El negocio del «mindfulness forestal» factura millones mientras los psicólogos de base alertan: convertir el bosque en un producto de lujo es la última forma de expulsar a quienes más lo necesitan.
Por Redacción de Psicología y Vida www.elperiodicodelapsicologia.info
Madrid / Ourense / Barcelona – Agosto 2026
Elena pagó 350 euros por un «retiro de sanación ancestral en el Pirineo». Incluía una esterilla de corcho orgánico, un cuenco tibetano de imitación y tres sesiones de «respiración consciente» guiadas por un coach que hasta hacía dos años vendía seguros de vida. «Me dijeron que iba a reconectar con mi esencia», recuerda con una mezcla de vergüenza y enfado mientras toma un café en su piso de Lavapiés. «Lo único que reconecté fue con mi tarjeta de crédito. El bosque era bonito, sí, pero estaba lleno de gente con ropa de colores pastel haciéndose fotos para Instagram. No podías oír ni un pájaro sin que alguien lo grabara en modo directo».
Elena no es una escéptica de la psicología verde. Todo lo contrario. Es psicóloga escolar en un instituto público de Madrid y lleva años viendo cómo sus alumnos de la ESO, atrapados entre pantallas y el ruido de la M-30, se desmoronan sin saber muy bien por qué. «A ellos nadie les regala un retiro de 350 euros. Ellos tienen el parque del Retiro, si llegan, o el minúsculo jardín del barrio. Y eso no vende. No es cool. No tiene esencia de pachamama», ironiza.
Su testimonio abre una herida que el mercado de la felicidad prefiere ignorar: la psicología verde se está convirtiendo en un producto de lujo, mientras quienes viven en entornos sin árboles, sin silencio y sin oxígeno limpio son justamente quienes más necesitarían ese contacto primario con la tierra.
El origen obrero del baño de bosque. Hay algo que los gurús del bienestar no cuentan cuando venden su «forest therapy» con playlist de música ambiental. El shinrin-yoku, la práctica japonesa de los baños de bosque, nació en los años 80 como una medida de salud pública para trabajadores estresados, no como un lujo para ejecutivos quemados.
«En Japón, el gobierno invirtió en senderos señalizados y centros de salud forestal accesibles para toda la población», explica el psicólogo ambiental y profesor jubilado Carlos Millán, autor del ensayo El verde que nos cura y el verde que nos vende. «Allí no te pedían que meditaras con un gurú. Te pedían que caminaras. Sin más. El cuerpo ya sabe lo que hacer si le dejas».
Millán, que lleva cuarenta años estudiando la relación entre entornos urbanos y salud mental, observa con preocupación cómo el movimiento ha sido secuestrado por lo que llama «la industria de la autenticidad». «Ahora necesitas una app para estar presente. Necesitas un influencer que te enseñe a oler la tierra. Necesitas un certificado de baño de bosque en tu currículum de bienestar. Es el colmo del absurdo: estamos convirtiendo la naturaleza en otro objeto de consumo, en otra obligación, en otro lugar donde medirnos con los demás».
El niño que nunca ha tocado el musgo. El caso más doloroso que Millán atiende en su consulta no es un ejecutivo quemado. Es Leo, un niño de nueve años que vive en un barrio periférico de Ourense con su madre, que limpia escaleras en tres edificios diferentes para llegar a fin de mes.
«Leo llegó con un diagnóstico de TDAH y ansiedad. La psiquiatra infantil le había recetado metilfenidato. La madre, desesperada, me pedía ayuda. Cuando le pregunté si Leo pasaba tiempo al aire libre, la madre se rio con amargura. ‘¿En qué tiempo? Salgo a las siete de la mañana y vuelvo a las nueve de la noche. Leo ve la calle desde la ventana del cuarto piso. A veces llueve y los coches levantan el barro de la carretera. Eso es el aire libre para nosotros’.»
Millán no le quitó la medicación a Leo. No era su competencia ni su decisión. Pero añadió algo que no costaba dinero: un paseo los domingos al monte que hay a quince minutos en autobús. «No fue fácil. Leo lloró las dos primeras veces. Decía que el musgo le daba asco, que los bichos le daban miedo. Pero al cabo de un mes, el niño empezó a pedir ir. Su madre me dijo que dormía mejor, que se enfadaba menos. Que había empezado a coleccionar piedras».
La anécdota no es un estudio de Nature, no tiene financiación de una farmacéutica ni el respaldo de una universidad de élite. Y quizá por eso mismo, Millán la cuenta con especial cuidado. «No estoy diciendo que el bosque cure el TDAH. Estoy diciendo que antes de aumentar la dosis de un fármaco, deberíamos preguntarnos si este niño ha sentido alguna vez la tierra bajo sus pies. Y si la respuesta es no, tenemos un problema ético de primera magnitud».
La estafa de la «experiencia consciente». Mientras Millán atiende casos como el de Leo, un mercado paralelo factura millones con lo que la psicóloga social Noemí Gutiérrez llama «greenwashing emocional». «Es la misma lógica que el fast fashion, pero aplicada a la salud mental. Coges un concepto auténtico —el contacto con la naturaleza—, lo empaquetas con palabras bonitas —reconexión, empoderamiento, energía—, le pones un precio prohibitivo y lo vendes como si fuera la salvación».
Gutiérrez ha analizado 47 programas de «terapia forestal» ofertados en España durante el último año. Los resultados, que publicará en septiembre en la revista Psicología Social Aplicada, son desoladores: el 80% de estos programas no están avalados por ningún psicólogo colegiado, el 65% se imparten en entornos naturales de acceso público —gratuitos para cualquiera— y el precio medio supera los 200 euros por jornada.
