si fueran una suerte de paraíso perdido. Se trata de reconocer que han desarrollado, durante milenios, formas de convivencia con la naturaleza que nosotros hemos olvidado. Su conocimiento ancestral no es folclore: es ciencia acumulada, es sabiduría práctica, es una ética de la reciprocidad que hoy nos falta.

La pregunta que deberíamos hacernos, como psicólogos y como ciudadanos, es por qué nos cuesta tanto escuchar. Tal vez porque su forma de estar en el mundo nos obliga a revisar la nuestra. Si ellos tienen razón, entonces nuestro modelo de progreso tiene un problema. Si ellos tienen razón, entonces el crecimiento sin límites no es solo insostenible: es una forma de violencia. Y esa violencia, como toda violencia, tiene consecuencias psicológicas, aunque nos empeñemos en mirar para otro lado.

Lo que ocurre en la Amazonia, en la selva Lacandona, en los Andes o en cualquier territorio indígena del mundo no es un asunto lejano. Es una alerta sobre nuestra propia salud mental como especie. La angustia climática que hoy empieza a nombrarse en las consultas de medio mundo es la punta del iceberg de un malestar más profundo: el de una civilización que ha roto su vínculo con la tierra y que, al hacerlo, se ha roto también a sí misma.

Quizá sea el momento de dejar de mirar a los pueblos indígenas como sujetos a proteger y empezar a verlos como lo que son: maestros. Maestros de una relación con el entorno que nos enseñaría mucho sobre cómo cuidarnos, cómo sostener el duelo, cómo vivir con lo suficiente y no con lo excesivo. Maestros, también, de una forma de valentía que no es la de las armas, sino la de quien se queda en su tierra a pesar de todo.

La próxima vez que leas una noticia sobre un defensor del medio ambiente asesinado, detente un segundo. No es una estadística. Es alguien que, como tú y como yo, tenía una vida. Y la perdió por defender algo que, en el fondo, también nos pertenece a todos: la posibilidad de un futuro habitable, en el planeta y en nuestra propia cabeza.

Reconocer su aporte es el primer paso. El segundo, y más difícil, es animarnos a aprender de ellos. Y tal vez ese aprendizaje empiece por una pregunta sencilla: ¿qué nos pasa, como sociedad, cuando preferimos ignorar a quienes nos están salvando la vida?


Nota de la redacción: Este artículo parte de la información publicada por Bioguia en su perfil de Instagram y de los datos de Global Witness allí citados. Las reflexiones psicológicas son de elaboración propia de El Periódico de la Psicología y no pretenden sustituir la voz de las comunidades protagonistas, a quienes corresponde el relato principal.

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