Los niños y la muerte: cuando la pregunta llega antes que la respuesta

Hay preguntas que los adultos preferiríamos no escuchar nunca. Y sin embargo, llegan. A veces con la voz temblorosa de un niño de cinco años que acaba de ver una estrella apagarse en el cielo nocturno. A veces con la naturalidad de quien todavía no sabe que hay temas prohibidos. «¿Tú también te vas a morir algún día?»

Por: Redacción El Periódico de la Psicología

Elisabet Coheu Ros, psicóloga especializada en duelo infantil, ha dedicado buena parte de su trabajo a acompañar ese momento. No el de la muerte en sí, sino el de las preguntas que la rodean. Porque los niños no necesitan que les expliquemos el misterio. Necesitan que no les mintamos sobre él.

El silencio que educa sin querer. Cuando un abuelo muere y en casa se habla en susurros, cuando se cambia de tema al bajar la voz del salón, cuando alguien dice «se ha ido de viaje» refiriéndose a un funeral, los niños aprenden algo. Aprenden que hay cosas de las que no se puede hablar. Y aprenden, sobre todo, que sus preguntas son un problema.

Coheu Ros insiste en una idea que desmonta muchos reflejos adultos: el niño no necesita respuestas perfectas. Necesita presencia. Necesita que el adulto se quede, aunque no sepa qué decir. La mentira piadosa, esa que tantas veces sale sola para «protegerlos», tiene un precio: el niño descubre tarde o temprano que le ocultaron algo, y entonces la muerte se convierte en algo doblemente aterrador, porque viene acompañada de traición.

La edad no decide la comprensión. Existe la tentación de pensar que hasta cierta edad los niños «no entienden». No es exacto. Entienden a su manera, y esa manera cambia. El niño pequeño percibe la ausencia, la tensión en casa, la tristeza en la cara de su madre. No comprende la irreversibilidad, pero capta el dolor. Y como no puede nombrarlo, lo interpreta. A veces con culpa: «¿Me habré portado mal?».

Por eso el trabajo de acompañamiento no consiste en dar una charla sobre la finitud. Consiste en escuchar qué está entendiendo ese niño concreto, con su historia concreta, y responder a eso. No a la pregunta que nosotros imaginábamos, sino a la que de verdad está haciendo, a veces sin palabras.

Una sociedad que aparta la mirada. Hay algo más profundo que el miedo a dañar al niño: el miedo adulto. Vivimos en una cultura que ha apartado la muerte de la vista, que la ha medicalizado y escondido, que prefiere no nombrarla. Los niños heredan ese silencio sin saber que lo heredan. Y crecen con una pregunta que nadie les ayudó a formular.

Coheu Ros no propone hablar de la muerte por hablar, ni convertir cada cena en un seminario de filosofía. Propone algo más sencillo y más difícil: estar disponibles. Que cuando el niño pregunte, haya alguien que no cambie de tema. Que el duelo pueda llorarse en casa. Que la memoria del que se fue tenga un lugar en la mesa, aunque sea incómodo.

La ternura como método. No hay un protocolo que resuelva esto. No hay una edad correcta ni una frase que sirva para todos. Lo que hay es una disposición: la de acompañar sin mentir, explicar sin dramatizar, callar sin abandonar. La de aceptar que no tenemos todas las respuestas y que eso está bien, porque el niño no necesita un oráculo. Necesita a alguien que se siente a su lado mientras la pregunta sigue abierta.

Quizá sea eso lo humano de este asunto. Que no se resuelve. Que se acompaña. Y que en ese acompañamiento, tanto el niño como el adulto aprenden algo que ninguna respuesta cerrada podría darles: que se puede hablar de lo que duele, y que hablar de ello no lo empeora, sino que lo hace habitable.

Elisabet Coheu Ros lo sabe por oficio. Los que la leemos lo intuimos por experiencia. La muerte llega a la vida de los niños mucho antes de que sepamos cómo nombrarla. Y quizá la única manera de no fallarles sea aceptar que la pregunta es suya, y quedarnos a escucharla.

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