«Es la mercantilización del silencio», denuncia. «Estás pagando por algo que es tuyo, que es de todos, que te pertenece por el mero hecho de existir. Y encima te hacen sentir que si no pagas, no lo estás haciendo bien, que necesitas a alguien que te enseñe a mirar un árbol. Es cruel, porque la persona que está mal, que no puede pagar 200 euros, se queda con la sensación de que su malestar es culpa suya, de que no se esfuerza lo suficiente».
El manual de la psicología verde de andar por casa. Frente al negocio del bienestar, un grupo de psicólogos comunitarios ha empezado a elaborar lo que llaman, con deliberada humildad, «la psicología verde de andar por casa». Sin esterillas de corcho, sin cuencos tibetanos, sin apps. Con lo que hay.
María José López, psicóloga en un centro de salud mental de Barcelona, coordina el grupo de trabajo. «Nuestras recomendaciones son tan sencillas que parecen tontas. Pero funcionan. Y las puede hacer cualquiera».
La lista, que circula ya en varios centros de atención primaria, incluye:
Descalzarse en cualquier parque con tierra. No hace falta un bosque virgen. Un descampado con hierba funciona. El contacto con el suelo tiene un efecto de «puesta a tierra» que reduce la tensión eléctrica del cuerpo y, según algunos estudios preliminares, modula la respuesta inflamatoria del sistema nervioso.
Mirar el cielo durante tres minutos al día. No el móvil. El cielo. Con nubes o sin ellas. La psicóloga López explica que este gesto, tan simple, produce lo que ella llama «el efecto de la amplitud»: el cerebro deja de enfocarse en el problema pequeño y expande su percepción del espacio. «Es como si las preocupaciones se hicieran un poco más pequeñas. No desaparecen, pero pesan menos».
Tocar un árbol sin prisas. No abrazarlo si no apetece. Solo tocarlo. Sentir su textura, su temperatura, su aspereza. «El tacto es el sentido más olvidado y más primitivo. Cuando el cerebro recibe información táctil del exterior sin amenaza, se relaja. Es una señal de que estás a salvo».
Caminar sin auriculares. Nada de podcasts, nada de música motivacional. Solo el sonido del entorno. El tráfico molesta, sí, pero también hay pájaros incluso en las ciudades más ruidosas. «El oído humano está diseñado para filtrar el ruido y encontrar patrones. Cuando escuchas el canto de un pájaro, tu cerebro libera una pequeña cantidad de serotonina. Es una respuesta evolutiva. Saber que hay pájaros significa que no hay depredadores cerca».
La naturaleza que no se vende. Marta, la mujer del bosque de la noticia anterior, sigue yendo a la Fraga de Cecebre cada domingo. Ya no paga nada. Nunca pagó. Se sienta en la misma roca que eligió el primer día y se queda un rato. A veces llora. A veces ríe sola. A veces no siente nada y se pregunta si todo esto es una pérdida de tiempo.
«Nunca he pagado un retiro. Nunca he usado una app de meditación. Y probablemente nunca lo haré», confiesa mientras sujeta una rama caída que usa como bastón improvisado. «Y sin embargo, el bosque me ha dado más que muchos psicólogos. Pero no me lo ha dado porque yo lo haya comprado. Me lo ha dado porque he estado aquí, en silencio, sin esperar nada, sin medir nada, sin publicar nada».
Luego, con una sonrisa pícara, añade: «Mi psiquiatra me dijo que esto no era científico. Que era placebo. Le dije que me daba igual. Que si el placebo era gratis y no tenía efectos secundarios, me lo quedaba. El no supo qué responder».
Lo que no cabe en el prospecto. El psicólogo Xosé Manuel Cerdeira, que sigue dirigiendo el proyecto «Pulmón Emocional» en Galicia, tiene una reflexión que resume todo lo que la industria del bienestar prefiere no escuchar:
«La naturaleza no es un tratamiento. Es un contexto. Un lugar donde ocurren cosas. Algunas curan, otras duelen, otras aburren. Pero todas son reales. Y la realidad, a diferencia de las apps, no se puede personalizar. No se puede acelerar. No se puede compartir en redes. Y quizá por eso mismo, funciona».
Él mismo admite que muchas de sus sesiones son incómodas. Pacientes que se quejan del frío, de los mosquitos, de que el suelo está duro. Pacientes que no saben qué hacer con sus manos sin un móvil. Pacientes que preguntan una y otra vez: «¿Y ahora qué?». «Y siempre les digo lo mismo. Ahora nada. Solo estar. El bosque ya sabe lo que hacer».
El último árbol de un barrio obrero. En el barrio de La Cuchara, en el sur de Madrid, los vecinos han visto desaparecer los dos últimos árboles de su calle en una obra de reurbanización que prometía «más accesibilidad». No ha llegado ni un solo banco nuevo.
Un grupo de madres y abuelas ha empezado a plantar macetas en los bordillos. No son árboles, no dan sombra, pero son verdes. La psicóloga comunitaria que las acompaña las llama «los brotes de resistencia». No hay estudio científico que avale el efecto de un geranio en el bordillo de una acera. Pero las mujeres aseguran que, desde que riegan las macetas, hablan más entre ellas. Se conocen. Se preguntan por sus hijos. Se ofrecen ayuda.
Ninguna de ellas ha pagado un retiro de sanación. Ninguna tiene una app que mida su nivel de estrés. Ninguna publica fotos en Instagram con filtros de atardecer. Solo riegan macetas. Y eso, quizá, es la psicología verde más auténtica que existe.
Para saber más: El grupo de trabajo «Psicología Verde Comunitaria» ha editado una guía descargable gratuita con recomendaciones para profesionales y ciudadanos. Se puede solicitar en los centros de salud mental de la red pública. No incluye publicidad. No incluye enlaces de afiliados. Solo incluye lo que siempre estuvo ahí.
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