Pequeñas rebeliones contra el entumecimiento: cómo volver a sentir el mundo con los dedos de los pies

No hace falta una semana de retiro en la montaña ni un curso de mindfulness caro. A veces, reconectar con lo sensorial empieza por dejar el móvil en casa y salir a tocar los charcos.

Por: La Redacción de El Periódico de la Psicología

Lo sé. Llevas horas con la mirada fija en una pantalla, los hombros encogidos, la mandíbula apretada y la lengua pegada al paladar como si se hubiera olvidado de que existe. Has comido mirando un vídeo de diez segundos y ni siquiera recuerdas si el yogur tenía sabor a fresa o a plástico.

No te pasa solo a ti. Nos está pasando a casi todos. Vivimos en un mundo que nos empuja hacia la hiperestimulación visual y la anestesia del resto de sentidos. Y la psicología, a veces, se llena de tecnicismos sobre la desregulación sensorial, cuando lo que de verdad necesitamos es algo más sencillo: volver a ser un poco animales.

Por eso he escrito esto. No es una guía clínica ni una lista de “ocho pasos para la plenitud”. Son solo pequeñas aventuras –ejercicios sin alfombra ni cuota mensual– que he ido recopilando de pacientes, de amigos, de tardes aburridas en las que apagué el wifi a propósito.

El paseo del ciego (sin venda, por favor)

La próxima vez que salgas a la calle, elige un tramo corto –dos manzanas, un parque– y comprométete a no mirar el móvil. Parece fácil, pero prueba. Ahora añade una regla: durante treinta segundos, cierra los ojos. No, no te caigas. Hazlo cuando sepas que el suelo está despejado.

¿Qué oyes? No me refiero a los coches. El crujido de tus zapatos sobre las losas, el roce de la chaqueta al mover los brazos, el pitido lejano de un ascensor, el ladrido de un perro que suena más grave de lo que habrías pensado.

Una paciente me contó que al hacer esto por primera vez sintió que el mundo “tenía volumen, pero no el de la tele, sino el de verdad”. Abrió los ojos y el cielo le pareció más azul. No era placebo. Era atención.

La cata de la nevera (sin expertos ni etiquetas)

Saca tres cosas de la nevera: algo ácido (un yogur, una aceituna), algo amargo (una hoja de endivia, un trozo de pomelo) y algo que no sepas muy bien qué es (ese tarro que lleva ahí tres semanas).

Siéntate en una mesa. Sin tele. Sin música. Sin Instagram. Mira cada alimento: su color, su textura, las sombras que proyecta. Luego huélelo, pero de verdad. Cierra los ojos y deja que el olor te lleve a alguna parte –a la cocina de tu abuela, a aquel viaje, a una mañana cualquiera. Ahora prueba. Muy despacio.

Lo interesante no es identificar notas de cata ni hacer el crítico. Es darte cuenta de lo callado que está el sabor cuando le prestas atención. Un paciente me dijo: “Nunca había notado que el pan tostado tiene un punto dulce al final”. Llevaba treinta y dos años comiendo pan tostado.

La ducha a ciegas (sí, con agua)

Parece una tontería, pero es uno de los ejercicios más potentes. Una noche, antes de abrir el grifo, apaga la luz del baño. Métete en la ducha a oscuras.

Al principio da un poco de cosa. El agua golpea diferente según la zona del cuerpo: en los hombros es un tambor, en la espalda baja es un arroyo, en la cara es una sorpresa. La temperatura se siente con más matices. El olor del jabón se expande sin competir con la luz del neón.

Una amiga psicóloga lo hace con sus hijos adolescentes. Al principio se reían. Luego se quedaban en silencio. Uno de ellos dijo: “Mamá, no sabía que el agua podía sonar a lluvia dentro de casa”. Eso es reconectar: escuchar el mundo como si fuera la primera vez.

La búsqueda del texturista urbano

Sal a la calle con un propósito absurdo: tocar diez texturas diferentes en quince minutos sin repetir material. El hormigón rugoso de una columna, el metal liso de un semáforo, la corteza rugosa de un plátano de sombra, el plástico cálido de un banco soleado, la tela basta de tu propia mochila.

No hace falta que lo hagas como un loco que acaricia fachadas. Solo con las yemas de los dedos, como si estuvieras leyendo Braille sin saberlo. Un paciente me confesó que se sintió ridículo los primeros segundos y luego no pudo parar. “El mundo es una pasarela de texturas y yo pasaba por encima con zapatos de nieve”, dijo.

La memoria olfativa inducida (o cómo viajar sin moverte)

Cierra los ojos. Piensa en un olor que te haya marcado: el del pan recién hecho en casa de tus abuelos, el del césped mojado del colegio, el del perfume de esa persona que ya no está. Ahora intenta describirlo sin usar la palabra “huele a”. Di cómo te toca. ¿Te abre la garganta? ¿Te aprieta detrás de los ojos? ¿Te hace respirar más hondo?

El olfato es el único sentido que va directo al sistema límbico, esa fábrica de recuerdos y emociones. Por eso una fragancia te puede hacer llorar en un ascensor sin que sepas muy bien por qué. Reconectar con él es reconocer que tu historia no está solo en tu cabeza: está en las axilas de tu primera chaqueta de cuero, en el olor a papel viejo de los libros de tu madre.

Para terminar (y para empezar)

No necesitas más equipamiento que un poco de aburrimiento y la voluntad de dejar de mirar el mundo a través de un cristal. La próxima vez que sientas esa niebla cerebral, esa desconexión que te hace vivir por inercia, elige uno de estos ejercicios. Hazlo mal. Hazlo a medias. Pero hazlo.

Y si te sientes ridículo mientras tocas un árbol en medio de la acera, recuerda: lo ridículo es haber olvidado que, antes de tener opiniones sobre todo, tenías dedos capaces de distinguir la arena de la harina solo con rozarla.

Vuelve a ser ese niño que se paraba a ver las hormigas. Ese niño no necesitaba un artículo de psicología. Solo necesitaba que alguien le recordara que el mundo huele, sabe, suena y quema. Y eso, con los años, se nos olvida.

Pero no es tarde. Nunca lo es.

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